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– Podríamos haberlo pensado -dijo Rebus mirando a Siobhan, que hizo un gesto de asentimiento con la boca.

Cockburn Street era una calle que serpenteaba entre la Royal Mile y la estación Waverley y siempre había gozado de mala fama. Décadas atrás había sido centro de reunión de hippies y mendigos, mercadillo de camisetas de algodón con dibujos desteñidos y papel de fumar. Rebus iba por entonces a una buena tienda de discos de segunda mano totalmente ajeno a los puestos de ropa. