«¿Sangre de Duane?» La idea resultaba insufrible. Se levantó y empezó a moverse alrededor del círculo de plantas aplastadas, viendo confusión en todas partes, recordando haber oído a su padre decir a su madre que, según Barney, la Policía Montada del Estado y los bomberos voluntarios habían estropeado tanto el lugar del suceso que la policía de Oak Hill no había podido reconstruir gran cosa. «Reconstruir -murmuró Dale-. Extraña palabra para definir la manera en que algo o alguien ha sido destruido.»
– ¿Qué estamos buscando? -susurró Mike, desde seis metros de distancia-. Aquí no hay más que un montón de porquería.
– Sigue buscando -susurró Dale-. Lo sabremos cuando lo encontremos.
Se metió entre el maíz, más allá de la cinta de la policía, agachándose al pasar entre las plantas.
A los cinco minutos lo encontró, a menos de diez metros de la zona devastada. Era difícil verlo debajo de las hojas del maíz en crecimiento, pero su zapato se había torcido por alguna causa, y Dale se inclinó para investigar lo que era. Mike se le acercó corriendo, al ver que lo llamaba con la mano. Los dos se pusieron de rodillas, con la lluvia repicando en las plantas cerca de sus oídos.
– Un agujero -murmuró Dale.
Lo midió con las dos manos. Tenía menos de un palmo y medio de diámetro, pero la tierra parecía apretujada y extraña a su alrededor. Metió la mano, pero Mike se la agarró rápidamente y tiró de ella.
– No hagas eso.
– ¿Por qué? -dijo Dale-. Sólo quería saber si es más ancho por dentro. Y lo es. Toca.
Mike sacudió la cabeza.
– Los lados también parecen raros -dijo Dale-. Como rígidos. Y el agujero tiene surcos. -Levantó la cabeza. No había movimiento en la casa de campo de McBride, pero tuvo la clara impresión de que les estaban observando-. Veamos si hay alguno más.
Encontraron seis más. El mayor tenía más de cuarenta y cinco centímetros de diámetro, y el menor era apenas más ancho que el de la madriguera de una ardilla terrestre. No seguían un orden determinado, aunque la mayoría de ellos estaban más cerca de la casa, en uno u otro lado de la franja de plantas aplastadas.
Dale quería ir hasta el granero, para ver si la cosechadora estaba allí.
– ¿Por qué diablos quieres saberlo? -murmuró Mike, tirando de su amigo hacia abajo.
Estaban demasiado cerca. Los muchachos podían leer los números en las etiquetas prendidas en las orejas de las pocas vacas que se encontraban detrás del corral.
– Sólo quiero…, necesito…
Dale suspiró profundamente.
El ruido de una puerta al cerrarse de golpe hizo que los dos muchachos se tumbasen sobre el barro entre las plantas. Tumbados allí, oyendo cómo se ponía en marcha el motor de un camión, Dale se dio cuenta de que casi había parado de llover. Todavía caía una fina llovizna, pero había cesado el aguacero.
– Se ha ido por el camino de entrada -murmuró Mike-. Pero creo que todavía hay alguien allí. Volvamos al bosque.
– Sólo echar un vistazo al cobertizo -susurró Dale, y empezó a levantarse.
Mike tiró de él hacia abajo.
– Yo he visto antes esas cosas.
Dale se agachó y miró de soslayo a Mike, envuelto en su gran poncho.
– ¿Qué cosas?
– Los agujeros. Esos túneles.
– ¿Dónde?
Mike se volvió y empezó a alejarse de la casa.
– Ven conmigo y te lo diré.
Y se alejó, metiéndose agachado en la siguiente hilera de plantas.
Dale vaciló. Estaba sólo a unos treinta metros del cobertizo. La impresión de que les vigilaban…, les observaban…, era todavía fuerte; pero también lo era su deseo de ver la máquina. Este deseo tenía poco o nada de curiosidad morbosa; la idea de ver las hojas o los engranajes, o lo que había matado a su amigo, le daba náuseas, pero tenía que saber, tenía que empezar a comprender.
La lluvia había empezado de nuevo. Dale miró hacia el sur, tuvo una visión fugaz del poncho de Mike moviéndose por encima del maíz, y entonces se volvió y le siguió.
Ya habría tiempo.
21
Siguió lloviendo de modo intermitente durante tres semanas. Cada mañana se desarrollaba en el cielo una guerra rápida y cambiante entre la luz del sol y las nubes; pero a las diez empezaba a lloviznar y a la hora de la comida las nubes bajas vertían agua.
El cine gratuito al aire libre fue cancelado el 25 de junio y el 2 de julio, aunque el cielo estaba despejado y la noche era agradable en aquel segundo sábado. La mañana siguiente volvió a llover. Alrededor de Elm Haven, la sedienta tierra de Illinois parecía beber la humedad y pedir más. Y el suelo negro se volvió más negro. En la mayor parte de América, los agricultores decían que el maíz «llegaba a la rodilla el cuatro de julio»; en Illinois central, la regla era que «llegase a la cintura»; pero este verano, el día cuatro casi llegaba al hombro.
Aquel año, el cuatro cayó en lunes, y aunque los adultos parecieron disfrutar de la rara fiesta de tres días, su satisfacción fue un poco estropeada por la lluvia, que impidió el desfile y los fuegos artificiales de la noche. Elm Haven no tenía un presupuesto municipal para los fuegos artificiales, pero un siglo de tradición hacía que la gente trajese sus propios cohetes, bengalas y petardos a los terrenos de la escuela. Unos cuantos lo hicieron también este verano, pero se levantó viento por la tarde y la tormenta estalló temprano aquella noche, y los presuntos juerguistas renunciaron a su esfuerzo al ver que las cerillas no se encendían y que las mechas fallaban.
Dale y Lawrence observaban la tormenta de relámpagos, que había sustituido a los fuegos artificiales, desde la seguridad del porche de delante. Explosiones de luz blanca recorrían el horizonte del sudoeste recortando las siluetas de los árboles, perfilando los tejados de dos aguas e iluminando la masa imponente de Old Central. En las pausas de oscuridad entre los relámpagos, el colegio parecía resplandecer aún con una luz interior, una suave fosforescencia, como de hongos, que teñía el suelo de un verde azulado y parecía crear una neblina de electricidad estática alrededor de los viejos olmos que rodeaban la construcción. Uno de los olmos se partió y murió, mientras Dale y Lawrence observaban en la noche del cuatro de julio, no sabían si alcanzado por un rayo o simplemente abatido por el viento. El ruido fue ensordecedor, incluso desde sesenta metros de distancia. La mitad del árbol permaneció en pie, como un diente mellado, roto, mientras la parte frondosa y viva caía sobre el patio de recreo del colegio con estruendo como víctima del hacha de un leñador.
Dale y Lawrence entraron en casa cuando hubo pasado la tormenta. Dispararían unos cuantos cohetes desde el porche, agitarían bengalas y encenderían gusanos de luz en los escalones de piedra; pero el viento era frío y su interés no muy grande.
Alrededor del pueblo, en el silencio que siguió a la tormenta, crecía el maíz en millones de acres, formando una sólida masa verde que había convertido los caminos vecinales en corredores entre altas paredes, ocultando el horizonte a la vista y pareciendo absorber la luz del sol del día siguiente hasta que el sitio más brillante no lo era más que la profunda sombra al pie de los olmos del pueblo.
La familia de Dale llevó comida al señor McBride. La mitad de las familias del pueblo lo habían hecho. Dale pedaleó mientras el coche recorría la conocida pero ahora extraña carretera, dejando atrás el cementerio y la casa de tío Henry, y enfilando el largo camino. El maíz parecía aquí más alto que en cualquiera de los campos aledaños, y el camino de entrada, un verdadero túnel.
Las dos primeras veces que llamaron, nadie acudió a abrir la puerta, a pesar de que la camioneta del señor McBride estaba en el patio. La tercera vez salió a abrir, aceptó las cacerolas y la empanada, farfullando una letanía de palabras para expresar su agradecimiento y murmuró algo más cuando los padres de Dale le dieron el pésame. Dale había considerado siempre al padre de Duane como más viejo que cualquiera de los padres de los otros chicos, pero le impresionó el aspecto del señor McBride: los mechones de cabellos que le quedaban parecían haberse vuelto grises en un mes; tenía los ojos hundidos e inyectados en sangre, el izquierdo casi cerrado, como a consecuencia de un ataque; su cara parecía más la de un busto roto y mal pegado que la de un hombre con arrugas, y la barba gris mal afeitada se prolongaba en el cuello y debajo de la sucia camiseta.