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Harlen decidió escuchar la radio, poniéndola fuerte, y tal vez meter mano a las botellas que su madre escondía en el fondo del aparador. Pensó que si medía con cuidado lo que bebía y añadía agua en la botella hasta la marca cuando hubiese terminado, ella no se daría cuenta. Probablemente tampoco lo advertiría en ningún caso, porque siempre estaba metiendo nuevas botellas allí o amorrándose a las viejas cuando estaba borracha. Escucharía la radio, pondría rock-and-roll a todo volumen y bebería un poco de licor, mezclándolo con Coke, que era como le gustaba.

Pasó por delante de la estación a toda velocidad -este lugar siempre le había dado miedo, incluso cuando era pequeño- y dobló la amplia esquina hacia Depot Street. Pudo ver las tres largas manzanas calle abajo -sabía que en una verdadera ciudad habrían sido seis o siete, y que si aquí eran más largas era porque no había bastantes calles-, hasta el túnel de ramas y de hojas, luces medio ocultas y porches, y la casa donde vivían Stewart y el viejo gruñón.

Y la escuela.

Sacudió la cabeza y enfiló el camino de entrada, deteniéndose junto al garaje y dejando la bicicleta debajo del alero.

Mamá no estaba en casa; el Rambler no había vuelto. Todas las luces estaban encendidas, tal como él las había dejado. Harlen se dirigió a la puerta de atrás.

Algo se movió delante de la luz en su habitación del piso de arriba.

Harlen se detuvo, con una mano todavía en el tirador de la puerta. Mamá estaba en casa. El maldito coche se habría averiado otra vez o uno de sus nuevos amigos la habría traído a casa porque había bebido demasiado. Menuda bronca iba a echarle por volver después de anochecer. Le diría que Dale y su juiciosa familia habían venido a buscarle para llevarle al cine gratuito. Ella no sabría que la sesión había sido cancelada.

La sombra pasó de nuevo por delante de la luz.

«¿Qué diablos está haciendo en mi habitación?» Con una súbita punzada de remordimiento pensó en las nuevas revistas que había comprado a Archie Kerck y escondido debajo del suelo del armario. Ella había encontrado y tirado todas las viejas cuando él estaba en el hospital, aunque no le había abroncado por ello durante más de dos semanas después de su vuelta a casa.

Con la cara colorada pero frío por dentro ante la idea del inminente enfrentamiento, sobre todo si ella estaba borracha, Harlen dio tres pasos hacia el garaje, tratando de pensar algo. «Tal vez son de Mona o de uno de sus amiguitos. Ella las puso allí. Y si lo niega, le contaré a mamá lo del preservativo que encontré flotando en el váter la última vez que me vino a cuidar.»

Respiró hondo. No era una explicación perfecta, pero valía más esto que nada. Miró hacia arriba, tratando de ver si su madre estaba registrando el armario.

No era mamá.

La mujer que estaba en su habitación cruzó otra vez el rectángulo de luz de la ventana. Él vio de refilón un suéter estropeado, una espalda encorvada, unos mechones de cabellos blancos brillando sobre una cabeza demasiado pequeña.

Harlen se echó instintivamente hacia atrás y tropezó con la bicicleta, que cayó al suelo del garaje con estrépito.

La sombra eclipsó de nuevo la luz. Una cara se apretó contra el cristal de la ventana y lo miró.

Aquella cara… mirándolo…, volviéndose a mirarlo.

Harlen cayó de rodillas, vomitó sobre la gravilla del pavimento, se enjugó los labios con la manga, se levantó, montó en la bici y pedaleó como un loco, alejándose de la casa, incluso antes de que la sombra se apartase de la ventana. No miró hacia atrás al bajar zumbando por Depot Street, zigzagueando locamente, como si alguien disparase contra él, tratando de pasar cerca de los pocos faroles de la calle. C. J. Congden, Archie Kreck y algunos de sus amigos gamberros estaban sentados sobre los capós de unos coches aparcados en el patio de tierra de la casa de J. P. y le gritaron algo feo por encima del estruendo de sus radios.

