Выбрать главу

Se encogió de hombros.

– Mamá no es muy ordenada.

Le fastidió el tono en que sonó su voz, como si tuviese que disculparse ante aquel par de imbéciles.

– ¿Encuentras a faltar algo, Jimmy? -preguntó Barney, como si acabase de recordar su nombre.

Salvo las bofetadas, nada molestaba tanto a Harlen como que le llamasen Jimmy. A excepción de cuando Michelle le había llamado así esta noche. Sacudió la cabeza y pasó de una habitación a otra en la pequeña planta baja, tratando de arreglar disimuladamente algunas cosas de pasada.

– No -dijo-. No creo que falte nada. Pero no estoy seguro.

«¿Qué coño habrían podido robar? ¿La esterilla eléctrica de mamá? ¿Las viejas recetas de la tele? ¿Mis revistas de desnudos?» Harlen se ruborizó de pronto al pensar que Barney, el FBI o alguien podían hacer un registro a fondo y encontrarlas debajo de las tablas inferiores de su armario.

– La vieja estaba arriba, no aquí abajo -dijo, con una brusquedad que no había pretendido.

– Ya he mirado arriba -dijo el policía. Después se dirigió al doctor S.-. Mucho desorden pero ninguna señal de robo ni de vandalismo.

Mientras subían los tres, Harlen se iba sintiendo asqueado por momentos. Se imaginaba al remilgado doctor contando a sus remilgadas esposa e hija todo el revoltijo que había visto. Probablemente iría a casa y despertaría a Michelle para decirle que se apartase de ese patán de Harlen. Ella le había llamado Jimmy.

– ¿Falta algo? -preguntó Barney desde el pasillo mientras Harlen miraba en la habitación de su madre y después en la suya.

¡Maldita sea! Al menos ella hubiera podido hacer la maldita cama o recoger los malditos Kleenex, las revistas o alguna cosa.

– No -dijo, dándose cuenta de lo estúpido que parecía. Se imaginó al elegante doctor diciendo a la señora S. y a Michelle al día siguiente, durante el desayuno: «Ese chico es un patán y un retrasado mental»-. Creo que no -añadió. Y después, en tono realmente apremiante-: ¿Ha registrado los armarios?

– Es lo primero que he hecho -dijo Barney-. Pero volveremos a mirarlos juntos.

Harlen se quedó atrás mientras el policía y el médico miraban en los armarios. «Me están siguiendo la corriente. Después, cuando se hayan ido, aquel cadáver putrefacto saldrá de alguna parte y me arrancará el corazón de una dentellada.»

– Como si leyese sus pensamientos, Barney dijo:

– Yo esperaré a que vuelva tu madre, hijo.

– También yo -dijo el médico. Intercambió una mirada con el poli-. ¿Sabes cuándo volverá, Jim?

– No.

Harlen se mordió el labio. Si volvía a llamarle así, iría en busca del viejo revólver de su padre y se saltaría la tapa de los sesos delante de aquellos dos tipos. «El revólver. ¿No se lo había dejado él a mamá, para que pudiese defenderse?» Empezó a animarse.

– Ponte el pijama, hijo -dijo el policía. Por su vida que no podía Harlen recordar el verdadero nombre de Barney-. ¿Tienes un poco de café?

– De ése instantáneo -dijo Harlen. Había estado a punto de decir «no»-. En el tablero de la cocina. Abajo.

«Acabamos de pasar por la cocina, estúpido.»

– Prepárate para ir a la cama -insistió el agente, y descendió a la planta baja con el médico.

La casa era pequeña. Harlen podía oírles fácilmente. Su madre y él no podían tirarse un pedo sin que el otro lo oyese; Harlen se preguntaba a veces si ésta era la causa de que su padre se hubiese largado con la fulana. Pero esta noche, la casa no era lo bastante pequeña. Salió al pequeño rellano.

– ¿Ha mirado debajo de las camas…, señor? -gritó hacia abajo.

Barney se puso al pie de la escalera.

– Claro que sí. Y en los rincones. No hay nadie ahí arriba. Ni aquí abajo. El doctor acaba de mirar en el jardín. Y yo voy a ir a registrar el garaje. No tenéis sótano, ¿verdad, hijo?

– No -dijo Harlen. «¡Maldita sea!»

Barney asintió con la cabeza y volvió a la cocina. Harlen oyó que el padre de Michelle decía algo sobre el departamento de Sanidad.

