Una vez que se dejó arrastrar por el recuerdo, fue imposible olvidarlo. Sin saber cómo, Jane siguió charlando durante la comida, pero después no podía recordar nada de lo que habían hablado. Estaba demasiado atenta a la presencia de Lyall, de sus dedos jugando con la copa, de su boca; de cómo su corazón palpitaba, y de la conversación educada que se cortaba cuando sus ojos se encontraban.
Las rosas no significaban nada para Lyall. ¿Cuántas veces la había acusado de tratar a las plantas mejor que a los humanos?
– Te gustan las plantas porque con ellas sabes en qué posición estás -solía decir-. No pueden levantarse y caminar porque están pegadas al suelo, como a ti te gustaría estar.
¿Había cambiado el jardín de rosas por ella, o lo había hecho en realidad porque era un lugar inadecuado para el laboratorio? Jane se sintió confusa, desconcertada. Quería convencerse a sí misma de que no importaba, pero siempre que lo pensaba y miraba la boca de Lyall su corazón daba un vuelco.
Terminaron de comer y volvieron caminando hacia el coche. Era una noche cálida de verano, y el cielo tenía un color azul profundo, sin ser todavía oscuro. Las luces del restaurante se reflejaban en el río, y de las ventanas abiertas salía un murmullo de voces y risas. Jane sentía con angustia la presencia de Lyall a su lado. La camisa blanca que llevaba contrastaba con la chaqueta negra, y esa luz parecía darle solidez. Lo miró de reojo y tuvo de repente una necesidad terrible de tocarlo, de sentir la fuerza de los músculos que la chaqueta tapaba, de acariciar la piel suave que tan bien recordaba.
Jane se abrazó a sí misma para mitigar la fuerza de su deseo, como si tuviera miedo de que sus manos fueran capaces de moverse por sí solas. No podía evitar pensar la última vez que habían hecho el amor en el bosque. El cuerpo de Lyall era fuerte y cálido. Y ella se había dejado envolver por él, amando la sensación de tenerlo, su sabor mientras exploraba su cuerpo con manos seguras.
El recuerdo hizo estremecer a Jane y Lyall se dio cuenta.
– ¿Tienes frío?
– Un poco -era una buena excusa, a pesar del calor de la noche y el fuego que sentía en su interior.
Volvieron hacia Penbury en silencio. Jane entrelazó las manos y las colocó en el regazo. Buscó impacientemente algo qué decir, pero su mente rechazó funcionar como ella ordenaba, y seguía recordando la boca de Lyall, el calor de sus besos y la dureza de su cuerpo. Miró a Lyall, era imposible adivinar lo que estaba pensando. Su cara tenía una expresión preocupada, y aunque intentaba concentrarse en la carretera, continuamente la miraba.
Jane nunca se había sentido tan aliviada de ver la señal de Penbury. Lyall paró el coche, y un segundo después Jane salió hacia la verja, dándose la vuelta y mirando a Lyall una vez que la hubo cerrado.
– Gracias por la comida -dijo, dándose cuenta de que su voz había sonado demasiado alta.
– Me alegro de que te haya gustado -dijo Lyall, intentando contestar con la misma formalidad. Era difícil leer la expresión de su cara en la oscuridad, aunque estaban muy cerca, pero Jane estaba casi segura de escuchar un matiz peligrosamente burlón en su voz.
– Bueno… buenas noches -acertó Jane a decir, y dio un paso retrocediendo, pero Lyall la agarró por la cintura con una mano. Con la otra la acarició la cara.
– Buenas noches, Jane -dijo suavemente, e inclinó la cabeza para aprisionar los labios de ella con los suyos.
Su beso fue cálido, seductor y demasiado persuasivo como para seguir resistiendo, y Jane se apretó contra él por un segundo antes de que su mente la hiciera reaccionar, y empujara a Lyall, apartándose de la sensación placentera.
Lyall la dejó apartarse suavemente. Las manos de Jane temblaron dentro de su bolso mientras buscaba las llaves. «Tranquila. No dejes que se entere lo que has estado pensando todo el camino de vuelta a casa. No dejes que se dé cuenta lo mucho que deseas que te abrace».
– ¿Vas a besar a todos los contratistas después de llevarlos a cenar? -preguntó tan tranquila como pudo.
