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– Perdona, Ray -dijo ella con un suspiro pellizcándose el puente de la nariz.

– ¿Has recibido otra?

– Sí.

– ¿Una ayer y otra hoy?

– Exacto.

– ¿Me la vas a enviar?

– Creo que me quedaré con ésta, Ray.

– Te llamaré en cuanto tenga algo.

– Ya lo sé. Perdona que te haya molestado.

– Siobhan, habla con alguien.

– Ya lo he hecho. Adiós, Ray.

Cortó la comunicación y llamó a Rebus al móvil, pero no contestaba. No se molestó en dejarle un mensaje. Dobló el papel, volvió a meterlo en el sobre y se lo guardó en el bolsillo. Tenía encima de su mesa el portátil de un adolescente muerto: su tarea de aquel día. El ordenador guardaba más de cien archivos; algunos serían programas, pero la mayoría eran documentos creados por Derek Renshaw. Ya había examinado algunos -correspondencia y deberes del colegio-, pero no había nada sobre el accidente de coche en el que había muerto su amigo. Parecía estar diseñando una fanzine de jazz. Había páginas maquetadas y fotos escaneadas, algunas bajadas de la Red. Derek tenía mucho entusiasmo, pero redactar no era su fuerte: «Miles fue un innovador, desde luego, pero luego fue más bien un cazatalentos que dio oportunidades a muchos noveles pensando en que algo se le pegaría…». Esperaba que Miles hubiera sido capaz de quitarse lo que se le había pegado, pensó Siobhan. Se sentó ante el portátil y lo contempló tratando de concentrarse. No paraba de darle vueltas en la cabeza a la palabra C.O.D.Y.; quizá fuese una pista… que conducía a alguien con ese apellido. No creía conocer a nadie que se apellidara Cody, pero por un instante tuvo la idea absurda de que Fairstone estaba vivo y que el cadáver calcinado era el de un tal Cody. Desechó aquella idea, inspiró hondo y decidió ponerse a trabajar.

Y se dio contra una pared. No podía entrar en el correo electrónico de Derek Renshaw sin la contraseña. Cogió el teléfono y llamó a South Queensferry, agradecida de que contestara la hermana en vez del padre.

– Kate, soy Siobhan Clarke.

– Sí.

– Tengo aquí el ordenador de Derek.

– Me lo ha dicho mi padre.

– El caso es que se me olvidó preguntar la contraseña.

– ¿Para qué la necesita?

– Para ver los últimos mensajes en la bandeja de entrada del correo electrónico.

– ¿Por qué?

La joven replicaba en tono exasperado, como con ganas de interrumpir la conversación.

– Porque es nuestro trabajo, Kate. -Se hizo un silencio-. ¿Kate?

– ¿Qué?

– Pensaba que me habías colgado.

– Ah… de acuerdo.

Se cortó la comunicación. Kate Renshaw acababa de colgar. Siobhan lanzó una maldición para sus adentros y decidió intentarlo más tarde o decirle a Rebus que lo hiciera él. Al fin y al cabo, era de la familia. Por otra parte, tenía la carpeta con los mensajes antiguos de Derek y para eso no necesitaba contraseña. Descubrió que el joven había guardado los mensajes de cuatro años. Esperaba que hubiera sido cuidadoso y hubiese limpiado toda la basura. Llevaba cinco minutos revisándolos y ya estaba aburrida de encontrar últimos resultados deportivos y crónicas de partidos de rugby cuando sonó el teléfono. Era Kate Renshaw.

– Lo siento mucho -dijo la voz.

– No te preocupes. No pasa nada.

– Sí que pasa. Usted sólo intentaba hacer su trabajo.

– Eso no significa que a ti tenga que gustarte. Si te digo la verdad, a mí hay veces que tampoco me gusta.

– La contraseña es Miles.

Naturalmente. No habría tardado ni cinco minutos en deducirlo.

– Gracias, Kate.

– A Derek le gustaba mucho conectarse. Al principio papá se quejaba de las facturas de teléfono.

– Supongo que Derek y tú estaríais bastante unidos, ¿no?

– Pues sí.

– No todos los chicos revelan la contraseña a su hermana.

Se oyó un resoplido, como una risita sarcástica.

