– Gracias por decírmelo -dijo al final-. No lo sabía.
– Imaginaba que no, y pensaba que debías saberlo.
– Sí. También siento haberte juzgado mal a ti, Judith.
– No te preocupes. Ahora todo me va bien. Si lo sientes, díselo a Lyall -añadió, y Jane asintió despacio.
– Lo haré.
Los últimos recepcionistas se preparaban para salir cuando Jane volvió de recoger las chimeneas, el aparcamiento estaba ya vacío. Pidió hablar con Judith y fue en el ascensor hasta el quinto piso.
– Lyall está en una reunión -dijo Judith-. No estoy segura lo que va a tardar, no he podido decirle que estás aquí. ¿Estás segura de que quieres hablar esta noche con él?
– Sí -Jane había estado las últimas horas recordando las cosas que había dicho a Lyall, y era una cuestión vital disculparse lo antes posible. Lo único que pensaba decirle era que lo sentía, luego se marcharía-. No me importa esperar.
– Yo tengo que ir a buscar a Jonathan. ¿Por qué no lo esperas en el despacho? Así te enterarás cuando la reunión termine.
Eran casi las siete cuando Jane escuchó la puerta del despacho de Lyall abrirse. Se oyeron despedidas y promesas de seguir en contacto, y luego la puerta se cerró de nuevo.
Jane se levantó y se acarició el pantalón con las manos. Habría querido llevar puesto algo femenino y bonito, incluso una barra de labios. Llamó a la puerta y empujó.
Lyall estaba sentado escribiendo algo en el ordenador. Tenía la chaqueta colgada en el respaldo de la silla y se había aflojado la cortaba, pero su aspecto seguía siendo autoritario y duro. Jane se quedó sorprendida al ver que llevaba gafas.
– ¿Todavía no te has ido, Judith? -dijo sin mirar.
– No soy Judith, soy yo.
Cuando oyó su voz, Lyall alzó la vista y vio a la muchacha en la entrada moviéndose inquieta. Lyall se quitó las gafas y se puso de pie despacio.
– ¿Jane? -acertó a decir, como si no se lo creyera.
– Sí -Jane no parecía ser capaz de decir nada más.
Se le había olvidado todo lo que había preparado durante las dos últimas horas.
– ¿Trajiste las chimeneas?
– Sí -volvió a decir.
– Entonces, ¿qué estás haciendo aquí?
– He venido a disculparme por todo lo que te dije la última vez que nos vimos. Judith me ha contado todo lo que pasó aquel verano.
– ¡Le dije que no lo hiciera! -Lyall se volvió hacia la ventana y se metió las manos en los bolsillos con brusquedad.
– ¿Por qué?
– Porque creo que no vale la pena. Tú has demostrado que no quieres nada conmigo, y sé que para Judith es muy duro hablar de aquella etapa de su vida.
– Me alegro de que me lo haya contado. Desearía haberla encontrado antes. Desearía haber dejado que te explicaras hace diez años. Desearía… -se interrumpió sin saber si seguir o no, sin saber si Lyall estaba o no escuchando-. No importa. Sólo quería decirte que lo sentía, y que me equivocaba al decirte que nunca te preocupabas por nadie más. Es evidente que has cuidado de Judith, pero yo fui demasiado ignorante para ver en ello únicamente una amistad.
Lyall seguía sin moverse, de espaldas a ella.
– Eso es todo. Y ahora, adiós.
– ¿Dónde vas? -preguntó Lyall.
– Hacia Penbury.
– ¿Ahora? -tenía una expresión seria y su voz sonaba enojada.
– ¿Por qué no?
– Porque estás agotada.
Lyall pasó del silencio absoluto a la actividad frenética: se puso la chaqueta, apagó el ordenador, tomó algunos informes y los metió en su maletín. Jane lo observaba con expresión confundida.
– Estoy bien -aunque no tenía ganas de volver a Penbury.
– No estás bien. Llevas todo el día conduciendo y ahora no vas a volver otra vez a conducir.
– Puedo quedarme en un hotel -insistió Jane. ¡No tenía derecho a inmiscuirse en sus planes!
