Jane paseaba por el bosque de Penbury una tarde, una semana después de la comida en el bar. Alan estaba poniéndose tan pesado que ella había empezado a inventar excusas para no verlo o, como en esos momentos, salía de casa cuando sabía que él podía llamarla. El bosque había sido siempre su refugio. Había sido allí donde había ido cuando Lyall se había marchado, y también cuando su padre murió. También cuando había problemas con la firma o cuando estaba preocupada por Kit. En esos momentos, iba allí y encontraba consuelo entre los viejos y nudosos árboles y la luz suave que se filtraba entre las hojas. Deseaba dejar de sentirse culpable por Alan. Ya tenía bastantes preocupaciones pensando en cómo enviar dinero a Kit. Había recibido otra postal donde le informaba que se podían mudar a un bonito apartamento si tuvieran dinero, y Jane temía que la única manera de poder enviarle algo sería vendiendo la casa, lo cual la deprimía terriblemente. Después de todo, quizá era mejor pensar en Alan.
Llevaba unos días sin llover, pero todavía había algunos charcos de barro en las partes más sombrías, y Jane tenía que andar con cuidado. Siguió paseando con calma tratando de preparar el discurso que convencería a Alan de que no podía casarse con él, pero las excusas se mezclaban con pensamientos sobre Lyalclass="underline" la risa que se reflejaba en sus ojos cuando la miraba, la manera en que la fastidiaba y la hacía salirse de sus casillas, la manera en que perdía el control cuando la besaba. Cuando pensaba en ello sentía en el estómago algo parecido al vértigo.
¿Por qué? ¿Por qué había vuelto? Nada había ido bien desde el día en que se había dado la vuelta en Penbury Manor y lo había visto en medio del jardín, detrás de ella. No lo había vuelto a ver desde aquel día en la comida. Debería estar contenta, pero, por el contrario, le inquietaba no saber si volvería, y se enfadaba pensando que quizá no lo hiciera.
Jane siguió caminando concentrada en sus pensamientos, y sin darse cuenta terminó frente a Penbury Manor. La vieja mansión, tranquila y quieta, parecía resplandecer en el sol del atardecer, exactamente igual que cuando había estado allí con Lyall diez años antes.
Jane miró a su alrededor reconociendo el lugar. ¿Qué la había llevado allí, al lugar que había intentado evitar todos esos años? Aquél había sido su lugar y el de Lyall. La hierba estaba más crecida, pero seguía estando el leño donde se habían sentado planeando dónde irían al dejar Penbury. También estaba el árbol contra el cual la había besado la primera vez que habían hecho el amor. Jane luchó por olvidar los recuerdos que la ahogaban, pero no podía. Casi podía sentir la textura del árbol donde ella se había apoyado desfallecida de deseo, y la cara de Lyall cuando la miraba con esa irresistible sonrisa que la hacía olvidarse de todo.
Era tan real la escena que, cuando Lyall gritó su nombre desde el borde del claro, Jane no se sorprendió de sentir su garganta seca. Casi le pareció natural verlo allí. Los recuerdos la habían dejado confusa y lo único que hizo fue mirarlo con sus ojos enormes y profundos.
En la luz tenue Lyall parecía impresionante, pero su mirada era inescrutable al caminar por el claro hacia ella.
– ¿Llevas mucho tiempo aquí?
– No, no mucho.
La presencia de Lyall dejó atrás los recuerdos. Junto a él era imposible darse cuenta de algo que no fuera él, el momento y el lugar, y de la manera en que la hacía sentirse.
– ¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó Jane, con voz inquieta.
– Simplemente paseando y pensando -se calló y la miro-. ¿Y tú?
– Lo mismo -contestó Jane con tristeza.
– Me parece que no estás tan ocupada como dices estar, Jane. Comidas con Alan, paseos al atardecer en el bosque… ¿Cuándo escribes los informes que me mandas todas las semanas?
– Podría decir lo mismo de ti. ¿No tienes que dirigir una multinacional?
