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– ¡No! -dijo Lawrence con irritación. Tenía la camiseta hecha un asco-. Es una de esas cosas de madera de encima de la entrada de la Cueva.

– El marco -dijo Mike.

Duane asintió con la cabeza y golpeó el leño con su bamba. Había rabos de ramas cortadas en él.

– ¡Hum!

– Ya les dije que eran una mierda -dijo Jim Harlen, bastante satisfecho.

Se movió para que la escayola le molestase menos. Era evidente que el brazo aún le dolía, y llevaba una venda alrededor de la cabeza que a Duane le recordó la Insignia roja del valor de Crane. Trató de imaginarse a Jim Harlen como Henry Fleming.

– ¿También has estado cavando? -le preguntó Duane.

Harlen resopló

– No lo he hecho nunca. Mi trabajo consistirá en vender el licor cuando lo encontremos.

– ¿Crees que todavía podrá beberse? -dijo Duane, en un tono inocente.

– Se hace añejo con el tiempo, ¿no? -dijo Harlen-. El vino y los licores son más caros cuando han envejecido, ¿verdad?

Mike O'Rourke hizo un guiño.

– No creemos que ocurra lo mismo con la ginebra. ¿Tú qué opinas, Duane?

Duane cogió una ramita y trazó dibujos sobre el montón de tierra blanda que habían excavado. El agujero era lo bastante profundo para que Lawrence pudiese meterse de cabeza en él y dejar sólo al descubierto las piernas hasta las rodillas. Duane advirtió que en realidad no era un túnel -no parecía que pudiese haber allí una cueva- sino simplemente un corte en la ladera, el más reciente de muchos.

– Yo creo que ganaréis más dinero vendiendo los coches viejos que hay ahí dentro -dijo, siguiendo el juego.

A fin de cuentas, ¿qué mal había en imaginarse una cueva bien abastecida a pocos metros debajo del blando suelo? ¿Había algo más fantasioso que la «investigación» que había estado haciendo él durante dos semanas?

Sólo entonces se dio cuenta Duane de que no había nada fantasioso en su búsqueda. Se tocó el bolsillo de la camisa y entonces recordó que había dejado la libreta en casa, junto con las otras, en su escondite.

– Sí -dijo Dale-. O podríamos hacer una fortuna mostrando a los turistas el lugar. El tío Henry dice que podemos instalar luces eléctricas y dejarla tal como era antes.

– Muy bien -dijo Duane-. Ah, tu madre me ordenó que os dijese que volváis a casa para lavaros. Ya han puesto la carne en la parrilla.

Los chicos vacilaron, debatiéndose entre su menguante obsesión y su hambre creciente. Triunfó el hambre.

Regresaron al paso de Harlen, con las palas sobre el hombro como fusiles, hablando y riendo. Las vacas que volvían al establo miraron curiosamente al grupo y se apartaron para dejarles pasar. Los seis muchachos estaban todavía a cien metros de la última valla cuando olieron en la brisa de la tarde el aroma de los bistecs que se estaban asando.

Comieron en el patio de piedra del lado este de la casa, mientras las sombras engullían la luz dorada sobre el césped. Brotaba humo de la barbacoa que había montado el tío Henry más allá de la bomba de agua, cerca de la valla de madera. A pesar de las protestas de Mike de que el maíz, la ensalada, los panecillos y el postre serían una cena más que suficiente, la tía Lena había frito dos bagres para él y le había preparado un bocadillo con pan crujiente. Junto con el pescado y la carne, los chicos recibieron dos grandes cestas de cebollas para acompañar las verduras que habían sido arrancadas del huerto una hora antes. La leche, ordeñada y guardada en la vaquería del tío Henry aquel mismo día, era muy fría y cremosa.

Comieron mientras se disipaba el calor del día. Se había levantado viento para aliviar la humedad y agitar las ramas encima del jardín. Los maizales infinitos del lado oeste de la carretera y hacia el norte parecían suspirar en un lenguaje sedoso.

Los muchachos estaban sentados sobre los escalones de piedra y los bordes de los macizos de flores -tía Lena había adornado una hectárea de jardín con flores en los puntos estratégicos-, mientras que los adultos formaban un círculo, con los platos sobre las rodillas o encima de los anchos brazos de sus sillones de madera. El tío Henry había traído un barrilito de su cerveza de confección casera, y las jarras habían sido enfriadas en la nevera que se hallaba en el garaje.

