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– Con dos condiciones -dijo finalmente, y Jane se quedó tan aliviada que hubiera aceptado cualquier cosa.

– ¿Cuáles?

– Primero, que no te vuelvas a comportar como esta mañana. Quiero que la gente que trabaja conmigo sea profesional en todo momento, y si tú no estás preparada para hacerlo, entonces no dudaré en dar el contrato a otra empresa, aunque haya empezado la tuya.

– Eso no será necesario -dijo Jane, ruborizándose. Había ido a pedir eso, después de todo. Se puso seria y se preparó para el resto-. ¿Y lo segundo?

Lyall la miró a los ojos con una expresión inescrutable.

– Que cenes conmigo esta noche.

Capítulo 4

Jane lo miró. ¡No esperaba eso!

– ¿Lo dices en serio?

– ¿Por qué no?

– Me parece una condición un poco extraña para alguien que se supone que es un profesional -contestó Jane, incapaz de evitar un tono hostil-. Creía que querías mantener separadas tu vida profesional y tu vida privada.

La expresión enigmática de los ojos de Lyall se convirtió en la conocida expresión divertida, lo cuál dejó a Jane más desconcertada.

– ¿Qué puede ser más profesional que cenar con la directora de la empresa a la que contrato?

– ¿Vas a hacerlo con todas? -preguntó Jane con suspicacia.

– Sin duda, pero como las demás no pueden empezar a trabajar hasta que tú hayas terminado, me parece razonable empezar por ti.

– Ah -la expresión de Jane era de desconcierto. Lo que menos le apetecía era salir a cenar con Lyall, sin embargo, no estaba segura de querer ser tratada de una forma meramente profesional. ¿Por qué Lyall siempre la desestabilizaba? En un momento la estaba regañando, y al siguiente la invitaba a cenar, aunque no se pudiera decir los motivos por los que lo hacía. La experiencia, sin embargo, le había enseñado a ser cuidadosa con Lyall.

– ¿Las otras empresas tienen que cenar contigo como parte del contrato?

– Ninguno de ellos ha cometido el error de tirar sus contratos por la borda -le recordó Lyall-. Tú, por el contrario, quizá necesites aceptar las condiciones si quieres conservarlo.

– ¡Eso es chantaje! -protestó indignada.

– Eso es ser un buen negociante -insistió Lyall, sin importarle lo más mínimo la acusación-. Tú ya has estropeado todo una vez, Jane. Si tienes algo de sentido del negocio, es mejor que me invites a cenar.

– ¿Por qué demonios debería hacerlo?

– Creo que es evidente -dijo Lyall, levantando las cejas sorprendido-. Si yo tuviera que tratar con un cliente cuya decisión afectara a mi empresa, lo haría con mucha delicadeza. ¡Lo que no haría sería tomarme una simple invitación a cenar como si fuera un caso de esclavitud!

– Lo harías si supieras de él tanto como yo se de ti -replicó Jane enfadada, olvidando por completo su decisión de mostrarse tolerante.

Por un momento, pensó que había ido demasiado lejos. La boca de Lyall se endureció, y la expresión de sus ojos hizo que su corazón diera un vuelco, pero al momento se convirtió en una sonrisa amarga y de hastío.

– ¡No me puedo, creer que haya nadie que se arriesgue a perder el contrato dos veces en un mismo día sólo por una cena! Estoy empezando a preguntarme si de verdad quieres ese contrato o no.

– Lo quiero -reconoció Jane, dándose cuenta de la amenaza implícita en sus palabras-. Quiero decir que si es tan importante, iré a cenar contigo.

– He escuchado respuestas más agradables a una invitación a cenar -añadió Lyall, y Jane se sintió aliviada cuando vio que intentaba disimular una sonrisa-. ¿Serás más amable esta noche?

– ¿También está escrito en el contrato que sea amable?

– ¿Crees que debería estar?

– No -contestó Jane con rapidez, antes de meterse en aguas más profundas-. Como será una cena de negocios, estoy segura de que seremos agradables el uno con el otro.

– Eso espero -dijo con una mirada burlona-. Creo que puede ser una manera de darme el trato atento que prometiste en tu carta. Te recogeré a las siete -terminó, abriendo la puerta para que Jane saliera.

