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– ¿Cómo?

– Las cuentas bancarias. Si hay algún ingreso importante. ¿Tengo que recordarte de quién?

– Ahora olvídate de eso -replicó Hogan circunspecto.

– ¿Qué sucede? -inquirió Rebus.

– Parece ser que lord Jarvies metió en la cárcel a un viejo amigo de Herdman.

– ¿Ah, sí? ¿Cuándo?

– El año pasado. Es un tal Robert Niles, ¿te suena de algo?

– ¿Robert Niles? -repitió Rebus frunciendo el ceño. Siobhan asintió e hizo un gesto de cortar el cuello con la mano-. ¿El que degolló a su mujer?

– El mismo -contestó Hogan-. Recurrió el veredicto de culpabilidad y la sentencia de prisión perpetua del juez Jarvies. Bien, pues acabo de saber que Herdman visitó regularmente a Niles desde entonces.

– ¿Eso fue hace… nueve o diez meses?

– Le encerraron en Barlinnie, pero se volvió loco, atacó a otro recluso y luego se quiso cortar las venas.

– ¿Y dónde está ahora?

– En el hospital psiquiátrico de Carbrae.

– ¿Crees que Herdman fue a por el hijo del juez? -preguntó Rebus pensativo.

– Cabe la posibilidad; venganza, ya sabes.

Sí, venganza. La palabra planeaba ya sobre los dos jóvenes muertos.

– Voy a ir a verle -añadió Hogan.

– ¿A Niles? ¿Se puede hablar con él?

– Parece que sí. ¿Quieres acompañarme?

– Bobby, es un honor. ¿Por qué yo?

– Porque Niles es un ex SAS, John. Estuvo en el regimiento en la misma época que Herdman. Si alguien sabe lo que pensaba Herdman, es él.

– ¿Vamos a visitar a un asesino encerrado en un manicomio? Qué suerte.

– John, la oferta está en pie.

– ¿Cuándo vamos?

– He pensado en mañana a primera hora. Son dos horas en coche.

– Me apunto.

– Así me gusta. Quién sabe, a lo mejor tú le sacas algo… empatía y esas cosas.

– ¿Por qué?

– Hombre, creo que al verte las manos se sentirá identificado con otro sufridor.

Rebus oyó cómo Hogan reía entre dientes y le pasó el teléfono a Siobhan, que cortó la comunicación.

– Lo he oído casi todo -dijo, e inmediatamente el teléfono volvió a sonar.

Era Gill Templer.

– ¿Cómo es que Rebus no contesta nunca el teléfono? -bramó Templer.

– Creo que lo ha desconectado. No puede pulsar las teclas -respondió Siobhan mirándole.

– Tiene gracia; a mí siempre me ha parecido que es lo que mejor se le da.

Siobhan sonrió, «especialmente las suyas», pensó.

– ¿Quiere hablar con él? -preguntó.

– Quiero que volváis aquí los dos inmediatamente y sin excusas -dijo Templer.

– ¿Qué ha sucedido?

– Tenéis problemas. Eso es lo que ha sucedido. Y de los gordos… -dijo Templer sin añadir nada más, aunque Siobhan se imaginó a qué se refería.

– ¿La prensa?

– Bingo. Alguien se ha enterado del caso, pero con algunos elementos accesorios que quiero que John me aclare.

– ¿Qué clase de elementos accesorios?

– Le vieron salir del pub en compañía de Martin Fairstone e irse con él a su casa. Y le vieron cuando salía de allí bastante más tarde, precisamente poco antes de que se declarara el incendio. El periódico que lo publica está dispuesto a continuar la historia.

– Vamos para allá.

– Aquí os espero.

La comunicación se interrumpió y Siobhan arrancó.

– Tenemos que volver a St Leonard -dijo, y le explicó a Rebus la conversación.

– ¿Qué periódico es? -se limitó a preguntar él al cabo de un largo silencio.

– No se lo pregunté.

– Vuelve a llamarla.

Siobhan le miró, pero marcó el número.

– Dame el teléfono, no vayamos a tener un accidente -dijo Rebus imperioso.

Cogió el móvil, se lo acercó al oído y dijo que le pusieran con la jefa suprema.

