Las formas humanas estaban a menos de seis metros de la parte de atrás de la cosechadora.
Las dos más próximas parecían hombres… el más alto podía ser Van Syke. La tercera forma daba la impresión de ser una mujer envuelta en harapos o en una mortaja; arrastraba jirones detrás de ella. Duane pestañeó al darse cuenta de que la luz de las estrellas que incidía en los pómulos parecía reflejarse sobre huesos descarnados.
Otras tres figuras se habían metido entre el maíz. La más próxima era más baja que las otras y llevaba un sombrero de campaña que ocultaba las facciones con su sombra.
Duane suspiró y salió a la plataforma, blandiendo la llave inglesa. Al menos eran seis.
Saltó por encima de la barandilla y avanzó hacia la larga pala, tambaleándose en la estrecha barra de soporte. Ocho de las unidades de recogida brillaban fríamente; los largos rodillos y las cadenas reposaban en el suelo, como hocicando los tallos donde se había alimentado la máquina.
Los peldaños de metal resonaron detrás de él al subir alguien a la plataforma. Una sombra pasó por el lado derecho de la cosechadora, todavía a unos metros de distancia. El hedor del camión de recogida de animales muertos era más fuerte que nunca.
Duane esperó a que las cosas que se deslizaban entre el maíz se hubiesen cruzado y estuviesen en el punto más lejano de su trayecto. «¡Ahora!»
Saltó sobre las recogedoras del maíz, aplastando tallos al caer y rodar sobre el blando suelo; se levantó y echó a correr, sintiendo que el destornillador le había arañado el vientre, pero sin soltar la llave inglesa.
Las plantas de maíz castañetearon a su derecha y a su izquierda al volverse aquellas cosas parecidas a lampreas y arrastrarse en su dirección. Detrás de él sonaron pisadas sobre peldaños de metal, y otras aplastando tallos.
Duane corría como jamás se hubiera imaginado capaz. La línea de árboles del bosque del señor Johnson estaba directamente delante de él; podía ver las luciérnagas que centelleaban como ojos brillantes.
Algo pasó por su derecha, trazando un surco de tallos de maíz doblados delante de él. Duane se tambaleó, trató de detenerse y a punto estuvo de caer sobre aquello.
En una ocasión, el viejo y él habían ayudado al tío Art a llevar una alfombra enrollada a la nueva casa de un amigo. Debía de tener diez metros de largo y casi uno de alto cuando estaba enrollada. Pesaba una tonelada. Aquella cosa que Duane tenía delante, entre el maíz, aún era más larga.
Duane vaciló cuando aquella cosa se volvió hacia él. Había permanecido a un nivel más bajo que el maíz, porque se deslizaba excavando el suelo húmedo, como una lombriz gigante. Ahora sacó la cabeza y la luz de las estrellas resplandecía sobre los dientes.
«Como si fuese una lamprea.»
Aquella cosa avanzó contra Duane como un perro guardián lanzándose al ataque. El hurtó el cuerpo como un torero, y descargó la llave inglesa con una fuerza capaz de romper un cráneo.
La cosa no tenía cráneo. La llave rebotó sobre una piel gruesa y húmeda. «Es como golpear un cable subterráneo», pensó Duane al hundirse nuevamente aquellas fauces debajo del suelo y arquearse la espalda como una serpiente de mar, bajo el resplandor de las estrellas. Duane pensó en la piel viscosa de un bagre.
Se oyeron unas rápidas pisadas y el ruido de tallos al romperse a doce pasos detrás de él.
El Soldado. Levantando y alargando las pálidas manos.
Duane dio una ágil media vuelta y arrojó la pesada llave inglesa. El hombre del uniforme no trató de agacharse. Voló el sombrero de campaña y sonó un ruido sordo y angustioso al chocar la llave contra el hueso.
La figura no se detuvo ni se tambaleó. Tenía los brazos extendidos y los dedos retorcidos como gusanos. Alguien más, una figura alta y oscura, se movía hacia la derecha de Duane. Un tercer personaje corrió hacia delante para cerrar el camino a Duane. Y hubo más movimiento en las sombras.
Duane sacó el destornillador del cinto, se agachó y se volvió hacia la izquierda, tratando de no asomar por encima del maíz. Giró al producirse un movimiento debajo y detrás de él, y saltó hacia la derecha.
