Jim Harlen se apeó de la bici, subió saltando los cinco escalones del porche y tocó el timbre de la puerta.
El camión adquirió velocidad. Estaba a menos de sesenta metros de distancia, rodando por este lado de la ancha calle. La casa de los Staffney estaba a dieciocho o veinte metros de la acera. Unos olmos, un largo jardín y varios macizos de flores la separaban de la calle; pero Harlen habría querido que hubiese un foso y una trampa contra tanques entre el camión y él. Golpeó la puerta con el puño ileso, mientras tocaba el timbre con el codo en cabestrillo.
La puerta se abrió por fin, de par en par. Michelle Staffney estaba allí, en camisón y con la luz de la lámpara filtrándose a través del fino tejido y formando una aureola alrededor de sus largos y rojos cabellos. En circunstancias ordinarias, Jim Harlen se habría detenido para gozar del espectáculo, pero ahora entró violentamente en el iluminado zaguán.
– Jimmy, ¿qué estás…? ¡Eh…! -consiguió decir la pelirroja antes de que él pasara por su lado.
Cerró la puerta y le miró ceñuda.
Harlen se detuvo debajo de la lámpara y miró a su alrededor. Sólo había estado tres veces en la casa de Michelle -una vez al año por su fiesta de cumpleaños del mes de julio, que parecía ser un acontecimiento, tanto para ella como para los suyos-, pero recordaba las grandes habitaciones, los techos elevados y las altas ventanas. Demasiadas ventanas. Harlen se estaba preguntando si tendrían un cuarto de baño o algo parecido en la planta baja, sin ventanas y con fuertes cerrojos cuando el doctor Staffney dijo, desde la escalera:
– ¿Podemos ayudarte en algo, jovencito?
Harlen puso su mejor cara de niño abandonado y a punto de llorar, sin que tuviese que esforzarse mucho, y exclamó:
– Mi madre ha salido de casa y no tendría que haber nadie en ella, pero yo he vuelto del cine al aire libre, supongo que suspendido a causa de la lluvia, y había una señora desconocida en la segunda planta, y después me han perseguido y un camión salió detrás de mí… ¿Podrían ayudarme? ¡Por favor!
Michelle Staffney lo miró con sus bonitos ojos azules abiertos de par en par e inclinando la cabeza a un lado, como si él hubiese entrado y se hubiese orinado en el zaguán. El doctor Staffney seguía en la escalera, en pantalón de calle, con chaleco y corbata; miró a Harlen, se caló las gafas, se las quitó y bajó la escalera.
– Repite eso -dijo.
Harlen lo repitió, haciendo hincapié en los puntos importantes. Una mujer desconocida estaba en su casa. (No mencionó que estuviese muerta pero andando de un lado a otro.) Unos tipos le habían perseguido con un camión. (Ahora no importaba que fuese el de recogida de animales muertos.) Su madre había tenido que ir a Peoria para un asunto importante. (Probablemente para acostarse con alguien, pero no había necesidad de informarles de esto.) Y él tenía miedo. (Esto era verdad.)
La señora Staffney vino del comedor. Harlen había oído decir a C. J. Congden, a Archie Kreck o a algún otro que si se quería saber cómo sería una niña dentro de unos años en lo referente a tetas y otras cosas, había que observar a su madre. Michelle Staffney tenía mucho porvenir a este respecto.
La madre de Michelle rebulló alrededor de Harlen, dijo que le recordaba de todas las fiestas de cumpleaños, aunque Harlen sabía que habían asistido demasiados chicos y que sólo había sido invitado porque lo habían sido todos los de su clase, e insistió en llevárselo a la cocina para que tomase una taza de cacao, mientras el doctor Staffney llamaba al agente de policía.