Harlen no se detuvo ni miró atrás. Sólo se paró, patinando, en un stop del cruce de Depot y Broad. Old Central estaba directamente delante de él. La casa de Double-Butt y de la señora Duggan se hallaba a la derecha.

«La cara en la ventana. Las cuencas de los ojos vacías. Gusanos debajo de la lengua. Dientes brillantes.»

«¡En mi habitación!»

Harlen se inclinó sobre el manillar, jadeando, esforzándose en no vomitar de nuevo. A una manzana de distancia en Depot Street, donde las luces del colegio relucían todavía entre los olmos, la negra silueta de un camión torció a la izquierda desde la Tercera y avanzó en su dirección.

El camión de recogida de animales muertos. Podía olerlo.

Harlen pedaleó hacia el norte por Broad. Los árboles eran enormes, cubriendo la calle de diez metros de anchura, y las sombras muy espesas. Pero había más faroles y más luces en los porches.

Pudo oír que el camión se acercaba al cruce de calles detrás de él, rechinando al cambiar las marchas. Harlen subió a la acera, saltó sobre las losas inclinadas del pavimento y giró hacia un camino de entrada. Allí había graneros, garajes y patios interminables sin vallar. Creyó que pasaba por delante de la casa del doctor Staffney cuando un perro pareció volverse loco delante de él, ladrando y tirando de una cuerda de tender la ropa que le servía de cadena, y brillándole los dientes a la luz amarilla del porche de atrás.

Harlen giró a la izquierda, se deslizó por el callejón pavimentado de escoria que discurría por detrás de los graneros y los garajes, y continuó hacia el norte. Podía oír el camión que subía por Broad, incluso por encima de los furiosos ladridos de todos los enloquecidos perros de la manzana. No tenía idea de adónde iba.

Ya pensaría algo.

Dale Stewart dejó caer la linterna y corrió a través del agua que le llegaba a los muslos, llamando a gritos a su madre, chocando con una pared en la oscuridad, rebotando aturdido y perdiendo el equilibrio. Se hundió hasta el cuello en el agua negra y helada y gritó de nuevo, cuando algo rozó su brazo desnudo debajo del agua. Se puso en pie, haciendo un gran esfuerzo, y siguió adelante, sin saber exactamente adónde iba en la oscuridad casi absoluta del sótano.

«¿Y si vuelvo hacia la habitación de atrás, hacia el agujero de la bomba?»

Lo mismo daba. No podía quedarse aquí, en esta oscuridad de medianoche, con el agua arremolinándose alrededor de sus piernas como aceite frío, y esperar a que aquella maldita cosa le encontrase. Se imaginó la cosa-Tubby abriendo más la boca muerta, y los largos dientes desnudos clavándose en su pierna debajo del agua.

Entonces dejó de imaginarse cosas y corrió, tropezando con algo que podía ser el banco de trabajo de su padre en la segunda habitación o el de la ropa sucia en la de atrás. Se volvió hacia la izquierda, cayó de nuevo a cuatro patas en un agua súbitamente cálida, como orina o sangre, y después avanzó tambaleándose, viendo, creyendo ver, un rectángulo de algo menos oscuro que podía ser la puerta que conducía del taller al cuarto del horno.

Chocó contra algo hueco y resonante y se hizo un corte en la frente, pero no le dio importancia. «¡El horno! Tuerce a la derecha y pasa a su alrededor. Encuentra el pasillo de más allá de la carbonera…» Gritó de nuevo y oyó que su madre le respondía, mezclándose los gritos de ambos en aquel laberinto resonante. Oyó que algo se deslizaba en el agua detrás de él y se volvió para ver lo que era; no vio nada, se tambaleó de nuevo hacia atrás, tropezó con algo más duro que el horno o el tragante, y cayó de bruces en el agua… y se mezcló en su boca el sabor asqueroso de la basura con el dulzón de la sangre.

Le rodearon unos brazos y unas manos le hundieron más, pero le levantaron enseguida.

Dale pataleó, arañó y se debatió contra aquella fuerza. Su cara se sumergió una vez más y después se apoyó en una lana mojada.