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Empujó a Fussner a un lado. Barry trató de dar una patada a Kevin, pero éste agarró el pie del corpulento muchacho y le hizo caer detrás de la base del bateador. Bill Fussner gritó algo y saltó hacia delante, pero se echó atrás cuando Kevin se volvió para enfrentarse a él. Bob McKown y Gerry Daysinger lanzaron gritos de ánimo. Tom Castanatti se había quedado donde estaba en el campo.

Digger agarró a Lawrence por la camiseta y lo lanzó al aire, y el chico fue a caer sobre el largo banco. Después levantó a Sperling y los dos empezaron a retroceder hacia sus bicicletas. Lawrence se puso en pie de un salto, cerrando los puños.

Dale se apartó tambaleándose de la valla, todavía incapaz de recobrar el aliento, pero sin dejar que esto le detuviese, y levantó los puños. Dio tres pasos en dirección a Taylor y Sperling, sabiendo que esta vez no cejaría hasta que lo matasen o retirase Sperling su mentira.

Unas manos pesadas se cerraron sobre los hombros de Dale desde atrás. Trató de desprenderse, pero no pudo. Lanzó una maldición y dio una patada hacia atrás, volviéndose para librarse de aquel estorbo y poder lanzarse contra Sperling.

– ¡Dale! ¡Basta, Dale!

Su padre se erguía ante él, sujetándole ahora por la cintura con un brazo.

Dale se debatió durante un segundo, pero entonces miró a su padre, vio sus ojos y comprendió. Cayó de rodillas sobre el polvo y sólo los brazos de su padre impidieron que se cayera de bruces.

Digger Taylor y Chuck Sperling se alejaron pedaleando, con la bici de Sperling tambaleándose, al tratar el chico de montarla mientras estaba doblado por la cintura y llorando. Los Fussner corrieron detrás de ellos. Lawrence se quedó en el borde de la zona de aparcamiento, arrojándoles piedras, hasta que su padre le ordenó que no lo hiciese.

Dale no recordó nunca el camino de vuelta a su casa. Tal vez se apoyó en el brazo de su padre. Tal vez caminó solo. Lo único que recordaba era que entonces no lloró. Todavía no.

Mike se estaba preparando para hacer de monaguillo en la misa de difuntos de una anciana cuando se enteró de lo de Duane. Acababa de ponerse el sobrepelliz cuando Rusty Ramírez, el otro monaguillo que compareció aquel día, dijo:

– Oye, ¿te has enterado de que un muchacho ha resultado muerto en una finca esta mañana?

Mike se quedó helado. Por alguna razón, supo inmediatamente de que finca y de qué muchacho se trataba. Pero preguntó:

– ¿Ha sido Duane McBride?

Ramírez se lo contó.

– Dicen que se cayó dentro de una cosechadora. Tal vez a primeras horas de esta mañana. Mi padre pertenece al servicio voluntario de bomberos, y les llamaron para que fuesen allí. No pudieron hacer nada por el chico… Estaba muerto, pero tardaron mucho tiempo en sacarle de la máquina.

Mike se sentó en el banco más próximo. Le flaqueaban las piernas y los brazos. Los bordes de su visión se oscurecieron; agachó la cabeza y apoyó los codos en las rodillas.

– ¿Estás seguro de que era Duane McBride? -preguntó.

– Oh, sí. Mi padre conoce al suyo. Le vio en el Arbol Negro la noche pasada. Mi padre dice que el chico debía de estar conduciendo la cosechadora, preparada para desgranar el maíz, ¿sabes? Como si estuviese loco o algo así. ¡Mira que cosechar en junio! Y debió de caerse e ir a parar a la parte que recoge las mazorcas, donde además están las trituradoras. Papá no quiso contármelo todo, pero dijo que no pudieron sacar al muchacho de una pieza y que cuando trataron de tirar del brazo…

– ¡Basta! -gritó el padre Cavanaugh desde la puerta-. Rusty, vete a preparar el vino y el agua. ¡Ahora mismo!

Cuando el chico hubo salido, el cura se acercó a Mike y apoyó afectuosamente una mano en su hombro. La visión de Mike se había aclarado ahora, pero por alguna razón estaba temblando. Se agarró los muslos fuertemente, para dejar de temblar, pero fue inútil.

– ¿Le conocías, Michael?

Mike asintió con la cabeza.

– ¿Erais muy amigos?