Las voces eran una mezcla tan familiar a los oídos de Dale que no podía imaginarse que alguna vez todas o algunas de ellas no hubiesen sonado como una música de fondo: la risa entre dientes y el tono excitado, de Kev, la lenta ironía de Harlen, que hacía que todos se mondasen de risa, los apartes a media voz de Mike, el habla rápida y estridente de Lawrence, como si tuviese que hablar deprisa para que le oyesen, y los raros comentarios de Duane. Las voces de los adultos también le resultaban familiares: la gangosa de tío Henry cuando contaba que el mes pasado había encontrado un adorno de capó de Pierce Arrow de 1928 en los pastos de atrás, señal inequívoca de que algún gángster había ido a la Cueva de los Contrabandistas donde habría tenido un mal fin; la risa ronca de tía Lena, el sonido más sensual y singularmente humano que Dale había oído jamás; las voces de su madre y de su padre, suaves como la brisa que acariciaba los árboles, la del padre más relajada que de costumbre cuando contaba historias graciosas de la vida en la carretera; la risita de adolescente de la mamá de Harlen, que brotaba excitada como si hubiese bebido demasiado o le pareciese, como a Lawrence, que tenía que darse prisa para que la escuchasen.

Los cuchillos trazaban dibujos de un rojo pálido sobre los platos de papel. Todos se levantaban para repetir, casi todos ellos por segunda vez. La gran ensaladera se estaba vaciando; las mazorcas envueltas en papel de estaño sobre la barbacoa iban desapareciendo; el tío Henry reía y bromeaba al poner más bistecs en la parrilla e irradiaba satisfacción con su delantal de «Come "N" Get It», y con un largo tenedor en la mano.

Después de la cena, los muchachos comieron los pasteles de ruibarbo y de chocolate que quisieron.

El tío Henry y la tía Lena habían ido mejorando su casa con los años, siempre pasando de un proyecto al siguiente: Dale recordaba una casa de madera de cuatro habitaciones, cuando había venido de Chicago, a los seis años, para el entierro de su abuela. Ahora la casa era de ladrillos, con cuatro dormitorios en la primera planta y un sótano completo. Tío Henry había añadido el garaje durante el primer año de estancia de los Stewart en Elm Haven; Dale recordaba que había jugado en su armazón de madera, mientras el tío Henry colocaba los bloques hasta la altura adecuada. Ahora el garaje era muy grande -cabían en él tres coches y otros vehículos- y estaba construido en el lado sur de la baja colina sobre la que se alzaba la casa, de manera que se podía pasar directamente del garaje al taller del sótano, mientras que el terrado de encima de él daba a la espaciosa habitación de invitados y al dormitorio aún más grande de los dueños.

A los chicos les gustaba el terrado por las tardes, y sabían que más pronto o más tarde los adultos se levantarían del patio de piedra y subirían allá arriba. Grande como una pista de tenis -aunque nadie del grupo, salvo Dale y Duane, había visto nunca una pista de tenis- y sobre varios niveles de plataformas, pasadizos y peldaños, el terrado tenía vistas a la carretera y a los campos del señor Jonson por el oeste; hacia el sur se podía ver el camino de entrada, la piscina que había construido el tío Henry, el bosque e incluso el cementerio del Calvario cuando los árboles empezaban a perder hojas en otoño; hacia el este se veía el granero y el corral desde el nivel del henil, y Dale se imaginaba siempre en el papel de caballero medieval, observando desde las murallas y viendo el laberinto de pocilgas, depósitos de forraje, tuberías, gallineros y corrales como las almenas de un mundo fortificado.

Había más sillones Adirondack en el terrado, muebles macizos y extrañamente cómodos hechos con tablas de madera, que cada invierno confeccionaba el tío Henry en su taller del sótano; pero los muchachos optaban siempre por las hamacas. Había tres en la plataforma del sur: dos sobre soportes de metal y otra colgada de los postes que sostenían las luces de seguridad que iluminaban el camino de entrada, cinco metros más abajo. Los primeros en llegar, Lawrence, Kev y Mike, se amontonaron en esta hamaca, balanceándose peligrosamente sobre la baranda. Las madres no querían verles allí y los padres les advertían del peligro levantando la voz; pero hasta ahora nadie se había caído… aunque el tío Henry juraba que una noche de verano se había dormido en aquella hamaca, que a la mañana siguiente le había despertado Ben, el gallo más grande, que había dado un paso hacia lo que creía que era el cuarto de baño y había ido a parar sobre unos sacos de Purina amontonados en la parte de atrás de la camioneta aparcada allí abajo.