Era claramente el fin de la entrevista. Lyall de repente se convirtió en un ejecutivo duro y frío. Jane no sabía si sentirse aliviada o enfadada por el hecho de que le abriera la puerta.

– Ponte algo elegante -fue todo lo que dijo cuando pasó a su lado, y antes de que le diera tiempo a tragarse el orgullo y agradecerle la aceptación del contrato, Lyall había cerrado la puerta y ella se quedó en la oscuridad pensativa.

Por lo menos podría mirar a la cara a Dorothy sabiendo que el contrato era de ellos. Una cena con Lyall no era un precio demasiado alto a cambio. Todo lo que tenía que hacer era intentar que fuera un simple compañero de negocios. Una comida, un vaso de vino, una despedida indiferente… ¿Qué había de malo en ello? Nada… si no fuera Lyall. Jane aparcó la furgoneta y pensó con tristeza que nunca podría tratarlo de la manera tranquila con la que trataba a cualquier otra persona. Su fama estaba bien fundada. Después de su relación desastrosa con Lyall, había decidido no permitir que nadie la hiciera daño, y había enterrado su vulnerabilidad profundamente, escondiéndola tras una barrera de eficiencia que alejaba a los demás. La chica cálida y vibrante que Lyall había enseñado a vivir años antes se había encerrado en sí misma desde entonces. Su familia y amigos se habían alegrado al ver reaparecer a la antigua Jane, a la chica buena y responsable, y durante años se había convencido a sí misma de ser la Jane verdadera. Pero con la vuelta de Lyall, todas las barreras de protección saltaron a la primera sonrisa. Jane se sintió como si caminara sobre hielo, el corazón a punto de salirse del pecho, sabiendo que un movimiento en falso abriría de nuevo el suelo a sus pies. Cenar era lo que menos necesitaba para mantener su serenidad interior.

Tardó mucho en decidir qué ponerse aquella noche. Jane se probó casi todo lo que tenía en el armario, antes de elegir una blusa blanca sin mangas con el cuello bordado, y una falda suave de un color indefinido, entre el rojo y el rosa. Luego se puso un cinturón ancho de cuero y zapatos bajos. No quería provocar innecesariamente a Lyall yendo de cualquier manera, pero tampoco quería que se notara que se había esforzado demasiado.

Jane estaba nerviosa cuando la hora se aproximaba. Era otra encantadora tarde de verano, pero ella no notaba la luz dorada y la esencia embriagadora del jazmín. Se paseó por el jardín, intentando convencerse de que Lyall era otro cliente más, pero cuando el timbre sonó, supo que había estado perdiendo el tiempo. Ningún otro cliente haría que su corazón latiera más deprisa, o que su sangre hirviera en sus venas.

Tomó aliento y respiró profundamente. Ella era la tranquila Janet Makepeace y no, definitivamente no, iba a dejar que Lyall la provocara. Se colocó la falda con las manos, puso una expresión de educada indiferencia y fue a abrir.

Lyall estaba de pie tranquilo, a punto de apretar de nuevo el timbre. Iba con un traje oscuro y una corbata, y resultaba peligrosamente atractivo. Jane tuvo el sentimiento de no haberse fijado bien en él con anterioridad. Todo en él era diferente: las arrugas alrededor de los ojos, las facciones frías de su cara, la excitante línea de su boca… Jane pensó que el corazón iba a salírsele del pecho. Lyall también pareció sorprenderse de la imagen de ella, y por un momento se quedaron mirándose en silencio, como si se encontraran por sorpresa, sin haberlo negociado sólo unas horas antes.

Como siempre, fue Lyall quién se recuperó primero.

– Hola, Jane.

Sólo él era capaz de pronunciar así su nombre. Era un sonido muy sencillo, pero Lyall hacía que vibrara con calor y promesas.

– Hola -acertó a decir casi sin aliento.

– ¿Estás preparada?

– Sí -dándose cuenta de lo ronca que su voz había sonado, se aclaró la garganta. «Frialdad, profesionalidad… ¿recuerdas?», se dijo a sí misma-. Voy a por mi bolso.