– No te estoy sugiriendo que te quedes en un hotel. Te vas a venir conmigo.
– Bueno, creo que… quiero decir. No estoy segura de…
– ¡No tienes por qué asustarte! No tengo preparada ninguna escena de seducción, si es eso lo que te preocupa. Vuelo a Frankfurt mañana por la mañana, y tengo que salir a las cinco de la mañana, así que me acostaré temprano esta noche.
Jane lo miró indecisa. Lyall se comportaba de manera extraña. De repente parecía no escuchar siquiera, y de repente insistía en que se quedara con él.
– Lo siento. Sé que debe de haberte costado mucho venir a disculparte. No esperaba volver a verte, y no pensaba intentar hablarte más. Pero estás aquí, y los dos podemos admitir que hemos cometido errores, ¿crees que podremos olvidarnos del pasado? Ahora estás cansada y yo también. Podemos tomar una copa, cenar un poco y acostarnos temprano. ¿O prefieres pasarte tres horas en atascos en la autopista?
– ¿Qué hago con las chimeneas?
– Hay un guardia de seguridad en el aparcamiento toda la noche. La furgoneta estará protegida y la recogerás mañana por la mañana.
– Bien…
– Puedes quedarte en uno de los cuartos de invitados -prometió Lyall, cruzando los dedos y esbozando una sonrisa demasiado familiar e irresistible.
– No he traído nada.
– No necesitarás nada, sólo a mí.
Casi todo el mundo se había marchado, así que no se cruzaron con nadie al ir hacia los ascensores. Bajaron en silencio. Jane no quería mirar a Lyall, pero se daba cuenta de su impresionante fuerza y la seguridad con que actuaba.
En la entrada esperaba un coche y ambos subieron en la parte de atrás, Lyall dijo algo al chófer y se acomodó en el asiento, apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Estaba realmente cansado. Jane lo observó atentamente, y por vez primera vio canas en sus sienes.
Éste era el Lyall verdadero, un hombre con preocupaciones cada día, un hombre que trabajaba y quería descansar por la noche al llegar al hogar. Había pensado en él tanto que cuando volvió a verlo no pensó que hubiera cambiado, por el contrario, siguió viendo en él al mismo joven impulsivo que había amado años antes. No había visto más que su mirada provocativa, pero era ella la que no había cambiado, no Lyall. Ella seguía siendo la misma chica ingenua, confusa ante el mero roce de su mano, y tan llena de preocupaciones que no se daba cuenta de cómo era él.
Lyall abrió los ojos repentinamente y vio a Jane mirándolo, como si nunca lo hubiera visto antes. Se miraron y no hicieron falta palabras. Jane sintió que todas las dudas y malentendidos, todas las acusaciones desaparecían como la niebla bajo los rayos del sol, hasta que su corazón quedó desnudo y supo que lo amaba, que siempre lo había amado y que siempre sena así.
Lyall vivía en un apartamento increíble en Belgravia, con una terraza en el ático que daba a una plaza. Había un pub cerca escondido entre los árboles, y la gente estaba tranquilamente fuera tomando sus bebidas disfrutando del tiempo veraniego. Las risas subieron hasta la barandilla donde Jane estaba apoyada.
– Toma -dijo Lyall, apareciendo con dos copas de vino en la mano-. Sentémonos.
Se sentaron en un banco entre plantas exuberantes. Jane tomó una hoja de romero y la frotó entre las manos, pensando en qué decir. Fue Lyall quién primero habló.
– Pareces cansada. ¿No has dormido?
– Claro que he dormido -dijo Jane defendiéndose, luego se calló un segundo. ¿Por qué iba a negarlo?-. No muy bien.
– ¿Por qué no?
Jane olió el romero despacio. No quería engañarle, pero tampoco quería estropearlo todo diciéndole las noches que había permanecido en vela pensando en la pelea que habían tenido y deseando que todo hubiera sido diferente-. He tenido muchas cosas en qué pensar últimamente -dijo sin más explicaciones.
– Creía que con el contrato de Penbury Manor acabarían tus preocupaciones. No tengo ninguna queja, va todo bien. ¿Tenéis problemas?
– No me preocupa el trabajo -dijo Jane.