– ¡No me di cuenta de que quisieras explicarme nada!
– No, la verdad es que estabas tan irritable que era imposible hablar contigo. Intenté decírtelo un poco después, cuando te sugerí que dejáramos el pasado a un lado, pero fue cuando insististe en pagarme por lo del calentador… y me distraje.
¡Se distrajo! ¡Aquél beso había hecho que el mundo diera la vuelta ciento ochenta grados y él se había distraído! Jane miró a la lista de platos sin ver ninguno de ellos. Lo único que veía eran las manos de Lyall sujetando su carta, las mismas manos que habían desabrochado su blusa la noche anterior, las manos que habían acariciado su piel, que habían rodeado sus formas hasta que ella se apretó contra él…
Tragó saliva y se esforzó por concentrarse en el menú. No iba a poder comer nada si seguía pensando en aquel beso. Afortunadamente, el camarero llegó en esos momentos y cuando pidieron la comida y discutieron sobre qué vino pedir, ella ya estaba más tranquila.
– ¿Hay algo más que no me has dicho sobre ti por distracción? -preguntó Jane, cuando el camarero se hubo marchado.
– ¿Hay algo más que quieras saber? -preguntó Lyall, ofreciéndola un plato de canapés exquisitos.
– La única cosa que quiero saber es por qué has vuelto a Penbury -dijo, tomando un canapé.
– Tú sabes por qué -dijo, encogiéndose de hombros-. Multiplex tiene sus oficinas en el centro de Londres, pero queríamos buscar algo fuera. Quería un lugar donde los científicos e investigadores pudieran reunirse a intercambiar ideas, donde pudiéramos dar conferencias, entretener a los clientes o que los trabajadores de la firma se puedan reunir con otros trabajadores de todo el mundo. Aunque el trabajo tenga que ver con aparatos electrónicos, son personas que saben apreciar el encanto de un lugar como Penbury Manor.
– Eso no explica por qué estás aquí -dijo Jane-. Un hombre de tu posición no tiene por qué ir donde no quiere, y cuando te marchaste hace diez años dijiste que nunca volverías. Me pregunto qué te ha hecho cambiar de opinión.
– No ha sido el hecho de querer encontrar mis raíces, si es lo que estás pensando. Corté con el pasado hace mucho tiempo. Estoy interesado en el futuro, no en el pasado.
Su voz era franca, firme, y Jane lo miró con curiosidad. Y de repente, pensó que sabía muy poco sobre él. Sabía que su madre había muerto, había sido una de las pocas cosas que tenían en común, pero nunca había conocido a su padre. Joe Harding tenía fama de haber sido un hombre reservado y taciturno, pero Lyall nunca había hablado de él, y Jane siempre había estado demasiado metida en su mundo como para preguntar. En esos momentos le gustaría haberlo hecho, pero había una mirada en los ojos de Lyall que la detuvo, como si fuera un terreno prohibido.
– Así que… ¿por qué Penbury ahora? -preguntó, queriendo mantener el tono lo más ligero posible.
Lyall tenía un tenedor en las manos y jugaba con él con expresión ausente, como si pensara en el pasado.
– Ha sido una decisión puramente profesional -dijo, dejando el tenedor-. Una vez que me dieron el proyecto, di los detalles a Dennis. El vino a ver una serie de casas posibles, y Penbury Manor parecía la más adecuada -tomó la botella de vino y llenó la copa de Jane-. Yo no había pensado en Penbury Manor, y habría insistido en que Dennis encontrara otro sitio, pero siempre trato de separar los sentimientos del trabajo, y fue elegido por razones económicas.
– No tenías por qué haber venido -repitió Jane-. Podías haber dejado que Dennis se encargara de la restauración.
– Sí, podía haberlo hecho, pero como dije en la reunión hoy, me gusta revisar todos los aspectos de las actividades de la firma. Es inútil sentarse en un despacho a tomar decisiones cuando no sabes exactamente lo que está pasando, y sobre todo porque quiero que este lugar sea una base importante para un mayor mercado, o para un proyecto de investigación a gran escala. Cualquier contratista que trabaje conmigo, y eso te incluye, Jane, tiene que tomarse este trabajo en serio, porque no estaré satisfecho con algo que no sea lo mejor.
