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Los padres de Dale hablaron en voz baja y con expresión triste durante el largo viaje de regreso.

Nadie sabía de fijo lo que se había hecho para el entierro o las exequias de Duane. Se decía en el pueblo que el señor Taylor había confiado el cadáver a una empresa de pompas fúnebres de Peoria, la misma que había cuidado de la incineración del tío Art. Y se pensaba que el chico también había sido incinerado en una ceremonia privada. Nadie sabía lo que había hecho el señor McBride con las cenizas.

Por la noche, cuando le estaba entrando el sueño, Dale pensó que su amigo ahora sólo existía como un puñado de ceniza, y esta idea hizo que se sentara en la cama y le palpitase el corazón al darse cuenta de que algo andaba mal en el universo.

A veces, cuando segaba el césped entre las tormentas o hacía alguna otra cosa que liberaba su subconsciente, Dale se imaginaba que Duane McBride estaba todavía vivo, que había simulado su propia muerte y estaba escondido en alguna parte, como el personaje de historieta The Spirit o como Mickey Mouse en las aventuras cómicas en que trataba de encontrar al Fantasma Blot. En tales ocasiones, Dale casi esperaba recibir una llamada telefónica de Duane y oír la voz tranquila de su amigo diciéndole: «Reúnete conmigo en la Cueva. Tengo alguna información.»

Dale se preguntaba qué clase de información había querido dar Duane en la reunión del gallinero. La reunión no había llegado a celebrarse. No se podía imaginar que Duane hubiese descubierto muchas cosas sobre Tubby o el colegio, pasando todo el tiempo en su casa de campo o en la biblioteca. Pero en los cuatro años de tener relación con él, había aprendido a no menospreciar las dotes de Duane.

Después de la revelación de Mike sobre el túnel que había encontrado en el cementerio y otros parecidos debajo de su casa, los muchachos se habían visto menos. Parecía como si todos se hubiesen retirado dentro de su círculo familiar y sus labores cotidianas, como si allí se sintiesen a salvo de la agobiante oscuridad.

Lawrence temía ahora más que nunca la oscuridad. A veces lloraba en sueños e insistía en que hubiese una bombilla de cuarenta vatios en la lamparilla del tocador, en vez de la débil que permanecía encendida por la noche. Su madre entraba a menudo y apagaba la luz más potente si Lawrence se había dormido; pero a veces el pequeño se despertaba chillando.

Antes de que su padre se marchase para un viaje de ocho días por Indiana y el norte de Kentucky, su madre había llevado a Lawrence y a Dale al médico para consultarle sobre sus miedos y la absurda acusación que había hecho Dale una noche, durante la cena, de que personas mayores habían asesinado a Duane y a Tubby Cooke. El médico se llamaba Viskes y era un refugiado húngaro que sólo llevaba un año y medio en el país y todavía tenía problemas con el idioma inglés. Todos los chicos de la población le llamaban doctor Vicious, porque era demasiado tacaño para comprar agujas hipodérmicas nuevas y seguía empleando las viejas, esterilizándolas, hasta que las inyecciones eran un puro tormento.

El doctor Viskes prescribió trabajo duro y aire fresco para curar aquella tontería infantil. Dale oyó que el doctor Vicious decía a su madre que era lamentable lo del joven McBride y de su tío, pero que los accidentes tienden a producirse de dos en dos.

«Los accidentes ocurren de tres en tres», pensó Dale.

Los otros muchachos se reunían ocasionalmente. Durante cinco días después del cuatro de julio, Kev, Mike, Dale y Lawrence jugaron casi sin parar al monopolio, en el largo porche delantero de la casa de los Stewart, mientras caían los chaparrones. Dejaban el juego cuando se hacía de noche, sujetando con piedras los montones de dinero y las tarjetas; cuando alguien quebraba, cambiaban las reglas de manera que el perdedor podía permanecer a la espera hasta que el banco le concedía un crédito o una vieja propiedad le proporcionaba una renta. Con la modificación de las reglas no había posibilidad de que terminase el juego, y continuaban jugando después del desayuno hasta que sus madres los llamaban para la comida. Dale soñó en el monopolio durante dos noches y se alegró de ello.

El quinto día, Brandy, el estúpido perro de los Grumbacher, se metió en el porche mientras los chicos estaban cenando y desparramó el dinero y mordió las tarjetas. Por acuerdo tácito, dieron por terminado el juego y no volvieron a verse en dos días.

El 10 de julio, un domingo que no parecía tal porque el padre de Dale estaba en la oficina de Chicago, se inundó el sótano.

Las cosas nunca volverían a ser iguales.

Durante dos días, la madre de Dale luchó contra la inundación, poniendo sobre el banco de trabajo cosas que estaban en el suelo y tratando de que la bomba funcionase. El sótano se había inundado dos veces en los cuatro años que llevaban en la casa, pero en ambas ocasiones su padre había podido evitar el desastre por cinco centímetros. Esta vez, el agua siguió subiendo.

El martes por la mañana, la bomba se averió. A la hora de la comida se produjo un corte de corriente en la casa.

Dale bajó de su habitación cuando le llamó su madre. Los altos escalones del sótano conducían a una total oscuridad. Su madre estaba de pie en el penúltimo escalón, con la falda empapada y un pañuelo alrededor de la cabeza. Parecía a punto de llorar.

Dale abrió mucho los ojos. El agua había subido sobre el último peldaño. Tenía al menos medio metro de profundidad, probablemente más. Lamía como un mar oscuro el escalón sobre el que estaba su madre.

– Oh, Dale, esto es terrible, ¡maldita sea…!

Dale se la quedó mirando. Era la primera vez que la oía maldecir.

– Lo siento, querido, pero no he podido arreglar la bomba y el agua está al nivel de la lavadora. Tengo que ir a la habitación de atrás para poner un fusible nuevo… ¡maldita sea, ojalá estuviese aquí tu padre!

– Yo lo haré, mamá.

Dale se sorprendió al decir esto porque aborrecía el maldito sótano.

Algo flotaba cerca del escalón. Podía ser una maraña de pelusa en el agua, pero más bien parecía la espalda de una rata ahogada.

– Ponte los tejanos viejos -dijo su madre-. Y trae tu linterna de Boy Scout.

Dale subió, medio aturdido, a cambiarse de ropa. La impresión de rechazo y soledad que había sentido desde la muerte de Duane le envolvió ahora como una capa aislante. Se miró las manos como si perteneciesen a otra persona. ¿Tendría que ir al sótano? ¿A la oscuridad? Se cambió de ropa, se calzó las bambas más viejas, se arremangó las perneras del pantalón, fue a buscar la linterna en la habitación sobrante, la probó y bajó la escalera.

Su madre le tendió el fusible.

– Está sobre la secadora de detrás de la…

– Ya sé dónde está.

El nivel del agua no había subido ostensiblemente en los últimos minutos, pero ya superaba el segundo escalón. El corto pasillo que conducía al cuarto del horno parecía la entrada oscura de una cripta inundada.

– No te quedes en el agua cuando lo pongas. Súbete al banco que está junto a la secadora. Asegúrate de que tienes las manos secas y de que el interruptor está abierto. Ciérralo y…

– SI, mamá.

Se armó de valor y descendió la escalera antes de que el miedo le hiciera echar a correr y salir por la puerta de atrás.

El agua le llegaba a las rodillas y estaba helada. Inmediatamente empezaron a dolerle y a entumecérsele los dedos de los pies.

– Ha fallado todo el sistema de desagüe… -oyó que decía su madre cuando él empezó a avanzar por el estrecho pasillo, iluminando las paredes con su linterna.