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El edificio tenía una fachada impresionante y un aire de grandeza que siempre había intimidado a Jane. Así que se alegró cuando Alan la condujo a uno de los restaurantes que había en el edificio, uno informal de estilo francés.

– Tenemos que hacer esto más a menudo -dijo Alan, cuando tomaron asiento-. Ahora que sé que puedes descansar un rato al mediodía, puedo verte sin tener que ir hasta Penbury.

El corazón de Jane dio un vuelco. Le gustaba Alan, pero no estaba muy segura de lo que sentía, y no quería animarlo sólo porque Lyall la ponía nerviosa.

– Hoy es una excepción -le recordó con firmeza.

– En ese caso, intentaré ser una buena compañía -dijo Alan, con una elaborada galantería pasada de moda, pero típica de él. Ser una buena compañía significó comenzar a explicarle una serie de detalles sobre un problema de contabilidad de su compañía, de manera que Jane se puso a mirar distraídamente hacia las demás personas que había allí, asintiendo de vez en cuando con la cabeza.

Había mucha gente entre las plantas enormes que adornaban el lugar. Jane reconoció a algunas personas, y se estaba preguntando si aquel podía ser Billy Tate, el chico más travieso del colegio, vestido en esos momentos con traje y corbata, cuando sus ojos descubrieron una mirada azul.

¿Qué estaba Lyall haciendo allí?

Se miraron un rato largo de un lado a otro de la sala, y luego Lyall miró deliberadamente hacia otro sitio. Jane se sintió como si la hubieran golpeado. Dejó la copa en la mesa y se le cayó parte del vino, y Alan, que ni siquiera había notado que ella no lo estaba escuchando, limpió el mantel con su servilleta y siguió hablando como si no hubiera pasado nada.

¿Por qué no habían ido al pub como ella quería? Jane trató de concentrarse en lo que Alan decía, pero no podía apartar la idea de que Lyall estaba allí. Sentía los ojos de él en ella, pero cada vez que miraba lo veía hablando con Dimity como si se estuvieran divirtiendo mucho. ¿Eran imaginaciones el matiz que creyó ver en los ojos azules?

Para demostrar que no le importaba lo más mínimo si Lyall estaba o no celoso, Jane esbozó una sonrisa ancha a Alan, y rezó por que Lyall viera lo bien que se lo estaba pasando con otra persona.

Alan, satisfecho por el interés repentino de Jane en su carrera, intentó llevar la conversación por otros derroteros.

– Nos conocemos hace mucho tiempo, ¿no? ¿No crees que es hora de que nos casemos? Sé que no quieres todavía cambiar tu vida, pero por lo menos podíamos comprometernos. Tú sabes lo que quiero decir.

Jane apartó la mano.

– Tengo que pensarlo.

– ¿Lo pensarás? -la cara de Alan resplandeció, era la promesa más profunda que Jane había hecho-. ¿Me lo prometes?

– No te prometo nada -exclamó Jane con impaciencia. Se sentía fatal. ¡Lo que menos le apetecía era que Alan se ilusionase!

– Ya lo sé -contestó, tomándola de la mano de nuevo-. Pero por lo menos vas a pensarlo, ¿verdad?

– ¡Hola! -dijo la voz de Dimity, y el corazón de Jane comenzó a palpitar a toda velocidad. Dimity estaba contenta de ver que Jane tenía un compañero, como si con ello Lyall se diera cuenta de que no estaba disponible.

La expresión de Lyall era de burla. Miró a la mesa, donde la mano de Jane reposaba debajo de la de Alan, y luego miró a Alan. No dijo una palabra, pero Alan inmediatamente retiró la mano.

– Hola -dijo con frialdad Jane.

Dimity empezó a decir lo raro que era encontrarse a Jane de nuevo tan pronto.

– No es tan sorprendente -exclamó Jane, crispada-. Starbridge no es un lugar muy grande -a continuación miró a Lyall-. Sin embargo, no esperaba encontrarte aquí, no es de tu clase. ¿No es un poco malo para ti?

– La sorpresa es verte, ¿no te parece? Creía que estabas muy ocupada.

– Nunca estoy demasiado ocupada para ver a Alan -dijo Jane, mirando a Alan que parecía sorprendido ante el comentario. Luego miró a Lyall.

– ¿No nos vas a presentar? -exclamó, aunque debía saber perfectamente quién era Alan.

Jane hizo las presentaciones y sólo Dimity parecía ser sincera en cuanto a lo encantados que estaban todos de conocerse.

