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Estaba desorientado, sin saber muy bien qué dirección seguía. La luz de la linterna era demasiado débil para alcanzar las paredes, la lavadora o la secadora. Tenía miedo de andar hacia el fondo de la habitación, donde la pared no llegaba al techo y unos ojillos agudos atisbaban desde el hueco de aquélla, incluso cuando las luces estaban encendidas y… «¡Basta!»

Dale se detuvo. Golpeó la base de la linterna en forma de L de Boy Scout, y por un instante el rayo de luz fue fuerte y recto. El banco estaba a diez pasos a su izquierda. Otros tres pasos le habrían llevado hasta el agujero de la bomba. Se volvió y se dirigió hacia el banco.

La linterna se apagó. Antes de que pudiese golpearla contra el muslo, otra cosa tocó su pierna. Algo largo y frío. Parecía husmearle como un perro viejo.

Dale no gritó. Pensó en periódicos flotantes y en cajas flotantes de herramientas y se esforzó en no pensar en otras cosas. Se aflojó la presión resbaladiza sobre su pierna pero luego volvió con más fuerza. No gritó. Golpeó la linterna, pulsó el interruptor deslizante y apretó la lente. Brilló un débil resplandor, más parecido al chisporroteo de una vela que al rayo de una linterna.

Dale se inclinó y dirigió el rayo moribundo sobre la superficie del agua.

El cuerpo de Tubby Cooke flotaba a varios centímetros por debajo de la superficie. Dale le reconoció al momento, aunque estaba desnudo y tenía la carne absolutamente blanca, con el blanco de los hongos en putrefacción, y estaba terriblemente hinchado. La cara tenía dos o tres veces el tamaño de un rostro humano, como un pastel que se hubiese hinchado hasta que la pasta blanca hubiese estado a punto de estallar debido a las presiones internas. La boca estaba abierta de par en par debajo del agua -no había burbujas- y las encías se habían ennegrecido y contraído, de manera que todas las muelas y dientes sobresalían por separado, como colmillos amarillentos. El cuerpo flotaba suavemente entre dos aguas, como si hubiese estado allí durante semanas y tuviese que seguir estándolo para siempre. Una mano flotaba cerca de la superficie, y Dale pudo ver unos dedos absolutamente blancos e hinchados como si fueran salchichas albinas. Parecían oscilar ligeramente a impulso de una suave corriente.

Entonces, a menos de medio metro de la cara de Dale, aquella cosa que era Tubby abrió los ojos.

22

En aquellas tres semanas de lluvia y melancolía, Mike supo quién y qué era el Soldado, y la manera de luchar contra él.

La muerte de Duane McBride le había afligido profundamente, aunque no se había considerado amigo íntimo de él, como Dale. Mike se dio cuenta, después de suspender el cuarto curso -sobre todo por lo difícil que le resultaba la lectura porque las letras de las palabras parecían ordenarse de cualquier manera, incluso cuando ponía toda su atención en encontrarles algún sentido-, de que había llegado a tenerse por el polo opuesto de Duane McBride. Duane leía y escribía con más facilidad y fluidez que cualquier adulto de los que había conocido Mike, con la posible excepción del padre Cavanaugh, mientras que Mike apenas podía entender el periódico que repartía todos los días. Mike no estaba resentido por aquella diferencia -Duane no tenía la culpa de ser tan inteligente-, sino que la respetaba con la misma ecuanimidad con que respetaba a los atletas dotados o a los narradores natos, como Dale Stewart; pero el abismo entre dos muchachos de aproximadamente la misma edad había sido infinitamente más grande que el curso que les separaba. Mike había envidiado el número infinito de puertas que se le abrían a Duane McBride. No puertas de privilegio -Mike sabía que los McBride eran casi tan pobres como los O'Rourke-, sino de una percepción y una comprensión que él apenas podía intuir a través de las conversaciones con el padre C. Sospechaba que Duane había vivido en los elevados reinos del pensamiento, escuchando las voces de hombres muertos hacía tiempo y que surgían de los libros, como había dicho una vez que escuchaba los programas nocturnos de la radio en su sótano.

