Le temblaba la voz. Se interrumpió para encender un cigarrillo y también le temblaban las manos. Apagó la cerilla, exhaló humo y tamborileó con las uñas pintadas sobre el tablero. Harlen miró la mancha de lápiz de labios en el cigarrillo. No soportaba las colillas manchadas de lápiz de labios por toda la casa. Le enfurecía, y no sabía por qué.
– Después de todo -prosiguió ella, controlando ahora su voz-, tienes once años. Eres casi un hombrecito. Mira, cuando yo tenía once años cuidaba de mis tres hermanos más pequeños y trabajaba a horas en un restaurante barato de Princeville.
Harlen asintió con la cabeza. Conocía la historia.
Su madre aspiró humo y se volvió, tamborileando todavía con los dedos de la mano izquierda sobre el tablero y sosteniendo agresivamente el cigarrillo con la derecha, como suelen hacer las mujeres.
– ¡Qué cara más dura la de esos idiotas!
Harlen vertió la sopa de tomate en un tazón y esperó a que se enfriase.
– Mamá, sólo vinieron porque aquella mujer loca estuvo en la casa. Pensaban que podía volver.
Ella no se volvió hacia él. Su espalda estaba rígida, como tantas veces la había visto vuelta contra su padre.
Probó la sopa. Todavía estaba demasiado caliente.
– De veras, mamá -dijo-. No pretendían nada. Sólo…
– No me digas lo que pretendían, James Richard -saltó ella, volviéndose al fin de cara a él, con un brazo cruzado sobre el pecho y el otro vertical, sosteniendo aún el cigarrillo-. Comprendo un insulto cuando lo oigo. Lo que ellos no comprenden es que seguramente te imaginaste ver a alguien en la ventana. No se acordaron de que el doctor Armitage, del hospital, dijo que habías sufrido un fuerte golpe en la cabeza…, un hemi… hemo…
– Hematoma subdural -dijo Harlen.
La sopa ya se había enfriado.
– Una conmoción muy grave -terminó ella, y dio una chupada al cigarrillo-. El doctor Armitage me advirtió que podías experimentar algunas…, ¿cómo se dice…?, algunas alucinaciones. Quiero decir que no fue como si vieses a alguien a quien conocías, ¿sabes? A alguien real.
«Hay personas reales en el mundo a las que no conozco», estuvo tentado de replicar. Pero no lo hizo. Un día de frialdad era bastante.
– No -dijo.
Su madre asintió con la cabeza, como si hubiese quedado resuelta la cuestión. Terminó el cigarrillo y volvió a mirar por la ventana de la cocina.
– Me gustaría saber dónde estaban esos altos y poderosos caballeros cuando yo me pasaba las veinticuatro horas del día junto a tu cama en el hospital -murmuró.
Harlen se concentró en terminar la sopa. Fue al frigorífico, pero el único cartón de leche llevaba allí tantísimo tiempo que no se le ocurrió abrirlo. Llenó un vaso de jalea con agua del grifo.
– Tienes razón, mamá. Pero me alegré de verte cuando volviste a casa.
La súbita rigidez de la espalda de su madre le advirtió que no debía continuar con el tema.
– ¿No ibas a ir hoy al Salón de Adelle para que te arreglase el pelo?
– Si lo hiciese, supongo que volvería a visitarte ese polizonte para acusarme de ser una mala madre -dijo ella, en un tono sarcástico que él no le había oído emplear desde que se marchó su padre.
El humo se elevó sobre la mata de cabellos negros y formó una pálida aureola al recibir la luz de sol.
– Ahora es de día, mamá -dijo él-. Con luz de día, no tengo miedo a nada. Ella no volverá siendo de día.
En realidad, Harlen sabía que sólo la primera de estas tres declaraciones era absolutamente cierta. La segunda era falsa. Y la tercera… no lo sabía.
Su madre se llevó la mano al pelo, y aplastó el cigarrillo en el fregadero.
– Está bien; volveré dentro de una hora, o tal vez un poco más. Tienes el número de Adelle, ¿verdad?
– Sí.
