Subieron a las hamacas y se mecieron, y charlaron y se olvidaron completamente de que habían pensado volver a trabajar un poco más en la Cueva de los Contrabandistas. En todo caso, era demasiado tarde. El cielo conservaba todavía un pálido color azul pero se veían varias estrellas, y la línea de árboles al sur del estanque se había convertido en una silueta negra. Las luciérnagas empezaban a centellear sobre aquel oscuro telón de fondo. Alrededor del estanque y más abajo, las ranas y las rubetas iniciaron su triste coro. Las golondrinas aleteaban invisibles en el granero, y en alguna parte del bosque ululó un búho.
La llegada de la noche convirtió las conversaciones de los adultos en el patio de atrás en un amigable murmullo, e incluso el parloteo de los chicos se hizo más lento y acabó por cesar del todo; sólo se oían los chasquidos de las cuerdas de las hamacas y los sonidos nocturnos en la colina, mientras el cielo se llenaba de estrellas.
El tío Henry había apagado las luces automáticas de seguridad y no había encendido las lámparas de mesa; Dale se imaginó que estaban en la cubierta de popa de un barco pirata, bajo un cielo nocturno tropical. Las hileras de plantas de maíz del otro lado de la carretera hacían un ruido suave, muy parecido al susurro de la estela de un barco. Dale lamentó no tener un sextante. Aún sentía en la piel el calor del sol; tenía las mejillas y el cuello bronceados, y le dolían los brazos y las piernas del exceso de ejercicio.
– Mirad -dijo Mike en voz baja-. Un satélite. – Todos estiraron el cuello en las hamacas. El cielo se había ennegrecido perceptiblemente en la última media hora; se distinguía fácilmente la Vía Láctea, lejos de las luces de la ciudad, y algo se movía entre las estrellas. Una luz demasiado alta y demasiado rápida para ser un avión.
– Probablemente Eco -dijo Kevin, con su tono profesional.
Les contó todo lo referente a la gran esfera reflectante que Estados Unidos iba a poner en órbita para hacer rebotar ondas de radio alrededor de la curva de la Tierra.
– No creo que ya hayan lanzado el Eco -dijo Duane con el acento tímido que usaba cuando era el único que conocía los hechos-. Me parece que proyectan lanzarlo en agosto.
– Entonces, ¿qué es? -dijo Kevin.
Duane se subió las gafas sobre la nariz y miró al cielo.
– Si es un satélite, probablemente será Tiros. Eco será muy brillante, tan brillante como una de esas estrellas. Tengo muchas ganas de verlo.
– ¿Por qué no volvemos a casa de tío Henry en agosto? -preguntó Dale-. Podríamos observar a Eco y cavar un poco en la Cueva de los Contrabandistas.
Todos estuvieron de acuerdo. Entonces dijo Lawrence:
– ¡Mirad! Está desapareciendo.
Se extinguía la luz del satélite. Durante un momento, observaron en silencio cómo se alejaba.
– Me pregunto si algún día podremos enviar gente allá arriba -dijo
– Los rusos están trabajando en ello -observó Duane desde las profundidades de la hamaca que tenía en exclusiva.
Dale y Harlen estaban sentados frente a él.
– Ah, los rusos… -gruñó Kevin-. Les daremos sopa con honda.
Duane, que parecía un oscuro bulto, cambió de posición, golpeando el suelo con las bambas.
– No lo sé. Nos sorprendieron con el Sputnik, ¿os acordáis?
Dale se acordaba. Recordaba que había estado observándolo en el patio de atrás una noche de octubre, hacía tres años. Había sacado la basura y sus padres habían salido al oír por la radio la hora en que posiblemente pasaría el satélite ruso. Lawrence, que todavía estudiaba primero en el colegio, estaba durmiendo en el piso de arriba. Dale y sus padres estuvieron mirando a través de las ramas casi desnudas, hasta que aquella lucecita se movió entre las estrellas. «Increíble», había murmurado el padre de Dale, aunque éste nunca supo si se refería a que por fin la humanidad había colocado un objeto en el espacio, o a que habían sido los rusos quienes lo habían logrado.
Observaron el cielo durante un rato. Fue Duane quien rompió el silencio.
– Vosotros habéis seguido a Van Syke, a Roon y a los otros, ¿no es cierto?
Mike, Kevin y Dale intercambiaron unas miradas. Dale se sorprendió al advertir que se sentía culpable, como si se hubiese mostrado remiso o hubiese faltado a una promesa.
– Bueno, empezamos, pero…
– Está bien -dijo Duane-. En cierto modo era una tontería. Pero yo he descubierto algunas cosas de las que quisiera hablaros. ¿Podríamos vernos mañana, a la luz del día?
– ¿Qué os parece la Cueva? -dijo Harlen.
Todos protestaron con abucheos.
– Yo no volveré allí -dijo Kev-. ¿Qué os parece el gallinero de Mike?
Mike asintió con la cabeza. Duane mostró su conformidad.
– ¿A las diez? -dijo Dale.
Entonces habrían terminado ya las películas de dibujos que Lawrence y él veían los domingos por la mañana: Heckle y Jeckle, Ruff y Reddy.
– Más tarde -dijo Duane-. Mañana por la mañana tengo que hacer algunas cosas. ¿Qué os parece a la una, después de la comida?
Todos estuvieron de acuerdo, salvo Harlen.
– Yo tengo algo mejor que hacer -dijo.
– Seguro que sí -dijo Kevin-. ¿Vas a pedirle a Michelle Staffney que te ponga un autógrafo en la escayola?
Esta vez los adultos tuvieron que acercarse para que cesaran las carcajadas y los golpes.
Duane disfrutó durante el resto de la velada. Se alegraba de haber retrasado la explicación de sus investigaciones sobre la Campana Borgia, y en especial de las revelaciones de la señora Moon, cuando los chicos y los mayores empezaron a hablar de estrellas, de viajes espaciales y de lo que sería vivir allá arriba; habían transcurrido horas mientras charlaban y contemplaban el cielo nocturno. Dale había comunicado a su padre la idea de una reunión para observar el Eco en agosto, cuando sería visible el gran satélite, y tío Henry y tía Lena lo habían aprobado inmediatamente. Kevin prometió traer un telescopio y Duane ofreció también el suyo, de confección casera.
La reunión empezó a disolverse a eso de las once, y Duane se preparó para volver andando a casa -sabía que el viejo no llegaría hasta primeras horas de la mañana-, pero el padre de Dale insistió en llevarle en su vehículo los dos kilómetros y medio hasta su casa. Fueron apretados hasta que dejaron a Duane delante de la puerta de su cocina.
– Esto está muy oscuro -dijo la señora Stewart -. ¿Crees que tu padre se habrá acostado ya?
– Probablemente -dijo Duane.
Se consideró un idiota por no haberse acordado de dejar una luz encendida.
El señor Stewart esperó a que hubiese encendido la de la cocina y saludado desde la ventana. Duane se quedó mirando cómo se alejaban las luces rojas de atrás por el camino.
Aunque pensó que se estaba comportando como un paranoico, registró la primera planta y cerró la puerta de atrás antes de bajar al sótano. Se quitó la ropa y tomó una ducha, pero en vez del pijama se puso un viejo pantalón de pana, una camisa de franela remendada pero limpia, y se calzó las zapatillas. Estaba cansado después de la larga jornada, pero su mente permanecía muy activa y pensó en escribir durante un rato. En todo caso, como la puerta estaba cerrada, tendría que esperar al viejo. Conectó la radio con WHO de Des Moines y empezó a trabajar.