La sonrisa de Lyall brilló en la oscuridad.
– No, a menos que tengan una piel suave como la seda y los ojos grises más claros del mundo -dijo, y se volvió despacio hacia su coche-. Buenas noches, Jane -le dijo de nuevo, hablándole apoyado en su coche-. Nos volveremos a ver.
Querida Jane:
¡Buenas noticias! Carmelita y yo nos hemos casado la semana pasada. Sé que te alegrará. Todo es perfecto aquí, ¿pero podrías mandarme más dinero? ¡La vida de casados es bastante cara!
Con cariño: Kit.
Jane leyó la postal por quinta vez antes de dejarla en la mesa con un suspiro. ¡Su hermano pequeño casado! Ella tenía once años cuando su madre murió, Kit tenía seis años menos, y ella había cumplido el papel de madre para él. Había hecho su cama, preparado su desayuno, limpiado su ropa. Más tarde, Kit siempre la buscaba cuando estaba mal de dinero, o quería que lo llevaran a algún sitio por la noche. Era encantador sin proponérselo, y buscaba continuamente sensaciones nuevas, de manera que alguna vez le había recordado a Lyall; y había sido comprensiva con las chicas que solían llamar a su puerta preguntando por qué Kit había desaparecido sin despedirse.
En esos momentos parecía que Kit había sentado la cabeza por fin, como su padre había querido siempre. Kit había mencionado a Carmelita un par de veces en otras postales, pero no había dado señales de que la relación fuera más en serio que otras.
Jane no podía sentirse dolida, pensaba mientras conducía hacia Penbury Manor para ver los progresos en el trabajo. Era típico de él que no le hubiera escrito contándole anticipadamente que se iba a casar, y que le escribiera después, aprovechando para pedirle dinero. Kit creía que Makepeace and Son eran su banco personal, y nunca intentó saber de dónde salía el dinero. Jane había intentado explicar algunas cosas sobre préstamos, créditos y otros problemas, cuando volvían del funeral de su padre, pero no había hecho ningún caso. Kit sabía que podía confiar en su hermana mayor. Ella nunca lo había abandonado.
Así que tendría que buscar algo de dinero, pensó Jane, ciega por una vez a la belleza del paisaje. Su padre le habría dado algo por haberse casado. Quizá podría obtener un préstamo, ya que tenía el contrato de Penbury Manor. Llevaban trabajando tres semanas y no les pagarían hasta mucho más tarde.
Aparcó la furgoneta y todo el problema se desvaneció al ver el coche de Lyall aparcado. A su lado estaba el coche elegante de Dimity.
El corazón de Jane comenzó a latir con violencia y tuvo que tomar aliento antes de salir de la furgoneta. No había vuelto a ver a Lyall desde la noche en que habían ido a cenar. Así que tenía que estar contenta, claro, pero le había molestado haber estado buscándolo por las calles, sin saber nunca cuándo podía aparecer. No es que quisiera verlo, ¡claro que no!, pero era menos inquietante si lo veía cuando esperaba. Además, era típico de Lyall besarla y a continuación desaparecer, dejándola en la duda de si había sido en realidad una cena de negocios. También era típico de él reaparecer justo cuando ella se había relajado porque él parecía haberse marchado.
Jane pisó el camino de grava pensando en que por lo menos su coche la había avisado de su presencia. Tendría oportunidad de mostrarle lo indiferente que le había dejado aquel beso de buenas noches. ¡Si supiera que había estado las tres semanas siguientes esperando que la llamara…!
Vio a Lyall y a Dimity nada más entrar en el vestíbulo. Estaban juntos sentados cerca de la biblioteca, mirando libros de telas, tan concentrados que no se dieron cuenta de la presencia de Jane. Dimity se tocaba el pelo y se reía, y Lyall la miraba sonriente.
El corazón de Jane sintió un frío repentino. Dándose la vuelta, se dirigió a la planta de arriba para buscar a Ray, que estaba trabajando como capataz en la obra. ¿Qué pasaba si Lyall sonreía a otras chicas? A ella no le importaba. La había llevado a cenar y se lo había pasado bien, pero estaba claro que también se entretenía con Dimity durante su estancia.