Lyall la observó mientras cerraba la puerta y ponía las llaves en el bolso. Cuando terminó, se dio cuenta de la expresión extraña en los ojos de Lyall.
– ¿Pasa algo?
– No -Jane tenía la sensación de que él estaba tan desconcertado como ella-. Sólo estaba… sorprendido.
– ¿Sorprendido? No sé por qué -dijo Jane-. Dejaste bien claro lo que pasaría sí yo… pero entonces hiciste lo posible para conseguir lo que querías, como siempre.
– No siempre -dijo Lyall suavemente, y tomó un mechón del pelo de Jane y lo peinó hacia atrás. Los dedos de Lyall hicieron arder la piel de Jane, y su corazón se contrajo al recordar ese mismo roce mucho tiempo atrás.
El coche que estaba en la verja era elegante y caro, con lujosos asientos de piel. Lyall abrió la puerta para que entrara, y Jane intentó cuidadosamente no rozarse con él al hacerlo.
Era una tarde de verano. Jane podía oler la hierba del seto que rozaba el coche, y la luz dorada del sol caía en sus mejillas a través del techo abierto del coche. Las notas de un piano llenaban el automóvil. Lyall conducía bien, con las manos apoyadas firmemente en el volante, Jane las veía con el rabillo del ojo. Intentaba mirar al paisaje, pero sus ojos estaban fijos en el perfil de Lyall, en la línea del pómulo y la mandíbula, en su boca.
Decidida a demostrarle que era una mujer fría y madura de veintinueve años, y no una adolescente impresionable que una vez había sucumbido a sus caricias, Jane intentó mantener una conversación superficial que se fue haciendo cada vez más tensa. Lyall contestaba con seriedad y con la misma educación, pero su voz tenía un matiz irónico, como si estuviera jugando con ella.
Fue un alivio cuando el coche redujo la velocidad y salió de la carretera, pero su expresión tranquila desapareció cuando vio que Lyall había aparcado en uno de los restaurante más lujosos de la zona.
– ¿Vamos a entrar aquí?
– He reservado una mesa, pero podemos ir a otra parte si quieres.
– Creí que tenías que reservar con varios años de antelación -declaró Jane acusadoramente, y Lyall sonrió de repente.
– ¡Eso depende de quién seas!
Cuando sonreía así, los años se borraban y parecía tener de nuevo veinticinco años, volvía a ser joven, arriesgado, arrogante y seguro del futuro. El corazón de Jane se hizo un nudo. Había sido aquella seguridad lo que más le había atraído. Había sido siempre positivo, seguro de sí, muy diferente de todo el mundo en Penbury, que solían ser cuidadosos y precavidos. La había deslumbrado con su voluntad de arriesgarse, la había envuelto con la certeza de que el mundo fuera de Penbury podía ofrecer éxitos y diversiones a condición de que estuviera preparada para arriesgarse. Sólo al final ella se había quedado y él se había ido, y si él podía conseguir una mesa en aquel restaurante, era obvio que había encontrado lo que había estado buscando.
El propietario del restaurante saludó a Lyall con respetuosa familiaridad y les condujo a una mesa bastante aislada, con una hermosa vista sobre el río.
– Me debías haber dicho que veníamos aquí -susurró Jane a Lyall cuando se sentaron. Jane se había dado cuenta de que las mujeres que estaban allí iban muy bien vestidas y todas parecían mirar a Lyall-. No voy apropiada.
Jane recordó de nuevo el pasado al encontrarse en una situación inesperada, y su expresión se endureció, pero sus ojos brillaban de emoción. Su pelo suave y dorado enmarcaba las líneas elegantes de su cara y relucía con la luz dorada que llegaba la ventana.
– Lo curioso de ti, Jane, es que sin proponértelo, haces parecer a las demás mujeres artificiales -declaró pensativo.
Jane lo miró sorprendida, Lyall miraba el menú. Con la cara ruborizada, abrió el suyo, pero no podía leer nada. De repente, llegó un camarero y colocó una copa de champán delante de ella.
– He creído que la ocasión se merece algo especial -explicó Lyall, y Jane intentó parecer relajada.
– ¿Sí? ¿Qué estamos celebrando exactamente?