– Mi compañía está bajo control, gracias, Jane.
– Me sorprendes -dijo enojada-. Entendí por tus palabras que tu personal no podía funcionar si no estabas encima de ellos. ¿No estarán enfadados de que estés por aquí? ¡Parece que estás mucho tiempo en Penbury para ser una persona que ha perdido sus raíces!
– Yo también creía que quería olvidar mis raíces -admitió inesperadamente-, pero hay algo que no me deja.
– Me imagino que no será nada que tenga que ver con un par de grandes ojos verdes, ¿verdad? -exclamó Jane, antes de darse cuenta.
Lyall metió las manos en los bolsillos.
– ¿No estarás celosa por casualidad, Jane?
– Por supuesto que no -dijo con frialdad-. ¡Dimity es apropiada para ti! Sólo estoy sorprendida de que te enamores de esas risitas y ese comportamiento afectado y sentimental, eso es todo.
– ¡Me parece bien de una chica que se ha enamorado de un hombre como Alan Good! -contestó Lyall con un matiz seco-. No le describiría como risueño y sentimental, por supuesto, quizá estirado y arrogante, ¿o mejor pedante y pretencioso?
– Alan es muy bueno.
– Entonces, lo admites. ¿Es verdad que vas a casarte con él? -preguntó con brusquedad, como si la pregunta hubiera estallado de su garganta.
– ¿Quién te ha dicho eso?
– Dimity se lo encontró en la inauguración de una exposición. Parece que se reconocieron y estuvieron hablando un rato, y le dijo que estabais planeando la boda.
Ella sabía a qué exposición se refería. Alan la había pedido que fuera, pero no quiso pasar otra tarde discutiendo sobre su relación, y había puesto una excusa. Jane se mordió los labios. ¡Alan no tenía derecho a decir eso a Dimity!
– Y Dimity fue corriendo a decírtelo, ¿no? -preguntó con una mirada cortante, pero Lyall se encogió de hombros.
– ¿Es verdad?
– ¿Por qué te sorprendes tanto? Tú eras el que quería demostrarme que no me casaba porque me daba miedo. Tú eras el que quería que diera el paso.
– Sólo si lo amas.
– ¿Y qué te hace pensar que no es así?
– Porque te observé en la comida el otro día. Estabas aburrida, y no me sorprende. Puedes decirme que te gusta lo amable que es, pero el hombre es un pedante, y lo sabes, Jane. Tú no lo amas. Probablemente desearías amarlo, pero no es así.
– ¡Es así! -mintió.
– No es verdad -repitió Lyall inexorablemente-. Y afirmo además que fuiste aquel día a buscarlo sólo porque yo invité a Dimity a comer.
¡El descaro del hombre era increíble! Jane estaba tan enfadada que ni siquiera pensaba que él tenía razón.
– ¿Tú crees que me importas algo tú o con quién salgas? -preguntó furiosa-. ¡No me hubiera importado que Dimity y tú os hubierais desnudado y os hubierais montado una orgía en medio del Hotel Starbridge!
– Creo que sí, Jane -murmuró Lyall suavemente, y de repente se acercó a ella-. Creo que tú recuerdas el pasado tan bien como yo.
– No -dijo, retrocediendo hasta chocar contra un árbol.
– Sí. Siempre hubo algo entre nosotros, y ahora también lo hay.
– No -insistió, negando desesperadamente con la cabeza-. No hay nada ahora. Nada.
Hubo un silencio sepulcral cuando los ojos grises miraron dentro de los ojos azules. Lyall no la creía, era evidente. Sabía que estaba mintiendo.
– ¿Recuerdas este lugar, Jane? -preguntó de repente.
– No -volvió a mentir, el corazón le latía a toda velocidad.
– Yo sí. Lo recuerdo bien: quedamos aquí y yo llegué tarde, tú estabas debajo de ese árbol, justo donde estás ahora -Jane intentó apartarse, pero él no la dejó-. Tú estabas ahí y me sonreíste.