Mike sentía una terrible impresión de… no sólo de pérdida, aunque ésta existía, sino de desequilibrio. Era como si él y Duane McBride hubiesen estado juntos en un columpio desde que eran pequeños y asistían al jardín de infancia de la señora Bleckwood, y ahora hubiese desaparecido uno de los contrapesos, rompiéndose él equilibrio.

Sólo había quedado el chico estúpido.

La lluvia no mantuvo lejos al Soldado. Ni las rascaduras de debajo del suelo.

Mike no era tonto; dijo a su padre que algún tipo raro estaba vigilando la casa. Incluso le habló de los túneles en el hueco de debajo del edificio.

El señor O'Rourke estaba aquellos días demasiado gordo para meterse debajo de la casa, pero envió a Mike allí con una cuerda para sondear los túneles, y con veneno para rociar diversas formas de cebo, como si residiese allí alguna zarigüeya gigantesca. Mike se introdujo debajo de la casa con el corazón en la garganta, pero su miedo era infundado. Los agujeros habían desaparecido.

Su padre le creía en lo tocante al hombre misterioso de uniforme militar -no recordaba que Mike le hubiera mentido alguna vez-, pero pensaba que debía de ser algún tonto adolescente que rondaba a una de las chicas. ¿Qué podía decir Mike a esto? ¿Que era otra cosa, algo que perseguía a Memo? Bueno, tal vez era un soldado que Peg o Mary habían conocido en Peoria y estaba rondando por aquí. Las chicas lo negaron: no conocían a ningún soldado, salvo a Buzz Whittaker, que se había incorporado al Ejército hacía ocho meses. Pero Buzz Whittaker estaba de servicio en Kaiserslautern, Alemania, como decía orgullosamente su madre a todo el mundo, mostrando sus rimbombantes cartas y alguna que otra postal en color.

No era Buzz Whittaker. Mike conocía a Buzz, y la cara del Soldado era diferente. Hablando con propiedad, el Soldado no tenía cara.

Mike había oído un ruido a últimas horas del día cuatro -en realidad lo había sentido- y había bajado la escalera, empuñando el bate, esperando encontrar a Memo acurrucada en la cama, en posición fetal, con la lámpara encendida y mariposas repicando en la ventana tratando de acercarse a la llama. Así había sido, pero el Soldado también estaba en la ventana, con la cara apretada contra el cristal.

Mike se quedó plantado, mirando.

Llovía con fuerza en el exterior; la ventana estaba cerrada, salvo por una pequeña abertura en la parte de abajo, por donde entraba el fresco olor de los campos mojados; pero el Soldado había ejercido presión sobre la tela metálica hasta que se había doblado hacia dentro y tocado el cristal. Mike pudo ver que goteaba agua del ala del sombrero de campaña, y vio también la mojada camisa caqui iluminada por la lámpara de Memo, a sólo tres palmos de distancia, y el cinturón Sam Browne y las hebillas de metal.

«El agua no gotea del sombrero de un fantasma.»

El Soldado tenía la cara apretada contra la ventana; no contra la tela metálica, sino contra el cristal. Boquiabierto, con el bate de béisbol colgando flojamente de su mano, Mike se interpuso entre Memo y la aparición. Estaba a menos de un metro de aquella forma que estaba en la ventana.

La última vez que Mike había visto al Soldado, había pensado que la cara de aquel joven era brillante, grasienta; más que una cara real, parecía una cara de cera blanda. Ahora, la cara de cera blanda había pasado a través de la tela metálica y se aplastaba y ensanchaba sobre el cristal como el seudópodo de un caracol de color de carne.

Mientras Mike le observaba, el Soldado levantó las manos y las puso planas contra la fina tela metálica. Los dedos y las palmas pasaron a través de aquélla, como una vela que se fundiese a gran velocidad. De nuevo adquirieron forma sobre el cristal, como dedos céreos con la palma de la mano brillante. La mano salió de la manga caqui como una fuente de cera en movimiento retardado, y se deslizó hacia abajo sobre el cristal de la ventana. Mike levantó la mirada para observar la cara que trataba de tomar forma, con los ojos flotando en aquella masa como pasas en un pudín. Las manos seguían bajando.