Выбрать главу

Lo que más deseaba en el mundo, sentado sobre él con la mano en su cuello, era preguntarle si había participado en la muerte de mi padre. Fenn estaba muerto, ¿pero cómo podía saber si Billy el Gordo habría desempeñado algún papel? Le apreté el pescuezo al pensar en la pregunta, pero sabía que no tenía tiempo para regalarme esa venganza en particular. Los amigos de Billy el Gordo podían volver, y había muchas cosas que necesitaba saber antes de que lo hicieran.

– ¿Robasteis alguna cosa? -inquirí.

– ¡Nada! exclamó indignado, como si le escandalizase que pudiera hacerle una pregunta tan insultante. Se podía llevar a un hombre a rastras de su casa y ahorcarle, pero no era capaz de robarle.

– ¿No os pidieron que buscarais nada? ¿Acciones de bolsa?

Intentó sacudir la cabeza contra la presión de mi mano.

– No teníamos nada que ver con eso.

De modo que parecía saber algo acerca de ellas.

– ¿Quién se suponía que tenía que llevarse las acciones?

Intentó sacudir la cabeza de nuevo.

– Se suponía que yo de eso no había oído hablar. No quiero problemas.

– Billy el Gordo, se me ocurre que ahora mismo tienes problemas.

Debió de estar de acuerdo conmigo, porque me dio el nombre. De haberse retrasado Billy el Gordo un solo instante, podría haberse guardado la información, ya que justo al terminar nuestra conversación, sus dos amigos reaparecieron en la puerta, empuñando pistolas. Hubo muchos chillidos de mujer, y de hombre también, y mucho correr hacia la puerta, cosa que me pareció ilógica, ya que los hombres con pistolas estaban en la puerta. Agarré a Billy el Gordo y alcé su cuerpo inerme para utilizarlo de escudo. No sabía si sus amigos vacilarían a la hora de dispararle, pero creí que incluso su delgado esqueleto ralentizaría el avance del plomo.

Seguí los movimientos de la multitud, que forzó a los hombres a apartarse de la puerta, y yo fui dibujando un ángulo también, hasta que no hubo nadie entre Billy el Gordo y yo y, a diez pies de distancia, los otros dos rufianes, pistolas en mano y listas para disparar. Con un gigantesco esfuerzo que envió una ráfaga de dolor a mi pierna, les tiré a Billy encima, haciéndoles perder el equilibrio, aunque no se cayeron. Entonces aproveché la oportunidad mientras pude y salí de la taberna a todo correr, logrando perder de vista a los ladrones en la multitud que se había congregado por fuera para lamentar la masacre y deleitarse con ella.

No tuve dificultad en allanar la casa: había entrado en tantas casas por la fuerza en el pasado que hacerlo de nuevo en nombre de la justicia en lugar del robo no me producía más que satisfacción. Esta casa era bastante más grande que cualquiera en la que hubiese entrado antes; tenía cuatro pisos, y muchos dormitorios en los cuales podía dormir mi presa, de modo que tuve que andar con cuidado, evitando a criados que se movían por los pasillos como sombras, portando velas que parecían diseñadas para cazarme.

El primer dormitorio en el que me colé claramente no era el suyo. Estaba ya ocupado, y cuando vi la silueta de la vieja en la oscuridad, y la oí murmurar en sueños, salí de allí y lo intenté con otra puerta. Miré en cuatro habitaciones más antes de dar con otra alcoba, ésta vacía, pero reconocí un abrigo colgado de un gancho junto a la puerta. Me senté a esperar, confiando en que no se pasaría toda la noche de jarana, o en que no hubiese decidido irse de Londres. Estaba preparado, y cuanto antes regresara, antes sentiría cierta sensación de justicia.

Llevaba en el bolsillo el reloj de arena de medio minuto que el mendigo tudesco me había dado. Se me había ocurrido traerlo conmigo justo antes de salir de casa de mi tío. Me gustaba la idea de que el regalo del tudesco pudiera serme de alguna utilidad, y supuse que si volviera a verle algún día, y le pudiese explicar cómo lo había utilizado, quedaría muy satisfecho.

Lo giré una y otra vez mientras esperaba en la oscuridad de su habitación. La silla en la que estaba sentado era horriblemente dura e incómoda, y me dolían la pierna y la cadera prodigiosamente, pero todo lo sufría, porque sabía que ahora estaba próximo a comprenderlo todo. Después de que Billy el Gordo me hablase de las acciones robadas y me contase quién se las había llevado de casa del viejo Balfour, sentí sólo el júbilo del triunfo. Me llevó algún tiempo percatarme de la verdadera importancia de esta información. Antes había sabido con certeza que las acciones falsas existían; ahora sabía con certeza que al viejo Balfour le habían matado por ellas. Podía no entender los motivos de todos los actores de mi drama, pero no estaba seguro ya de que me hiciera falta. Balfour y mi padre habían sido asesinados porque deseaban informar al mundo de las acciones falsas. Lo único que requería ahora era el nombre real de Rochester.

Cada minuto en la negritud de su alcoba se arrastraba interminablemente, pero la confianza de saber lo que estaba haciendo, de que ya no estaba dando palos de ciego, me dio una especie de paciencia resistente a todo. Giré el reloj. Observé la arena deslizarse de un lado a otro y lo giré de nuevo.

No era demasiado tarde, apenas pasadas las once, cuando entró. Oí el crujir de las escaleras y el sonido de sus pisadas cansadas al subir. Oí unas palabras murmuradas, no sé si a un criado o a sí mismo, y luego le oí girar el pomo despacio y torpemente. Con una mano sujetaba una vela y encendió una lámpara en una mesa junto a la puerta. Ahora un resplandor anaranjado y suave llenó la habitación, y al darse la vuelta, Balfour me vio sentado en su silla, con la pistola apuntándole al pecho.

– Cierre la puerta con llave y dé un paso al frente -le dije con voz tranquila.

Abrió la boca para hablar, para expresar alguna clase de indignación, pero a la luz macilenta de la vela se dio cuenta inmediatamente de que no debía atreverse. Mi rostro le ofrecía una expresión ensayada: fría, dura, despiadada. Cerró la puerta con llave y me miró.

– A veces me he preguntado, Balfour, si un hombre fuera un estúpido, digamos que el más estúpido sobre la faz de la tierra, ¿sería consciente de su propia idiotez, o sería demasiado necio para siquiera percibir su deficiencia? Creo que usted puede darme respuesta a esa pregunta.

La pistola que le apuntaba y mi mirada asesina le habían silenciado, pero no pudo soportar el insulto.

– Weaver, no puedo adivinar lo que usted se cree que está haciendo, pero le sugiero que no lleve este ultraje más lejos.

El reloj de arena estaba sobre la mesa junto a mí. Sin quitarle el ojo de encima a Balfour, lo giré con la mano izquierda.

– Tiene medio minuto -dije con frialdad- para decirme el verdadero nombre de Martin Rochester, o le dispararé. Me conoce demasiado bien, creo yo, como para dudar siquiera por un instante de que hablo completamente en serio.

Había previsto que no sería un hombre valiente, pero no esperaba que su debilidad resultase tan total. Cayó de rodillas como si de súbito hubiesen desaparecido sus pies y sus pantorrillas. Abrió la boca para rogar piedad, pero no dijo nada.

No iba a mostrarle ninguna piedad. No iba a recibir señal alguna por mi parte de que su pánico fuera a procurarle ninguna lenidad. Él reloj de arena corría. Retiré el seguro de mi pistola y preparé los ojos para la explosión de la pólvora.