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Muy bien, así se apartaría de ella.

Jane encontró a Ryan en el baño que Lyall quería arreglar temporalmente hasta que la casa estuviera terminada. Estuvieron discutiendo un rato si cambiar las tuberías o arreglar las viejas.

– Será mejor que preguntemos al señor Harding -dijo Jane, mirando pensativamente las tuberías. Había esperado salir sin tener que hablar con Lyall.

– ¿Preguntarme el qué?

Jane y Ray se volvieron y vieron a Lyall apoyado en la entrada. Iba vestido de manera informaclass="underline" chaqueta de lino, y unos cómodos pantalones donde tenía las manos metidas. Jane se alegró de haberlo visto hacia un rato, porque en esos momentos lo miró con fría indiferencia, o por lo menos eso intentó.

– Nos estábamos preguntando qué querrías hacer con toda la fontanería -explicó Jane.

– ¿Cuál es el problema? -preguntó mirando a Ray. Aquél le contestó y Lyall escuchó atentamente-. Tú eres el experto -le dijo-. ¿Qué me recomiendas?

– Yo lo quitaría todo -dijo Ray sin vacilar.

– Pues decisión tomada. No hace falta que me preguntes.

– Has cambiado de opinión, ¿no? -dijo Jane con una mirada agria-. Creí que querías intervenir en todas las decisiones de la restauración.

– Eso no quiere decir que tengas que preguntarme todos los detalles. Sólo quiero saber lo que se va haciendo -dijo mientras caminaba con Jane por el pasillo-. ¿Qué te parece si comemos juntos?

– Estoy ocupada -dijo sin pararse.

Lyall suspiró profundamente, pero habló con un matiz divertido.

– ¿No has oído hablar de lo que es ser un relaciones públicas? Pensaba que, como era tu cliente más importante, ibas a ser amable conmigo.

– He sido amable contigo, hasta hemos salido a cenar juntos.

– Eso fue hace mucho tiempo.

– ¿Y qué? ¡No se dice en el contrato nada de un servicio continuo de acompañante!

– No, pero creía que habías entendido el principio de no ser descortés con tu cliente si podías evitarlo -contestó tranquilamente.

Jane se paró bruscamente con los ojos brillantes por la rabia.

– ¿Me estás diciendo que la renovación del contrato depende de si estoy sometida a tu voluntad?

– No, Jane. Sólo es una manera de sugerirte que discutamos sobre cómo va el trabajo comiendo, como dos personas civilizadas.

– ¿Otra de tus comidas de negocios? -preguntó Jane con acritud.

– ¿Por qué no?

– ¡Me prometiste que la cena de hace tres semanas iba a ser únicamente profesional, y mira lo que pasó!

– Cenamos y luego te llevé a casa. ¿Hubieras preferido tomar un taxi? -contestó con un brillo en los ojos.

– Habría preferido que no me hubieras besado -dijo Jane con una mirada glacial.

– ¿Si prometo no volver a besarte comerás conmigo? -continuó Lyall, evidentemente más divertido que perturbado por la hostilidad de Jane. Sus labios esbozaron aquella sonrisa que siempre usaba para obtener lo que quería. Hubo un tiempo en que la resistencia de Jane a las ideas más absurdas de Lyall había sucumbido a esa sonrisa, pero en esos momentos no soportaba esa seguridad. Le recordó demasiado a Kit, cuyo anuncio de boda la había dolido más de lo que estaba dispuesta a admitir. Estaba cansada de hombres, los hombres que daban por supuesto que conseguirían cualquier cosa de ella por una simple sonrisa.

– Tengo muchas cosas que hacer -terminó Jane, empezando a subir las escaleras que llevaban al piso superior-. Si quieres saber cómo van las cosas, te sugiero que leas el artículo que te mando a tu despacho semanalmente. No hace falta una comida para decirte que todo va según lo planeado.

– Bueno, sólo era una idea -dijo Lyall con voz indiferente-. Pero si estás tan ocupada, por lo menos podrías darme algún consejo profesional.

Jane se paró en el primer escalón.

– ¿Sobre qué? -preguntó con suspicacia.

