– ¿Sí? ¿O estás viviendo de la manera en que tu padre quería? Él quería que te quedaras en Penbury y dirigieras la empresa.
– Por muy extraño que te parezca, me gustaba vivir en Penbury -dijo-. Me gusta tener raíces, me gusta tener un jardín y tener amigos cerca. No tendría ninguna de esas cosas si me hubiera ido contigo. Tú siempre habrías querido cambiarte, ir a otro lugar, intentar algo nuevo, y después de un tiempo, también habrías querido una chica nueva. Los compromisos nunca te gustaron.
– Me he comprometido con Multiplex. No puedes pedirme un compromiso más grande.
– Me refiero a algo personal -dijo Jane, jugando con un trozo de salmón ahumado.
– Tampoco me parece que tú te comprometas con nada especialmente -dijo Lyall con una voz cortante-. Si tanto lo necesitas, ¿por qué no te casas con tu abogado? Por la manera en que te miraba la otra noche en el pub, lo conseguirías inmediatamente.
– Probablemente -dijo con desafío.
– ¿O es que tú no te atreves? Y él tiene que esperar hasta que te decidas.
– El matrimonio es un gran paso. Es inteligente esperar hasta que estés segura.
– Tú lo llamas inteligencia, yo lo llamo cobardía. Tú lo amas o no lo amas, si lo amas te lanzas y te casas en lugar de esperar a ver si viene alguien mejor.
– ¿Por qué de repente eres tan aficionado al matrimonio? -preguntó Jane, suspicaz-. Tú no piensas así, ¿no?
– Yo sólo quiero que hagas lo que predicas, pero nunca lo haces. Tú hablas mucho de sensatez, pero es una excusa para no comprometerte con nada. Tú no estas es posición de hablarme sobre compromisos, Jane, por lo menos soy sincero con lo que quiero, y eso es más de lo que tú puedes decir.
– ¡Ser sincero con las cosas que quieres es otra manera de admitir que eres un egoísta!
– Quizá -admitió Lyall inesperadamente-. El éxito de Multiplex significa para mí que puedo ir a donde quiero, cuando quiero, no estoy preparado para aceptar otra cosa. Cualquier mujer que quiera estar conmigo tiene que aceptarlo. No ofrezco matrimonio, yo la ofreceré un tiempo maravilloso mientras estemos juntos. ¡Creo que es más sincero que ser sensato, y más divertido! ¿Te diviertes mucho con tu abogado?
No mucho. Alan era un buen hombre, un hombre amable, pero no era muy divertido. No la hacía reír de la manera que Lyall solía hacer. No hacía que su corazón palpitara sólo por entrar en una habitación, no la enfadaba ni la ponía furiosa y el mundo no parecía tan brillante ni lleno de posibilidades cuando él estaba cerca. Pero estaba a salvo, se recordó Jane con desesperación. Se podía confiar en él. Nunca rompería su corazón de la manera que Lyall lo había hecho.
Y nunca lo amaría de la manera en que había amado a Lyall.
– A veces divertirse no es suficiente -aclaró Jane.
Capítulo 5
– Fue divertido, ¿verdad, Jane? -al otro lado de la mesa, los ojos de Lyall estaban completamente azules, y Jane tuvo que hacer un esfuerzo para no dejarse arrastrar por los recuerdos, por los tiempos en que la risa y el amor, y las caricias de sus manos habían sido lo único que importaba. Era fácil recordar todo aquello y olvidar que, al final, todo había sido una ilusión.
Jane apartó los ojos de Lyall y tomó su copa con una mano temblorosa.
– Creía que íbamos a dejar el pasado.
– No es fácil, ¿no?
No, no era fácil. Era bastante difícil.
– Creo que podríamos intentarlo aun así -sugirió Jane-. No hay por qué seguir hablando del pasado.
Lyall se acomodó en la silla y la miró fijamente.
– Muy bien, ¿de qué quieres que hablemos?
La mente de Jane se quedó en blanco. ¿De qué podían hablar que no les condujera directamente al verano que habían compartido?
– Dime cómo empezaste con la compañía -sugirió, después de una pausa larga.