– ¿Nuestra unión? -sugirió Lyall.
– Esto no es una unión -le recordó con acritud-. Esta es una cena de negocios.
– ¿Es por eso por lo que estás siendo tan educada? -preguntó con sorna.
– Creí que eso era lo que querías.
– Sólo dije que quería que fueras amable.
– ¡Y estoy siendo amable!
– No, no es verdad. Te estás comportando como si fueras a un cóctel aburrido y tuvieras unas ganas tremendas de que terminara, y créeme, he estado en bastantes cócteles aburridos y sé reconocer ese tipo de charlas superficiales cuando las escucho.
– ¡Muchas gracias! Tú eres el que dijiste que esto iba a ser una cena de negocios, si te acuerdas. ¡Y te estoy tratando como trataría a cualquier otro compañero de trabajo, que es más de lo que puedo decir de ti, aunque invites a todas las personas con las que trates profesionalmente y luego las acuses de estar haciendo un esfuerzo porque hacen lo que tú quieres que hagan porque si no se verán en la maldita calle! -los ojos grises de Jane brillaban de rabia, a continuación tomó su copa de champán de un trago y dejó la copa en la mesa con brusquedad, pero para su rabia, Lyall no pareció molesto por el comentario. Lejos de ello, la miraba divertido.
– ¡Eso está mejor, Jane! Por lo menos así puedo reconocer a la Jane que una vez conocí.
– Parece que no me reconoces -apuntó Jane con impotencia, furiosa por dejarse provocar tan fácilmente-. Ayer dijimos que nos trataríamos el uno al otro como desconocidos, ¿recuerdas?
– No quería decir eso exactamente. Quería decir que empezáramos de manera que no nos afectara el hecho de haber sido amantes.
– Entiendo -dijo con sarcasmo-. Entonces lo de besarme fue la manera de olvidar el pasado, ¿no?
– No, lo siento, pero fue algo que no pude evitar. Tú insististe en pagarme y yo acepté, eso es todo. ¿Y no fue tan malo, no?
Las mejillas de Jane se ruborizaron, y abrió el menú con estudiada tranquilidad.
– Prefiero que no ocurra de nuevo.
– A muchas personas les hubiera gustado arreglar sus calentadores de manera tan barata.
– ¡Si hubiera sabido que me iba a costar un beso, me habría duchado con agua fría!
– No, Jane. Tú siempre has sido sincera -protestó él furioso-. Mírame a los ojos y dime otra vez, con la mano en el corazón, que no te gustó.
Jane hubiera vendido su alma por ser capaz de hacerlo, pero Lyall había tenido siempre una habilidad increíble para leer en sus ojos. Así que los mantuvo fijos en el menú.
– Tú tenías ventaja porque yo no sabía quién eras, y tú sí.
– ¿Quiere eso decir que hubieras disfrutado del beso si hubieras sabido que era el director de Multiplex?
– ¡No! -dijo con una mirada hostil-. Quiero decir que no hubiera dejado que llegáramos a esa situación… en primer lugar.
– ¿No me hubieras dejado arreglar el calentador?
– ¡Por supuesto que no! -Jane bajó el menú, y miró a Lyall que estaba totalmente relajado, como si estuviera hablando del tiempo-. ¿Por qué lo hiciste?
– ¿Por qué qué?
– ¿Por qué lo arreglaste tú mismo? ¡Podrías haber contratado al fontanero que quisieras con sólo abrir la boca! No teníamos por qué pasar por esa farsa ninguno de los dos… ¿O lo hiciste a propósito para reírte de mí?
– No seas tan melodramática, Jane -dijo Lyall-. No va contigo. Yo no planeé nada. Te llamé ayer por la mañana porque era evidente que habíamos empezado mal con el encuentro en Penbury Manor. Si puedes recordar, no estuviste lo que se dice agradable, y no pensé que me creyeras si te decía quién era. Pero yo ya había tomado la decisión sobre el contrato, y pensé que quizá debería avisarte. Pero no me diste oportunidad de decirte nada. Todo lo que conseguí fue una serie de insultos que iban destinados al pobre de George Smiles. Imaginé que sería peor si volvía a llamar para decirte lo que habías hecho, y decidí que sería mejor decírtelo a la cara.