Lyall intentó decir algo, pero supo que ella no iba a escuchar. Ella no quería discutir con él, sólo quería decirle todo lo que tenía dentro.
– Me imagino que te divierte haber venido y hacer que los recuerdos emerjan. Nunca te has parado a pensar que no quería volver a verte más, que era perfectamente feliz como estaba. ¡Claro! Estabas aburrido y querías divertirte un poco, igual de aburrido que diez años atrás, y pensaste lo divertido que sería engañarme. Ahora estás intentando hacer lo mismo, sólo que ahora tengo diez años más. ¡Ahora no voy a dejar que destroces mi vida como entonces! Eres egoísta, arrogante y un irresponsable, y no quiero nada contigo, así que, deja que continúe mi camino.
La expresión de Lyall era de perplejidad absoluta.
– Muy bien, tengo cosas mejores que hacer que quedarme delante de alguien que me acusa de ser egoísta, y que nunca ha pensado lo que yo sentía hace diez años. Eso es porque nunca estuviste interesada en mí, ¿es eso, Jane? Tú estabas cansada de ser una buena chica y quisiste probar a hacer algo diferente de lo que te decían. Estabas esperando a alguien y aparecí yo por casualidad. Yo era tu prueba de rebeldía, quisiste saber lo que era enamorarse, pero no querías que durara mucho tiempo. Si no me hubieras visto con Judith aquel día, habrías encontrado otra excusa para volver con tu papá. ¡Creía que ese imbécil de Alan Good no te pegaba, pero estáis hechos el uno para el otro! Vete con él y nunca habrá ningún fallo en tu burbuja tranquila, segura y aburrida. No tienes por qué preocuparte, Jane, puedes quedarte con Alan y con Penbury. No quiero volver a veros.
– Muy bien -gritó Jane, después de que Lyall se hubo dado la vuelta para alejarse sin mirar atrás-. Bien -volvió a repetir como para asegurarse, pero se abrazó como si sintiera frío y su voz sonó desolada en el bosque silencioso y vacío.
Cuando Lyall la llamó al día siguiente al despacho, ella no quiso ponerse al teléfono.
– Dice que sólo quiere pedirte perdón -insistió Dorothy, que intentaba disimular su curiosidad.
– No me importa. No quiero hablar con él.
Le había dicho todo lo que tenía que decirle. Había pasado una noche inquieta, pensando en los besos una y otra vez, y el haberse dejado arrastrar y haberle respondido tan apasionadamente la había hecho decidir no volver a verlo. Seguiría mandándole informes sobre el progreso de las obras, pero no había ninguna necesidad de verlo personalmente. Sus hombres estaban haciendo un buen trabajo y era demasiado tarde para que cambiara de opinión y cambiara el contrato. Aunque sí podía de cambiar de opinión en etapas de la obra posteriores, pero aunque tuviera muchos defectos, sabía que Lyall no era vengativo. Lo más probable era que dejara todo a su secretaria y se marchara de Penbury como había dicho.
El pensamiento tendría que haberla alegrado, pero lejos de eso la inquietó. Las palabras de Lyall resonaban en sus oídos. ¿De verdad creía que ella lo había utilizado? La había acusado de ser egoísta, cobarde y aburrida. ¿Era verdad que la veía así? ¿Era así?
Jane no quería responder a eso. Así que se concentró en el trabajo, ordenó la contabilidad hasta la fecha, clasificó los informes metidos en cajones tan llenos que apenas podían cerrarse. El despacho quedó mucho mejor cuando hubo terminado, pero nada cambió. La opinión de Lyall seguía resonando en su cabeza, y lo que era peor, Alan seguía insistiendo. Se presentaba inesperadamente por las tardes en su casa, algo que nunca antes había hecho, y Jane se quedaba en el despacho trabajando hasta tarde para evitarlo. También estaba preocupada por Kit, estaba esperando que le mandara dinero, pero el director del banco le había negado el préstamo, lo cual significaba que tendría que vender pronto la casa. Por todo ello, estaba cansada de los hombres.
Lyall tampoco se lo puso fácil y la llamaba todos los días, y todos los días Jane se negaba ponerse al teléfono.