El doctor parecía un poco confuso, si no francamente escéptico, pero se asomó a la puerta -naturalmente no se veía el camión, según pudo comprobar Harlen mirando desde detrás de él- y se dirigió al teléfono para llamar a Barney. La señora Staffney insistió en que cerrasen todas las puertas mientras esperaban. A Harlen esto le pareció muy bien. Tampoco le habría importado que cerrasen todas las grandes ventanas; pero por muy rica que fuese aquella gente, no tenía aire acondicionado en la vasta mansión, y probablemente ésta se habría calentado rápidamente de no estar abiertas las ventanas. Harlen se contentó con sentirse seguro, mientras la señora S. se atrafagaba en la cocina, calentando unas sobras de carne asada para él -Harlen había dicho que no había cenado, aunque había calentado los espaguetis que había dejado mamá en el Tupperware-, y el doctor S. le interrogaba por cuarta vez. Michelle le miraba con unos ojos muy abiertos que podían significar cualquier cosa, desde la adoración del héroe por su bravura hasta el más puro desprecio por portarse como un imbécil.
En realidad a Harlen le importaba poco.
La vieja en su habitación. Su cara en la ventana, mirando hacia abajo. Al principio había pensado que era la vieja Double-Butt, pero entonces algo le recordó a la señora Duggan. La otra. La muerta. El sueño. La cara en la ventana. Y él, cayendo.
Harlen se estremeció, y la señora S. le trajo un trozo de pastel. El doctor Staffney empezó a preguntarle con qué frecuencia hacía su madre aquellos recados y le dejaba solo en casa. ¿Estaba enterada de que había leyes contra los que descuidaban a sus hijos?
Harlen trataba de responder, pero era difícil; tenía la boca llena de pastel y no quería parecer grosero delante de Michelle.
Barney llegó unos treinta y cinco minutos después de que el doctor le llamase: probablemente un nuevo récord del pueblo, pensó Harlen.
Éste refirió de nuevo su historia, esta vez con un poco menos de pánico sincero, y en tono más ceremonioso. Cuando llegó a la parte referente a la cara en la ventana y el camión en la calle, el temblor de su voz fue auténtico. En realidad pensaba en lo cerca que había estado de subir pedaleando por el callejón y esconderse en uno de aquellos oscuros graneros o casas vacías, y se preguntaba qué podría haber estado esperándole allí.
Había verdaderas lágrimas en sus ojos cuando terminó de describir la situación al policía; pero pestañeó para contenerlas. No iba a llorar delante de Michelle Staffney. Ojalá no hubiese subido corriendo al piso de arriba para ponerse una bata de franela mientras la madre preparaba el chocolate caliente. De hecho, el ligero deseo sexual que experimentó al entrar se estaba ya mezclando con el recuerdo de puro terror y con la descarga física de adrenalina que le había precedido.
El agente Barney le llevó a su casa. El doctor Staffney les acompañó y se quedó sentado en el coche con Harlen, mientras Barney registraba la casa, que estaba como Harlen la había dejado, con las luces encendidas y la puerta cerrada. Pero Barney había ido a la puerta de atrás y había llamado antes de entrar… De haber estado en su lugar, Harlen habría entrado agachado y rápidamente, empuñando el revólver, como hacían los polis en La ciudad desnuda. Barney ni siquiera tenía revólver, o al menos no lo llevaba consigo.
Harlen contestó las preguntas del doctor S. sobre los hábitos de viajes de fin de semana de su madre, pero esperando oír un grito dentro de la casa.
Barney salió y les hizo señas de que entrasen.
– No hay señales de entrada con violencia -dijo cuando subieron la escalera de atrás. Harlen se dio cuenta de que el policía se dirigía al médico, no a él-. Todo está un poco revuelto. Como si alguien hubiese estado buscando algo. -Se volvió a Harlen-. ¿Ha sido esto, hijo, o siempre suele estar así?
Harlen examinó la cocina y el comedor con mirada atenta. Las cazuelas llenas de grasa encima del hornillo. Montones de platos sucios en el fregadero, en el tablero e incluso encima de la mesa. Viejas revistas, cajas y porquerías en el suelo. Bolsas de basura llenas a rebosar. El cuarto de estar no era mucho mejor. Harlen sabía que había un sofá debajo de todos aquellos papeles y recetas de cocina de la tele, ropa y trastos, pero comprendía por qué el policía y el doctor podían tal vez no estar seguros.