Lyall la miró con ironía, pero para su alivio, pareció feliz de seguir lo que ella marcaba, y contarle cómo en diez años había convertido una pequeña fábrica de material electrónico, en una multinacional que fabricaba desde material para comunicaciones vía satélite, hasta lo último en medicina, pasando por las herramientas sencillas que hacían la vida más cómoda y sencilla para un ama de casa.
– Nuestro interés está enfocado en América y Europa -terminó-, pero tenemos sucursales por todo el mundo, y en estos momentos estoy intentando tratar con los japoneses para consolidar nuestra posición en el este.
Era una historia sorprendente, pero Jane no iba a expresar sus sentimientos. Al parecer, Lyall había andado un largo camino desde que había dejado Penbury.
– Parece que te dedicas todo el tiempo a viajar -comentó con una voz indiferente-. ¿Tienes un hogar?
– Tengo varios -dijo con ironía-. No me gustan los hoteles, así que Multiplex posee una serie de apartamentos por todo el mundo que utilizo cuando viajo.
– Tener un apartamento no es lo mismo que tener un hogar.
– La idea de hogar no me interesa mucho. Tuve una casa los primeros diecisiete años de mi vida y nunca me acuerdo de ella. Creo que la mayor parte del tiempo la paso en el apartamento de Londres, pero la verdad es que es donde voy a dormir. No quiero estar atado a un lugar más de lo que puedo estar atado a una persona.
– En ese caso, me sorprende que quieras tener un apartamento en Penbury Manor -exclamó Jane, preguntándose qué diferencia habría con la granja donde había crecido. Jane deseó en esos momentos saber algo más de su familia, deseó haber preguntado.
– Tengo que estar en algún lugar cuando venga -apuntó-. Y no hay por qué comprar otra propiedad que sólo usaría cuando viniera a visitar la mansión.
– Me imagino que no -el dedo de Jane se deslizó por el borde de la copa.
– Pareces muy triste, Jane -dijo Lyall, y ella dio un suspiro profundo.
– Sólo estaba pensando en Penbury Manor y cómo va a cambiar. ¡Si fuera mía no lo convertiría en un centro de conferencias!
– Me imagino que echarías a todo el mundo y pasarías todo el tiempo en el jardín -dijo de manera cortante. Jane se rió de forma extraña.
– Me imagino que sería un gasto enorme -admitió con un suspiro-. Lo que una casa necesita en realidad, es una familia que viva en ella -Jane habló sin pensar realmente en lo que decía, pero cuando alzó la vista y miró a Lyall, vio que la observaba de una manera que, sin saber por qué, la hizo ruborizarse.
– No tengo una familia, pero te gustará saber que he pensado algo para el jardín de rosas.
Jane lo miró fijamente, todavía con las mejillas rojas.
– ¿El jardín de rosas?
– El jardín de rosas que tanto te preocupaba el primer día que nos vimos -explicó con paciencia-. Tú estabas furiosa con la idea de que se construyera un laboratorio, ¿te acuerdas?
– ¿Y qué has pensado?
– Si no hubieras salido de la reunión esta mañana, habrías oído que voy a construir el laboratorio en otro sitio, y el jardín se quedará igual.
– ¿Vas a conservar el jardín? -preguntó con incredulidad.
– No pareces muy complacida -se quejó Lyall-. Creí que estarías encantada.
– Estoy… sorprendida, eso es todo. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?
– Creo que no era el lugar adecuado -explicó brevemente, pero la manera en que la miró a los ojos le hizo pensar que lo había hecho para complacerla.
– Gracias -dijo Jane.
Hubo una pausa tensa y se miraron sonrientes, hasta que la sonrisa fue desapareciendo de sus labios. Jane sentía como si estuvieran aislados en un círculo de silencio, separados de todo el ruido del restaurante. Quería mirar a otra parte, pero no podía. No podía moverse, no podía hablar, no podía recordar lo mucho que la había hecho sufrir. Lo único que podía hacer era mirar a sus ojos azul oscuro y recordar lo que había sentido cuando la había besado.