Pero no lo bastante aprisa. La cosa había salido, rozó la pierna izquierda de Duane y se sumergió de nuevo en el suelo.
Duane rodó entre el maíz, y cuando trataba de ponerse en pie sintió un hormigueo en la pierna izquierda, como si alguien le hubiese aplicado una corriente eléctrica. Tambaleándose y blandiendo todavía el destornillador como un cuchillo, se apoyó en la pierna derecha y miró hacia abajo.
Algo se había llevado un trozo tan grande como una mano, de la pantorrilla izquierda. Había un agujero irregular en el pantalón de pana, y otro aún más irregular en la carne. Duane tragó saliva al darse cuenta de que podía ver allí tejido muscular al descubierto. La sangre parecía negra a la luz de las estrellas.
Brincando sobre una pierna, sacó el pañuelo del bolsillo y lo ató fuertemente alrededor de la otra pierna, por debajo de la rodilla. Más tarde pensaría en esto.
Empezó a cojear en dirección a la línea oscura del bosque lejano.
Un súbito remolino en los tallos delante de él le hizo volverse a la izquierda, hacia la carretera del condado.
Tres figuras le estaban esperando. Duane vio la pálida luz brillando sobre dientes. El personaje más bajo, el Soldado, avanzó como si estuviese encima de una plataforma con ruedas y arrastrada por un cable; rígidamente en pie, casi sin mover las piernas, aquel ser se dirigía contra Duane en línea recta.
Duane no intentó correr. Al estirarse los dedos blancos en busca de su cuello, Duane lanzó lo que era en parte un gruñido y en parte un alarido, bajó la cabeza y clavó el destornillador en el vientre cubierto de tela caqui del hombre. La herramienta penetró con la misma facilidad con que lo hubiera hecho un cuchillo en un melón, hundiéndose hasta el mango y pinchando algo blando y elástico en el interior.
Duane pestañeó y se echó atrás. El oscuro personaje estaba todavía en pie. Tenía las manos cerradas sobre el brazo izquierdo de Duane. Este trató de desprenderlo, pero no pudo. Rajó la mano con la punta del destornillador.
Algo pesado le golpeó la nuca y se derrumbó, pataleando, con la sangre de la pierna izquierda empapando sus pantalones y salpicándole la camisa. Las gafas salieron volando en la noche. Perdió las zapatillas y tenía los pies cubiertos de barro al lanzar furiosamente patadas contra las formas que se acercaban a su alrededor. Algo largo y húmedo se deslizó junto a su cara y se hundió en el suelo. Quiso clavarle el destornillador, pero entonces se dio cuenta de que lo habían arrancado de su mano. Había muchos dedos agarrándole de los brazos y tirando de ellos.
Eran al menos cuatro los que le sujetaban contra el suelo. Una mano huesuda, abierta sobre su cara, le apretaba la mejilla contra el barro. Duane mordió la mano y masticó una carne que sabía como pollo expuesto al sol durante una semana, la escupió y tuvo la impresión de estar royendo hueso. La mano no aflojó su presa. Vio de reojo la cara de una vieja, carcomida por la lepra y la podredumbre.
«Esto es una pesadilla», se dijo, aunque sabía que no lo era. Algo, no aquello que era como una serpiente, estaba devorando su pierna ilesa, gruñendo como un perro rabioso.
«Witt», pensó, sintiendo que la desesperación se apoderaba al fin de él como un alud, «¡ayúdame!»
Alguien se agachó cerca de su cabeza y apoyó una pesada bota en su cara, hundiéndola más en el suelo. Un tallo de maíz partido le arañó el cuero cabelludo. Sonó un ruido parecido al de un gran felino escupiendo una bola de pelo.
Otro ruido. El mundo estaba ahora rugiendo y girando a su alrededor; pero, aunque Duane estaba a punto de perder el conocimiento y una parte recóndita de su mente reconocía que aquello era fruto de la impresión y del miedo más que de la pérdida de sangre, identificó parte de aquel estruendo.
La cosechadora se había puesto en movimiento. Avanzaba hacia él en la oscuridad. Podía oír cómo eran cortados los tallos y arrastrados dentro de las abiertas fauces de los rodillos trituradores. Pero el aire estaba lleno de un hedor a podredumbre que luchaba contra el olor de las plantas recién cortadas.