– Es que la adiviné; la acerté a la tercera. El tenía que adivinar la mía y yo la suya.

– ¿Y te la adivinó?

– Estuvo varios días dándome la lata, cada poco venía con nuevas ideas.

Siobhan apoyó el codo en su propio ordenador y dejó descansar la cabeza en el puño. A lo mejor se prolongaba la conversación, porque Kate necesitaba hablar de sus recuerdos de Derek.

– ¿Teníais los mismos gustos musicales?

– Qué va. La música que a él le gustaba es ésa de mirarse el ombligo. El se pasaba horas en su cuarto, y si entrabas te lo encontraba con las piernas cruzadas en la cama y la cabeza en las nubes. Intenté llevarlo a alguna discoteca, pero me dijo que le deprimían. -Otro sonido despectivo-. Bueno, cada cual tiene sus gustos. ¿Sabe que una vez le dieron una paliza?

– ¿Dónde?

– En el centro, y creo que fue cuando empezó a no salir mucho de casa. Fueron unos chicos con quienes se tropezó a los que no les gustó su acento «pijo». Hay muchos de ésos, ¿sabe? Dicen que somos esnobs y que nuestros padres son unos ricachos de mierda que nos pagan el colegio. Lo que sucede es que ellos son de barrios pobres y casi todos acaban en el paro y ahí empieza todo.

– ¿Qué es lo que empieza?

– La agresividad. Recuerdo que en mi último curso en Port Edgar recibimos una carta «recomendándonos» no ir de uniforme por la ciudad si no íbamos en una excursión del colegio. -Lanzó un profundo suspiro-. Mis padres se privaron de todo para que nosotros pudiéramos ir a un colegio de pago y, mire por dónde, quizá fue eso el motivo de su ruptura.

– No lo creo, Kate.

– Muchas de sus peleas eran por cuestiones de dinero.

– De todos modos…

Se hizo un silencio.

– He estado buscando en internet, mirando cosas.

– ¿Qué clase de cosas?

– De todo… para intentar figurarme por qué lo hizo.

– ¿Te refieres a Lee Herdman?

– Hay un libro escrito por un americano; un psiquiatra o algo así. ¿Sabe cómo se titula?

– ¿Cómo?

– Los hombres malos hacen lo que los buenos sueñan. ¿Cree que es cierto?

– Tendría que leer el libro.

– Creo que lo que dice es que todos llevamos dentro el potencial de… bueno, ya sabe…

– No, de eso no sé nada -replicó Siobhan, que no había dejado de pensar en Derek Renshaw.

Lo de la paliza tampoco aparecía en los archivos del ordenador. Tenía muchos secretos.

– Kate, ¿puedo preguntarte una cosa?

– ¿Qué?

– Derek no estaba deprimido ni nada así, ¿verdad? Quiero decir que le gustaba el deporte, los partidos…

– Sí, pero cuando volvía a casa…

– ¿Prefería meterse en su cuarto? -preguntó Siobhan.

– Sí, a oír jazz y a navegar.

– ¿Tenía algunos sitios concretos preferidos?

– Entraba en un par de chats.

– ¿Sobre deportes y jazz?

– Ha dado en el clavo. -Hizo una pausa-. ¿Recuerda aquello que le dije sobre los padres de Stuart Cotter?

Stuart Cotter era la víctima del accidente de coche.

– Sí -contestó Siobhan.

– ¿Pensó usted que estaba loca? -añadió Kate en tono más suave.

– No te preocupes; lo investigaremos.

– Escuche, lo dije por decir. En realidad, no creo que los padres de Stuart fueran capaces de una cosa así.

– Comprendo, Kate. -Volvió a hacerse un largo silencio-. ¿Me has vuelto a colgar?

– No.

– ¿Quieres hablar de alguna otra cosa?

– No, usted tiene trabajo.

– Pero puedes llamar cuando quieras, Kate. En cualquier momento que tengas ganas de hablar.

– Gracias, Siobhan. Es muy amable.

– Adiós, Kate.

Siobhan cortó la comunicación y volvió a centrarse en la pantalla. Palpó con la palma de la mano el bolsillo de la chaqueta y tocó el sobre.