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– De acuerdo. Tengo que dar aspecto de seriedad y entereza, no quiero que entre aquí y piense que tiene que interferir desde el primer momento.

– Toma -dijo Dorothy, pasándole algunos libros de contabilidad-, puedes hacer que estás revisándolos.

Jane tomó los libros y los abrió sobre su mesa. Luego se miró al espejo y se pintó un poco al descubrir horrorizada su aspecto pálido y cansado. Por último, se revisó la camisa que llevaba y se sentó en su mesa.

Sin pensar en lo que hacía, se entretuvo pasando las páginas de los libros. Hasta que se oyó la puerta y Lyall entró en su despacho.

El corazón de Jane se paró. Lo miró sin saber qué decir. Su primera reacción fue de alegría al verlo allí, alto, moreno, con sus ojos brillantes. La alegría se reflejó en su cara y Lyall avanzó hacia ella, pero Jane recordó enseguida y empujó su silla hacia atrás para protegerse.

– ¿Qué quieres? -acertó a decir.

– Quería verte -dijo, como si fuera algo natural.

¿No recordaba la última conversación que habían tenido por teléfono?

– Dorothy no tenía que haberte permitido entrar.

– La convencí de que tú también querías verme.

– Pues estás equivocado. Estoy esperando a alguien importante de un momento a otro, así que tendrás que marcharte.

– Me alegra que opines que soy importante, Jane.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Jane confusa.

– ¡Querida Jane! ¿Por qué crees que estoy aquí?

– No sé… -de repente la verdad se encendió en su mente-. ¿Eres mi socio anónimo?

– Creía que lo habrías adivinado.

Jane abrió la boca para decir algo, pero no encontró nada.

– ¿Eras tú?

– ¿Quién si no?

– Pero… pero -las rodillas de Jane se doblaron y se sentó bruscamente. Estaba empezando a pensar que todo era fruto de un pesadilla-. ¿Por qué primero intentas arruinarnos y luego inviertes en Makepeace and Son?

Lyall se acercó tranquilamente a ella y la miró fijamente a los ojos.

– ¿Qué quieres decir con eso de arruinaros? ¿Por qué demonios iba a intentar eso?

– Estoy segura de que no quieres, pero lo estás haciendo. ¡Y sabes perfectamente de lo que hablo! ¿O vas a negarme que vais a cambiaros a Osfordshire?

– ¿Ah… lo sabes? -dijo sin ningún intento de negación.

– Ya sé que se supone que no tenía que saberlo. Parece que era la única de tus empleadas que no lo sabía.

– Había una razón para ello… -comenzó a explicar Lyall, pero Jane lo interrumpió.

– Sí, ya lo sé.

– ¿Lo sabes?

– No es difícil de adivinar -dijo con amargura-. Algunos de los trabajadores no empezarán a trabajar hasta la segunda fase, sólo tienes que transferir el contrato para el nuevo centro. Ninguno de ellos tiene por qué vivir allí. Pero para mí es diferente, ¿verdad?

– Para ti siempre ha sido diferente -admitió Lyall, con una expresión alegre a pesar de la forma en que estaba siendo tratado.

Jane lo miró con resentimiento. ¿Cómo podía ese hombre hacer que su pulso se acelerara a pesar de la situación en que la había metido?

– Se suponía que yo no lo tenía que saber, así mis hombres acababan el trabajo sin problemas, de manera que al tener la primera fase completa podrías vender la casa más cara.

– Parece que estás muy informada de todo, Jane -replicó Lyall, sin cambiar su expresión alegre.

– Me encontré a Dimity en la casa, y no tardó mucho en decirme los nuevos planes.

– Sí, le encanta contar todo, ¿verdad? Ella ha estado ya en Dilston House y me ha dado algunas ideas. Puede que no te guste mucho como persona, pero no puedes negar que tiene talento como decoradora.

– Muy bien, me imagino que su talento es lo que ha hecho que la mantuvieras bien informada de tus planes.

– Era inútil tenerla en Penbury Manor.

– ¿Y para mí si era útil? No importa, ¿no? ¡Yo soy a la que ibas a echar cuando volvieras de tu viaje!

– Yo nunca pensaba hacer eso, Jane.

