– ¡Dale! ¡Basta, Dale! ¡Basta! Tranquilízate… ¡Soy mamá, Dale!
No le dio palmadas en la cara, pero sus palabras surtieron el mismo efecto. Él se quedó inmóvil, tratando de no pensar, pero pensando en el agua oscura que les rodeaba. «Nos atrapará a los dos. Nos destrozará y nos hundirá.»
– No pasa nada -dijo ella, aunque también temblaba al subir los desmesurados escalones-. Todo está bien -murmuró al salir no a la cocina sino por la puerta de atrás, bajo el espléndido sol de la tarde. Se alejaron de la casa como dos supervivientes que intentasen poner la mayor distancia posible entre ellos y el lugar del accidente.
Se derrumbaron sobre el césped, al pie del pequeño manzano, mojados y temblando. Dale pestañeaba, medio cegado por la luz. El calor y la luz del sol y los colores parecían irreales, como un sueño después de la pesadilla real de las tinieblas y de aquella cosa debajo del agua… Cerró los ojos y se esforzó en no temblar.
El señor Grumbacher había estado segando el césped con la segadora mecánica, y Dale oyó que el motor se paraba y que el hombre preguntaba a gritos si ocurría algo. Después oyó sus largas zancadas sobre la hierba. Dale intentó explicarse, sin parecer que se había vuelto loco.
– Algo… algo… algo debajo del agua -dijo furioso porque le castañeteaban los dientes-. Al…go trató de ag…garrarme.
Su madre le tenía abrazado, tranquilizándole con una voz al borde de las lágrimas. El señor Grumbacher miró hacia abajo -era muy alto y llevaba el mismo uniforme gris que se ponía todos los días para conducir el camión de la leche; esto le daba en cierto modo un aire oficial- y se marchó, y entonces la madre de Dale le abrazó de nuevo y le dijo que todo estaba bien; pero entonces volvió el señor Grumbacher, y Kevin estaba plantado en la puerta de su casa, mirando con curiosidad por encima del prado, a los que estaban tumbados al pie del manzano, con los hombros envueltos en una manta, y entonces entró el señor Grumbacher por la puerta, para bajar al sótano…
– ¡No! -chilló Dale a su pesar. Trató de sonreír-. Por favor, no baje allí.
El señor Grumbacher miró a Kevin, que seguía observando desde la puerta de su casa. Le hizo señas de que se retirase, empuñó una larga linterna eléctrica de cinco pilas y cerró la puerta de tela metálica. La escalera del sótano bajaba desde un pequeño cuarto contiguo a la cocina; impedía que entrase el frío en invierno; ellos colgaban sus abrigos de repuesto en el descansillo. «Aquello estaba esperando allá abajo. El señor Grumbacher estaría perdido.»
Dale siguió temblando durante unos momentos y después se levantó, quitándose la manta de encima. Su madre le agarró de la muñeca, pero él se desprendió.
– Tengo que enseñarle dónde estaba aquello…, tengo que avisarle.
Se abrió la puerta de tela metálica y el padre de Kevin salió por ella, con los planchados pantalones grises de trabajo mojados hasta las rodillas y las botas chirriando sobre las losas. Apagó la linterna que sostenía con la mano izquierda; llevaba otra cosa en la derecha. Algo largo, blanco y mojado.
– ¿Está muerto? -preguntó la madre de Dale.
Era una pregunta tonta. El cuerpo estaba hinchado hasta casi dos veces su tamaño normal.
El señor Grumbacher asintió con la cabeza.
– Probablemente no se ahogó -dijo, en aquel tono de voz suave pero seguro que le había oído Dale emplear muchas veces con Kevin-. Tal vez comió algo envenenado o en mal estado. Probablemente entró con los remolinos del agua al atascarse los tubos de desagüe.
– ¿Es uno de los de la señora Moon? -preguntó la madre, acercándose más.
Dale pudo sentir que ella también temblaba ahora.
El señor Grumbacher se encogió de hombros y dejó el gato muerto sobre la hierba, junto al camino de entrada. Dale oyó un ligero ruido sibilante y vio que unas gotas de agua brotaban de entre los afilados dientes. Se acercó y lo tocó con la punta del zapato.
– ¡Dale! -dijo su madre.