– ¿Por qué no quieres hablar con él? Parece tan educado al teléfono que no puedo creer que sea el mismo Lyall Harding.
– Pues es el mismo Lyall.
– Era tan mal educado de joven… Pobre chico, no creo que haya sido muy feliz. Conocí a su madre, era una mujer muy guapa, pero no era suficientemente fuerte como para enfrentarse a su padre. Joe Harding era un hombre muy difícil -Dorothy lanzó un suspiro de resignación mientras seguía trabajando-. Creo que amaba a Mary a su manera, pero estaba tan celoso que hizo que su vida fuera un desastre. Solía ser muy tirano con Lyall también, hasta que fue suficientemente mayor como para enfrentarse. No me sorprende que Lyall fuera así. Odiaba no ser capaz de proteger a su madre, y sólo conseguía luchar contra su padre haciendo gamberradas. No todo el mundo lo veía así, claro. Sólo veían que metía en problemas a sus hijos, y enamoraba a sus hijas. Creo que todo el mundo se quedó tranquilo cuando se fue.
Las manos de Dorothy se pararon al recordar el pasado.
– Vi a Mary poco después de que él se hubo marchado. Estaba muy deprimida. Lyall sólo tenía diecisiete años y por su puesto estaba preocupada por él, pero, por otro lado, sabía que si seguía allí habría tenido problemas con el padre. Creo que de alguna manera se fue por ella, y que cuando volvió también lo hizo por ella. Nunca le dijo lo enferma que estaba, y se lo debió decir demasiado tarde. Lyall volvió el día antes de que muriera -Dorothy dio un suspiro y siguió abriendo otro sobre-. Pero me imagino que no hace falta que te diga todo esto, ¿verdad, Jane? Tú debes de saberlo mejor que nadie.
¿Debía saberlo? Jane miró hacia abajo. Ella nunca había sabido los problemas que Lyall tenía en su casa. Nunca supo que él había vuelto para ver a su madre morir. En realidad, nunca había sabido mucho sobre su vida aquel verano. «Nunca te interesaste realmente por mí», había dicho, y estaba en lo cierto. Había estado preocupada siempre por Kit y por su padre, y nunca se había preguntado por los sentimientos de Lyall. Él era mucho mayor que ella, y siempre parecía tan vital, tan fuerte, que nunca se le había ocurrido que pudiera tener algún problema.
– No estoy segura. Él nunca me habló de sus padres. Si odiaba tanto a su padre, ¿por qué se quedó cuando su madre murió?
– Joe estaba muy deprimido cuando Mary murió -recordó Dorothy-. Me imagino que Lyall pensó que tenía que ayudarlo, aunque no creo que fuera la principal razón.
– Entonces, ¿qué fue?
– ¡Tú, claro! -contestó Dorothy mirándola con incredulidad-. No lo conocías de antes, porque él había estado ocho años fuera y había cambiado mucho. Antes estaba con una chica diferente cada semana, pero aquel verano estuvo sólo contigo.
Y con Judith. ¿Y cuántas otras chicas de las que él no le contó nada?
– No había cambiado tanto -dijo, y recordó cómo trataba a Dimity-. Y ahora tampoco.
Jane se fue a su despacho y trató de concentraste en el informe sobre la mansión, pero las palabras de Dorothy no las podía olvidar. Había sido egoísta, como Lyall había dicho. Era cierto, ella era muy joven, pero podía haber hecho un esfuerzo por entender por qué se comportaba de aquella manera. No iba a cambiar la opinión que tenía de él, se aseguró con firmeza, pero si volvía a llamar contestaría, no para decir que lo sentía, ¿por qué iba a tener que disculparse?, pero sólo para demostrar que era capaz de ser una persona civilizada.
Pero Lyall no volvió a llamar, como si hubiera cambiado de opinión. Jane se dijo a sí misma que era lo mejor, pero siempre estaba esperando que Dorothy dijera que Lyall estaba al teléfono. Cada vez que sonaba se sobresaltaba, y si estaba fuera al volver miraba impaciente los mensajes que tenía.