– Dimity quiere empezar a pensar ya en la decoración. Estaría bien que tú pudieras venir también, para pensar en cosas que sean posibles.

– Eso es trabajo del arquitecto -dijo Jane.

– Lo sé, pero acabo de recibir un mensaje de Michael White de que no podía venir. Y era demasiado tarde para hacer que Dimity no viniera, así que Michael sugirió que nos dijeras qué era fácil de hacer y qué no lo era. Por eso quería hablar contigo.

– Ah -dijo, ¿por qué no se lo había dicho antes de nada? Estuvo tentada de rechazar… Lyall era capaz de proyectar cosas imposibles, aun así, pero le pareció que no podía negarse de nuevo-. De acuerdo. Iré al tejado a ver si los hombres necesitan algo, y luego bajaré a verlo.

– No tardes mucho -sugirió Lyall, con una inconfundible nota de aviso bajo su buen humor. Jane podía entretenerse deliberadamente con los trabajadores, pero no podía arriesgarse de nuevo a perder el contrato, así que enseguida bajó.

Los encontró en una de las salas. Dimity estaba guapísima, llevaba una falda de flores y una camiseta de encaje que hubiera quedado ridícula en otra persona. A su lado, Jane se sentía torpe y fea, con sus pantalones de rayas y la camiseta azul oscura recatada que solía llevar en las visitas de trabajo.

Dimity no se puso muy contenta cuando supo que Jane iba a acompañarlos, pero sonrió cuando Lyall explicó el motivo.

– Sería maravilloso ser tan práctica -replicó Dimity-. Yo lo siento, pero no sirvo para eso. Una vez que tengo una idea de cómo va a ser, se me olvidan cosas como las tuberías o los puntos de luz.

Una vez que hubo reducido a Jane a la categoría de fontanera, Dimity sonrió dulcemente y miró a Lyall para dirigirse al ala oeste de la mansión. Jane los siguió por toda la casa, mientras Dimity daba exclamaciones de horror al examinar las habitaciones húmedas y descuidadas.

– ¿Puedes sentir los fantasmas? -gritó a Lyall-. Estoy muy excitada con el proyecto de convertir ese maravilloso y viejo lugar en algo vivo -miró a Jane bajo sus pestañas increíblemente largas, mientras Jane pensaba lo tranquila y serena que era la mansión cuando la señorita Partridge vivía allí-. Jane es increíble, ¿verdad, Lyall? -dijo cínicamente-. Me gustaría ser tan fría como ella.

Lyall había estado observando también a Jane, con una expresión inescrutable.

– Increíble, sí -admitió.

Jane metió las manos en los bolsillos y levantó la barbilla. Evidentemente pensaban que era una persona práctica y nada creativa como para apreciar la belleza o el romanticismo. ¡Así la veían ellos, pero no era así!

– Me imagino esto en una armonía de azules y verdes -decía Dimity con entusiasmo, abriendo una puerta que conducía a lo que se había llamado Habitación Roja debido al papel de la pared, ahora estropeado y desteñido.

– ¿Qué ves, Jane? -preguntó Lyall, divirtiéndose con el contraste de las dos mujeres.

– Manchas de humedad, un radiador roto y un suelo de madera podrido. Será mejor que eliminemos todo eso antes de comenzar con la armonía.

Dimity pareció complacida de que se confirmara lo poco romántica y práctica que Jane era.

– Creía que sabías más de jardines que de edificios.

– Así es, pero no hace falta ser un genio para saber lo que hay que hacer aquí. Es tan evidente que pensé que se le podía ocurrir incluso a Dimity -sabía que estaba siendo grosera, pero no le importó. No sabía por qué iba a tener que darles diversión gratis a ambos.

Dimity miró hacia atrás, y se puso seria al descubrir que Lyall no la seguía, que por el contrario, se había quedado hablando con Jane.

– Creo que podríamos hacer aquí un baño añadido -dijo con firmeza, para reclamar la atención de Lyall-. También en azules y verdes, por su puesto… y un tema marino.

– Hummm -Lyall no pareció muy convencido. Arqueó una ceja y miró a Jane-. ¿Qué opinas?