– ¿Y has venido tú para conocernos?
– En parte. También tenía curiosidad, tengo que admitirlo. Me fui a Londres cuando dejé Penbury, y luego a los Estados Unidos. Allí fue donde entré en contacto con la industria electrónica. Los siguientes años estuve demasiado ocupado formando la empresa, como para perder tiempo en rememorar el pasado. Nunca pensé que volvería, y me sorprendió cuando vi el nombre en la lista de Dennis. Si alguien me lo hubiera preguntado antes, habría dicho que no quería volver, pero comencé a recordar cosas que creí olvidadas. De repente, me vinieron a la mente las tardes en que iba a pescar al río Pen, o las mañanas de invierno en las que subía con las ovejas a las montañas, o el bosque detrás de la mansión-, hizo una pausa y levantó los ojos de la copa para mirar a Jane, sentada derecha en su silla con los ojos grises atentos-. Y te recordé -añadió suavemente-. Me acordé de cosas extrañas sobre ti, como por ejemplo, cómo solías volver la cabeza y cómo el sol caía en tu piel tamizado por las hojas en el bosque.
Los recuerdos hicieron mella en la piel de Jane. Casi pudo sentir el calor de la luz, y oler las hojas secas bajo los pies mientras esperaba en el bosque, y su corazón empezó a palpitar como lo hacía cuando Lyall se acercaba a ella.
– ¿Recuerdas cómo me rompiste el corazón? -preguntó Jane indecisa, pero Lyall sólo negó con la cabeza.
– Te lo rompiste tú misma. No tuvo nada que ver conmigo.
– No, no tuvo nada que ver contigo -declaró con amargura-. Tú simplemente te marchaste, y nunca volviste.
– Sí volví -exclamó.
– ¿Volviste? ¿Cuándo?
– Unos meses después. Mi padre murió de repente y volví para arreglar las cosas y vender la granja. Había pensado las cosas y pensé que tú también habrías pensado, así que fui a Penbury para verte y tratar de explicarte, pero tu padre me dijo que te habías marchado fuera a estudiar jardinería, y que no querías volver a verme -se encogió de hombros-. Me imagino que podía haber convencido a tu padre, pero tú me habrías dicho más o menos lo mismo. Así que pensé que era mejor que siguiéramos cada uno nuestra vida.
– No me dijo nada -declaró Jane, mirándose las manos y pensando en todos aquellos días en los que había pensado que Lyall no había hecho ningún esfuerzo por hablar con ella. Cuando miró a Lyall, sus ojos estaban muy oscuros-. Tenía que habérmelo dicho.
El sentimiento de oportunidades perdidas impregnó la atmósfera entre ellos mientras se miraron a los ojos, y sólo se rompió la tensión con la llegada del camarero llevando los platos. Jane no tenía hambre, pero se quedó tan aliviada con la interrupción, que tomó su cuchillo y su tenedor rápidamente, intentando mostrarse alegre con la llegada de los platos. Pero, en el fondo, seguía pensando en que su padre no la había dicho lo que más le hubiera gustado escuchar.
– Tú padre lo haría probablemente con la mejor intención. Yo no le gustaba más de lo que él me gustaba a mí, y me imagino que intentaba protegerte. ¿Y quién no nos dice que fuera lo más acertado?
– No estoy diciendo eso -replicó Jane, alzando la barbilla. ¡Lo que menos quería es que Lyall pensara que ella lo sentía!-. Creo que los dos pensamos que ha sido para bien.
Los ojos azules la miraron con ironía.
– ¿De verdad?
– Por supuesto -dijo, complacida de la frialdad y serenidad que había conseguido demostrar-. Hubiera sido un error terrible si me hubiera ido contigo. Tú nunca habrías ido a los Estados Unidos ni habrías tenido tanto éxito en Multiplex, y yo no hubiera hecho lo que quería hacer.
– Tú no estás haciendo lo que quieres -señaló Lyall con franqueza-. Tú querías dedicarte a la jardinería, y en lugar de ello estás ocupándote de una empresa.
– Estoy viviendo de la manera que quiero -dijo Jane con una mirada fría.