– ¿Ah, no? ¡Eso es lo que dijiste a Judith!

La cara de Lyall se oscureció.

– ¿Cuándo dije eso?

– Lo vi en una nota que habías mandado la mañana en que… -Jane no quería decir nada de la noche que habían pasado juntos-. Tú te marchaste. Sé que no debería de haberlo leído, pero llegó un fax justo cuando tú te marchaste, y al estar esperando para recogerlo vi la nota. Estaba todo bastante claro.

– ¡Así que era eso! ¿Por qué no me preguntaste primero, Jane?

– Iba a hacerlo, pero me encontré con Dimity y parecía que lo sabía todo.

– ¿Y por eso cuando te llamé me dijiste que te habías quedado conmigo por dinero?

– Sí -dijo sin darse cuenta-. Quiero decir… No quería que… -Lyall se acercó y la tomó de las manos para que se levantara. Sus ojos se encontraron y Jane apartó la vista.

– Jane, ¿por qué crees que he comprado Makepeace and Son?

– No puedo imaginarlo -dijo, sin mirarlo. Deseaba no notar tanto su presencia, sus manos rodeándola, la cercanía de su cuerpo, o el hecho de que sólo tema que inclinar un poco la cabeza para tocar sus labios.

– Era la única manera de que me dejaras entrar en tu vida. No voy a vender la mansión -dijo Lyall de repente-. O eso espero.

– ¿Qué vas a hacer con ella?

– Eso depende de ti -dijo, esbozando una sonrisa.

– ¿De mí?

– Pensé que podríamos vivir allí. Tú me habías dicho hacía diez años que era un buen lugar para que una familia viviera, y no se me ocurre otro sitio mejor. ¿Qué opinas? Aunque si es verdad lo que me dices de que no te importo nada, la venderé -continuó, al no contestar nada Jane-. No podría soportar vivir allí sin ti, Jane.

– ¿Qué me quieres decir? -preguntó Jane despacio, sin atreverse a creer lo evidente.

– Te estoy diciendo que te amo. Que no quiero perderte otra vez, Jane. Quiero despertarme por la noche y poder tocarte. Quiero verte sonreír por las mañanas. Y quiero llegar por las noches a casa y saber que estarás esperándome. Quiero que nos casemos.

– Pero… tú siempre has dicho que no querías casarte -susurró, incapaz de creer lo que estaba escuchando.

– He cambiado de opinión -dijo, besando las manos de Jane-. He cambiado de opinión en varias cosas desde que he vuelto. He aprendido que el pasado siempre es una parte de ti, de la que no puedes escapar. En algún momento u otro tendrás que enfrentarte. Yo pensé que lo había dejado cuando marché de Penbury, pero no es cierto. De la misma manera que he intentado olvidarte sin conseguirlo. Porque cada vez que conozco a una mujer veo que sus ojos no son tan claros como los tuyos, y su pelo tan sedoso, y no sonríe como tú lo haces. Hablaba sobre libertad porque era más cómodo eso que admitir que la experiencia de mis padres me había hecho temer el matrimonio, y que no había luchado por la única mujer a la que había querido.

Cariñosamente retiró de la cara de Jane un mechón de pelo.

– Me decía que disfrutaba de mi independencia, pero cuando volví eso cambió también. Comencé a pensar en tener un sitio donde siempre había vivido, un lugar al que llamar hogar, y cuanto más pensaba en ello, más lo asociaba contigo. Por eso pedí a Dennis que buscara otro sitio donde ubicar el centro. Quise mantener Penbury Manor como casa para vivir contigo… pero después de lo que me dijiste… ¿Es verdad que no quieres nada conmigo?

Jane tenía el corazón henchido de felicidad. Toda la tristeza desapareció de repente y movió la cabeza despacio negando.

– No.

– ¿No quieres un marido seguro y amable?

– No, te quiero a ti.

– ¿Me amas? -Lyall quería oírlo claramente.

– Desesperadamente -dijo, aliviada por fin de poder expresar sus verdaderos sentimientos.

– ¿Y te casarás conmigo?

– Sí, ¡claro que sí!

Jane se agarró a él y se besaron apasionadamente.