Mike respiró hondo. Encogió los hombros y después hizo con la cabeza una señal afirmativa. Ahora parecía que el temblor se había contagiado a los huesos.

– ¿Era católico? -preguntó el padre C.

Mike bajó de nuevo la cabeza. Estuvo a punto de decir: ¿Y eso qué importa?

– No -dijo- Creo que no. Aquí no venía nunca a la iglesia. No creo que ni él ni su padre profesasen ninguna religión.

El padre C. suspiró.

– Es igual. Iré a visitarlo después de la misa.

– No puede ir a ver al señor McBride, padre -dijo Rusty desde la puerta. Tenía las botellitas de vino y de agua en las manos-. La policía se ha llevado al padre del chico a Oak Hill. Dicen que tal vez él le mató.

– ¡Ya basta, Rusty! -dijo el padre C., en un tono muy duro que Mike no le había oído emplear jamás-. Ahora mueve el culo, sal de aquí y espéranos a Mike y a mí.

Rusty se quedó boquiabierto y miró fijamente al padre C. Durante un segundo; después corrió hacia el altar.

Mike pudo oír que empezaban a entrar los asistentes al funeral de la señora Sarranza.

– Pensaremos en tu amigo Duane durante la misa y pediremos a Dios que se apiade de él -dijo suavemente el padre Cavanaugh, tocando por última vez el hombro de Mike-. ¿Listo?

Mike asintió con la cabeza, levantó el alto crucifijo que estaba apoyado en la pared y siguió al sacerdote hacia el altar en solemne procesión.

A última hora de la tarde, el padre de Dale subió a hablar con éste. Dale estaba tumbado en la cama, escuchando los gritos de los niños más pequeños que jugaban en el patio de recreo de la escuela, al otro lado de la calle. Las expresiones de júbilo sonaban muy lejos.

– ¿Cómo estás, fiera?

– Bien.

– Lawrence está cenando un poco. ¿Por qué no vienes?

– No. Gracias.

Su padre carraspeó y se sentó en la cama de Lawrence. Dale estaba tumbado boca arriba, con los dedos entrelazados sobre la frente, contemplando las pequeñas grietas del techo.

Cuando se sentó su padre, escuchó, casi esperando oír algún movimiento debajo de la cama. Pero no se oía más ruido que el de fuera, filtrándose a través de las persianas como el aire pesado. El día era gris y denso de humedad.

– He telefoneado de nuevo al agente Sills -dijo su padre-. Por fin he podido comunicar con él.

Dale esperó.

– Es verdad lo del accidente -dijo su padre, y su voz sonaba ronca, tensa-. Hubo un terrible accidente con la máquina que usaban para recolectar el maíz. Duane… Bueno, Barney cree que todo fue muy rápido. Probablemente, Duane no sufrió…

Dale se encogió ligeramente, centrando su atención en el techo, como buscando un dibujo en las grietas.

– La policía ha estado allí toda la mañana -siguió diciendo su padre, pensando evidentemente que por muy terribles que fuesen los hechos Dale necesitaba saberlos-. Van a continuar la investigación, pero están casi seguros de que fue un accidente.

– ¿Y qué hay de su padre? -preguntó Dale, con voz ronca.

– ¿Qué?

– El padre de Duane. ¿No le ha detenido la policía?

El hombre se rascó el labio superior.

– ¿Quién te ha dicho esto?

– Mike ha pasado por aquí. Él lo sabía por otro chico. Dijeron que el padre de Duane había sido detenido por asesinato.

Su padre sacudió la cabeza.

– Darren McBride fue interrogado, según dijo el agente. Había estado bebiendo hasta muy tarde la noche pasada y no podía recordar lo que había hecho a primeras horas de la mañana. Pero según el señor Taylor y el informe del juez de instrucción… Pero tal vez prefieras no oír esto, Dale…

– Sí -le pidió éste.

– Bueno, creo que tienen maneras de saber el tiempo que ha pasado desde… desde que alguien ha fallecido. Al principio creyeron que el accidente se había producido esta mañana, después de que el señor McBride volviera a casa… y se fuera a dormir…

– Inconsciente -dijo Dale.

– Sí. Bueno, al principio creyeron que el accidente se había producido esta mañana, pero después, el juez de instrucción tuvo la seguridad de que había ocurrido la noche pasada, alrededor de las doce. El señor McBride estuvo en el Arbol Negro hasta mucho después de medianoche. Había testigos de ello. Además, Barney dice que el hombre está fuera de sí, que casi ha perdido la razón.