Harlen enjuagó el tazón de la sopa y lo colocó junto a los platos del desayuno. El Nash hizo el fuerte ruido acostumbrado al alejarse por Depot Street. Harlen esperó un par de minutos más porque su madre olvidaba con frecuencia algo y volvía a toda prisa para recogerlo, y cuando estuvo seguro de que se había ido definitivamente, subió despacio la escalera y entró en la habitación de ella. Le palpitaba locamente el corazón.
Aquella mañana, mientras su madre dormía, había aclarado las sábanas y las fundas de almohada en la bañera y las había metido después en la lavadora. El pijama lo había arrojado en el cubo de la basura del lado del garaje. Por nada del mundo volvería a dormir con él.
Ahora registró los cajones del tocador de su madre, hurgando debajo de la ropa interior de seda y sintiendo una excitación parecida a la de la primera vez que había traído a casa una de aquellas revistas de C. J. Hacía calor en la habitación. La espesa luz del sol se extendía sobre las revueltas sábanas y la colcha de la cama de su madre; pudo percibir su perfume denso y fuerte. Los periódicos del domingo estaban desparramados sobre la cama, tal como ella los había dejado.
El revólver no estaba en el tocador. Harlen miró en la mesita de noche, apartando a un lado las cajetillas vacías de cigarrillos y un paquete medio vacío de Trojans. Anillos, bolígrafos que no funcionaban, cerillas de diferentes restaurantes y clubs nocturnos, trozos de papel y servilletas con nombres de hombres garrapateados en ellos, una especie de relajador muscular mecánico, un libro en rústica. Ningún arma.
Harlen se sentó en la cama y miró a su alrededor. El armario sólo contenía vestidos, zapatos y por…, ¡espera! Acercó una silla para poder llegar al fondo del único estante, y palpó detrás de cajas de sombreros y de suéters doblados. Su mano tropezó con un frío metal. Sacó una fotografía enmarcada. Su padre sonreía, ciñendo a mamá con su brazo y a un chiquillo de cuatro años con el otro, un chiquillo que sonreía tontamente y en el que Harlen se reconoció vagamente. Al niño le faltaba uno de los dientes de delante, pero no parecía importarle. Los tres estaban delante de una mesa al aire libre; Harlen reconoció el Bandstand Park, en el centro del pueblo. Tal vez antes era el cine gratuito.
Arrojó la foto sobre la cama y buscó debajo del último suéter viejo que había allí. Una culata curva. La guarda metálica de un gatillo.
Lo sacó de allí con ambas manos, cuidando de mantener el dedo lejos del gatillo. Aquella cosa era sorprendentemente pesada por su tamaño. Las partes metálicas eran de un acero azul oscuro; el cañón era extrañamente corto, tal vez sólo tenía cinco centímetros. La culata era de una bonita madera nudosa, a cuadros. Aquella arma casi parecía un 38 de juguete que había tenido de pequeño, hacía un año o dos, e imaginó a casa las revistas pornográficas de C. J. por primera vez. Sólo tardó unos segundos en saber cómo había que cargar las cámaras vacías, y después hizo girar el cilindro para asegurarse de que estaba completamente cargado. Metió las otras balas en los bolsillos de los tejanos, dejó el bote donde lo había encontrado y salió, saltando la valla y dirigiéndose al huerto, en busca de un sitio donde practicar.
Y de algo con lo que practicar.
Memo estaba despierta. A veces tenía los ojos abiertos pero no se daba cuenta de nada. Este no era uno de esos momentos. Mike se agachó al lado de la cama. Su madre estaba en casa -era el domingo diez de julio, el primer domingo en que Mike había dejado de ayudar a misa en casi tres años- y la aspiradora estaba funcionando arriba, en su habitación. Mike se acercó más a la cama y vio que los ojos castaños de Memo le seguían. Ella tenía una mano doblada sobre la colcha como una garra, con los dedos nudosos y el dorso de la mano surcado de venas.
– ¿Puedes oírme, Memo? -murmuró Mike, con la boca cerca de su oído.
Después se echó atrás y la miró a los ojos.
Un pestañeo. Sí. La clave era de un pestañeo para decir «sí», dos para decir «no» y tres para decir «no lo sé» o «no comprendo». Así se comunicaban con ella para las cosas más sencillas: cuando había que cambiarle la ropa interior o la de la cama, cuando había que ponerle el orinal de cuña; cosas así.