– Jane me ha hablado de ti, claro -dijo Alan, dando la mano a Lyall.

– ¿Sí? -replicó provocativamente-. ¿Todo?

– Por supuesto, le he hablado de Multiplex y el trabajo que estamos haciendo en la mansión -dijo con dureza. Ella nunca le había contado a Alan la relación que había mantenido con Lyall. Creía que era algo que no entendería. Miró a los ojos de Lyall, pensando en si se atrevería a decir algo. Pero decir algo a Alan significaría decirlo también a Dimity, y no creía que lo hiciera.

– He creído entender que va a ser un lugar de investigación -dijo Alan, dándose cuenta perfectamente de la tensión que había entre Jane y Lyall-. ¿Te quedarás mucho tiempo?

– No lo sé -contestó Lyall-. Me imagino que Jane te habrá dicho que estoy arreglando un apartamento para poder vivir. Quizá me quede bastante tiempo al año.

Jane lo miró inquieta.

– ¡Dijiste que usarías el apartamento ocasionalmente una vez que el trabajo terminara!

– ¿Lo dije? -contestó sonriente-. Quizá haya cambiado de opinión. Estoy empezando a pensar que me retienen más cosas de lo que en un principio creí -dicho lo cual tomó a Dimity del brazo, les dirigió un adiós seco y salió, dejando sus palabras resonando detrás de él como una amenaza.

– No me ha gustado la manera en que te miraba -dijo Alan a Jane, frunciendo el ceño.

– ¿Qué quieres decir? ¿Cómo me miraba?

– No lo sé… como si le pertenecieras. He tenido la impresión de que no le gustaba la manera en que te tomaba de la mano. ¿No hay nada entre vosotros dos, no es así?

– Por supuesto que no. No lo soporto, y aunque pudiera es bastante evidente que está interesado en esa Dimity Price. ¿Por qué si no está planeando quedarse más tiempo aquí?

– ¿Crees que sale con ella? Creo que es muy guapa y femenina -de repente pareció darse cuenta que estaba elogiando demasiado a la chica, así que tomó la mano de Jane-. ¿Qué importa? Mientras que no esté interesado en ti… ¡Mira qué celoso estoy, cariño!

Jane forzó una sonrisa e intentó escapar de su mano.

– Ahora debo marcharme -explicó, sintiéndose culpable de haberle dado esperanzas. Si no hubiera sido porque Lyall estaba, ella nunca habría dicho que nunca estaba demasiado ocupada para ver a Alan. Si no hubiera sido por Lyall, no habría ido a buscar a Alan para comer; y si no hubiera sido porque Lyall estaba en la mismo lugar comiendo, ella no habría dicho a Alan que iba a pensarse lo de ser novios. ¡Todo era culpa de Lyall!

– Pero, ¿pensarás en lo que hemos hablado? -insistió Alan, todavía con la mano de Jane en la suya-. ¿Pensarás en lo felices que seríamos si estuviéramos casados?

¿Qué podía decir ella? No podía decirle que le había dicho todo eso por Lyall.

– De acuerdo, lo pensaré -terminó diciendo con un suspiro.

Jane siempre cumplía sus promesas. Pensó sobre ello aquella noche en su jardín, en lo que significaría estar casada con Alan. Él cortaría el césped y revisaría el aceite del coche, y se aseguraría de que todas las facturas se pagaran a tiempo… todo lo que Jane era capaz de hacer por sí sola. Sería considerado, cariñoso y se podría confiar en él. Ella nunca tendría que preocuparse por dónde estaría o qué estaría haciendo. Sería un marido ideal, se dijo a sí misma. El problema era que cuando el marido ideal la besara, ella no podría cerrar los ojos para ver un par de ojos azules. En ese momento, descubrió que ni siquiera sabía el color de los ojos de Alan. Sólo sabía que no eran como los de Lyall. Como tampoco era igual su boca ni sus manos, ni ella desfallecía cuando la tomaba en sus brazos.

Cuando volvió a ver a Alan, intentó decirle suavemente que era mejor que siguieran siendo amigos, sin embargo, Alan no lo aceptó. Había pensado que al prometer pensar sobre ello, ella había aceptado la idea, y que lo único que necesitaba para convencerla era comprar un anillo de compromiso. Las protestas de Jane no sirvieron para nada, Alan acarició la mano de Jane y le dijo que sólo necesitaba tiempo para acostumbrarse a la idea. Jane comenzó a angustiarse, era obvio que iba a tener que decirle toda la verdad de manera abierta, pero no se atrevía. No quería herir sus sentimientos ni humillarlo.