Él retiró el pie.
– Esto no es lo que… lo que yo vi -dijo, tratando de no temblar, de no parecer que hablaba a tontas y a locas-. No era un gato. Esto es un gato.
Volvió a tocar aquella cosa con el pie. El señor Grumbacher se permitió una de sus pequeñas y tensas sonrisas.
– Es lo único que había allá abajo, aparte de una caja de herramientas flotante y algún pequeño trasto. Ha vuelto la corriente. Y la bomba empieza a funcionar.
Dale miró hacia la casa. El interruptor había estado hacia abajo… desconectado.
Kevin descendió la cuesta y se quedó allí, sujetándose los codos, como hacía cuando estaba un poco nervioso. Miró la cara pálida, la ropa empapada y los cabellos mojados de Dale; hizo un gesto con los labios, como si fuese a decir algo sarcástico; captó la mirada de su padre y se limitó a saludar con la cabeza a Dale. También tocó el gato muerto con la punta del zapato. Y brotó más agua del animal.
– Creo que es uno de los de la señora Moon -dijo la madre de Dale como si esto diese por terminada la cuestión.
El señor Grumbacher dio unas palmadas en la espalda de Dale.
– Es lógico que te hayas asustado un poco. Tropezar con el gato en la oscuridad, con agua hasta las pantorrillas, bueno…, eso habría asustado a cualquiera, hijo mío.
A Dale le entraron ganas de apartarse y decirle a Grumbacher que no era hijo suyo, y que el gato muerto no era lo que le había asustado. Pero en vez de esto hizo un esfuerzo y asintió con la cabeza. Todavía tenía en la boca el sabor amargo y agrio del agua que había tragado. «Tubby todavía está allá abajo.»
– Subamos a cambiarnos de ropa -dijo su madre al fin-. Más tarde podremos hablar de esto.
Dale asintió, dio un paso hacia la puerta de tela metálica y se detuvo.
– ¿Podemos entrar por la puerta de delante? -preguntó.
Jim Harlen pedaleaba en la oscuridad, oyendo a los perros que ladraban furiosamente en toda la manzana y escuchando el ruido del camión de recogida de animales muertos. Parecía haberse detenido en el cruce de Depot y Broad. «Cortándome la retirada.»
El callejón por el que rodaba ciegamente se dirigía hacia el norte y hacia el sur, entre los graneros, los garajes y los largos patios de detrás de las casas de Broad y de la Quinta. Los patios eran tan grandes, las casas estaban tan rodeadas de arbustos y de hojas, y el propio callejón tan engalanado de follaje, incrementado por las recientes lluvias monzónicas, que Harlen comprendió que tenía que haber allí cien sitios oscuros donde esconderse: altillos de graneros, garajes abiertos, aquel grupo de árboles negros, el huerto de Miller a la izquierda y delante, las casas deshabitadas en Catton Drive…
«Esto es precisamente lo que ellos quieren que haga.»
Harlen detuvo la bici sobre las negras escorias del callejón. Los perros dejaron de ladrar. Incluso la humedad del aire parecía haber quedado en suspenso, reducida a una ligera niebla entre las lejanas luces de los porches de atrás.
Harlen tomó una decisión. Su madre no le había criado como a un tonto.
Cruzó un patio de atrás, pedaleando con fuerza a través de un huerto, con los neumáticos levantando barro detrás de él, abandonando la protección del oscuro callejón y pasando por delante de un sobresaltado perro de Labrador, que giró en redondo tan sorprendido que a punto estuvo de estrangularse con su correa antes de acordarse de ladrar.
Harlen encogió rápidamente la cabeza al ver el alambre de tender la ropa un segundo y medio antes de que le decapitase, se inclinó hacia la izquierda para evitar el poste de la luz -casi cayéndose de la bicicleta por desequilibrarle el brazo en cabestrillo-, se repuso, entró por el largo paseo de entrada de los Staffney y, dando un rodeo a la negra mole de su viejo granero, se detuvo en el paseo principal, a un metro del farol de gas que mantenían siempre encendido.
A media manzana de distancia, la oscura sombra de un camión de altos costados aceleró el motor y empezó a moverse en dirección a Harlen, bajo el túnel de ramas que cubría la calle. Tenía las luces apagadas.