Harlen entró en su habitación y no cerró la puerta; arrojó las bambas en un rincón, tiró los calcetines en el suelo, y se quitó los tejanos y la camiseta de manga corta. Entonces se inclinó, recogió los calcetines y el pantalón y los arrojó dentro del armario, sin acercarse demasiado.

«Ella estaba precisamente allí. Junto a la ventana. Paseaba arriba y abajo.»

Se sentó en el borde de la cama. El despertador marcaba las 10.28. Temprano. Aquellos hombres estarían allí durante cuatro o cinco horas más, si era una noche de sábado normal. Pero ¿se quedarían realmente? Si no lo hacían, Harlen estaba dispuesto a correr detrás del coche de la policía cuando se marchasen. Esta noche no se quedaría aquí solo.

«¿Dónde diablos guarda ella el arma?» No era muy grande, pero sí de un acero azul y de aspecto amenazador. Y había una caja blanca y azul de balas. Su padre le había dicho que no tocase nunca el revólver ni las balas; solían estar en el cajón de papá, pero mamá los había escondido cuando él se había marchado con la fulana. «¿Dónde?» Probablemente era ilegal. Barney lo encontraría y les metería a los dos en la cárcel.

La puerta de atrás se cerró de golpe. Harlen se estaba poniendo el pijama y aquel ruido le sobresaltó. Oyó sus voces.

Sonaron pisadas y la voz de Barney resonó mucho más fuerte en la escalera.

– ¿Quieres un poco de chocolate caliente antes de acostarte, hijo?

El estómago de Harlen borboteaba a causa de la cantidad de líquido que le había obligado a ingerir la señora Staffney.

– ¡Sí! -gritó-. Enseguida bajo.

Levantó la almohada para sacar la chaqueta del pijama de donde la guardaba siempre.

Tenía una especie de porquería gris y viscosa. Harlen frunció el ceño al mirarse las manos, las enjugó en el pantalón del pijama y retiró la colcha.

Parecía como si la sábana hubiese sido manchada con varios litros de algo que parecía una mezcla de moco y semen. Aquello brillaba a la luz de la lámpara de la mesita de noche y de la bombilla del techo. Era como si la cama hubiese sido una rebanada de pan y alguien hubiese vertido en ella montañas de jalea gris, una mucosidad espesa y resbaladiza que captaba la luz, empapaba las sábanas y se estaba ya secando en pequeños grumos y aristas. Olía como si alguien hubiese dejado una toalla mojada en un agujero sucio, para que se pudriese durante tres años, y entonces se hubiese meado en ella una manada de perros.

Harlen se tambaleó hacia atrás, dejó caer la chaqueta del pijama y se apoyó en la jamba de la puerta. Tenía la impresión de que iba a vomitar. El suelo de madera parecía oscilar como la cubierta de una pequeña embarcación en un mar alborotado. Harlen salió y se agarró a la bamboleante baranda.

– ¡Señor agente!

– ¿Qué, hijo mío? -gritó Barney desde la cocina.

Harlen pudo oler el café instantáneo y la leche que se estaba calentando. Miró atrás, hacia la habitación, casi esperando ver las sábanas limpias, o al menos relativamente limpias como habían estado esta mañana, algo parecido a las alucinaciones o espejismos que se ven en las películas.

La mucosidad gris resplandecía casi blanca bajo la luz.

– ¿Qué? -dijo Barney, acercándose al pie de la escalera.

El hombre tenía la frente arrugada, como si estuviese alarmado. Sus ojos negros parecían… ¿preocupados? ¿Tal vez inquietos?

– Nada -dijo Harlen-. Enseguida bajo a tomar el chocolate.

Entró en la habitación, retiró las sábanas de la cama, procurando no tocar aquella porquería, y las arrojó con el pijama a un rincón del armario. En el cajón de abajo de su tocador encontró otro pijama, limpio pero que le había quedado pequeño; se puso la vieja y raída bata, fue a lavarse las manos y bajó a reunirse con los dos hombres.

Ni siquiera más tarde supo Jim Harlen porqué había preferido no mostrarles esta prueba concluyente de que alguien o algo había estado en su casa. Tal vez comprendió, en aquel momento, que era algo que tenía que resolver él solo. O tal vez vio que algunas cosas eran demasiado embarazosas para compartirlas con otros, que el mero hecho de mostrarles la cama sería casi como sacar las revistas de su escondite y jactarse de ellas.