– Soy John -dijo cuando Templer contestó a la llamada-. ¿Quién firma el artículo?

– Ese tal Steve Holly, un reportero más tozudo que un perro de presa.

Capítulo 6

– Sabía que no sonaría bien -dijo Rebus a Templer-. Por eso no dije nada.

Estaban en el despacho de Gill Templer en la comisaría de St Leonard. Ella, sentada; él, de pie. Templer tenía en una mano un lápiz afilado que no cesaba de mover, mirando la punta y tal vez sopesando la posibilidad de usarlo como arma.

– Me mentiste.

– Solamente omití algunos detalles, Gill.

– ¿«Algunos detalles»?

– Irrelevantes.

– ¡Como el de ir a su casa!

– A tomar una copa.

– ¿Con un delincuente que acosaba a tu mejor colega? ¿Que te denunció por agresión?

– Estuvimos charlando. No discutimos ni nada por el estilo -dijo Rebus haciendo ademán de cruzar los brazos, pero sintió que aumentaba la presión en las manos y volvió a dejarlos colgar-. Pregunta a los vecinos si oyeron a alguien alzar la voz. Te aseguro que no. No hicimos más que beber whisky en el cuarto de estar.

– ¿En la cocina no?

Rebus negó con la cabeza.

– No entré para nada en la cocina.

– ¿A qué hora te fuiste?

– Ni idea. Seguramente pasada la medianoche.

– O sea, poco antes del incendio.

– Mucho antes.

Ella le miró.

– Gill, cuando me marché él estaba como una cuba. Son cosas que pasan: le entraría hambre, puso la freidora al fuego y se durmió. O quemaría el sofá con el cigarrillo.

Templer comprobó con la yema del dedo lo afilado que estaba el lápiz.

– ¿Me expongo a mucho? -preguntó Rebus por romper el silencio.

– Depende de Steve Holly. Él pone la música y se supone que nosotros tenemos que tomar medidas.

– ¿Suspenderme del servicio, por ejemplo?

– Lo he pensado.

– Sí, supongo que no puedo reprochártelo.

– Muy generoso por tu parte, John. ¿Por qué fuiste a su casa?

– Me invitó. Me imagino que le gustaba jugar. Es lo que hacía con Siobhan. Yo le seguí el juego. Estuvimos bebiendo y él me contó sus batallitas… Supongo que disfrutaba a su manera.

– ¿Y tú qué pensabas ganar con ello?

– No lo sé muy bien… Pensé que así dejaría de molestar a Siobhan.

– ¿Te pidió ella ayuda?

– No.

– No, claro que no. Ella sabe defenderse sola.

Rebus asintió con la cabeza.

– Entonces, ¿es simple coincidencia?

– Fairstone era un desastre anunciado. Es una suerte que no causase la muerte de alguien más.

– ¿Una suerte?

– A mí no me va a quitar el sueño, Gill.

– No, claro, supongo que eso sería mucho pedir.

Rebus enderezó la espalda y se amparó en el silencio mientras Templer tuvo un sobresalto al ver que se había hecho sangre en la yema del dedo con la punta del lápiz.

– Es el último aviso, John -dijo bajando la mano para no hacer evidente en su presencia aquel descuido.

– Muy bien, Gill.

– Y cuando digo el último, es el último.

– Entiendo. ¿Quieres que te traiga una tirita? -preguntó él con la mano en el pomo de la puerta.

– Quiero que te vayas.

– ¿Seguro que no quieres…?

– ¡Fuera!

Rebus cerró la puerta al salir y sintió que volvían a responderle los músculos de las piernas. Siobhan estaba a dos metros de la puerta del despacho y enarcó una ceja. Él correspondió con un gesto torpe alzando ambos pulgares y ella meneó despacio la cabeza como diciendo «No sé cómo has podido salir con bien de ésta».

Tampoco él lo sabía muy bien.

– Te invito a algo -le dijo a Siobhan-. ¿Qué tal un café en la cantina?

– No eludas la cuestión.

– Me ha dado un último aviso. Desde luego, no es el gol de la victoria en la final de Hampden.

– ¿Sólo un saque de banda en Easter Road?

Rebus sonrió y sintió dolor en la mandíbula: la tensión sostenida exacerbada por la sonrisa.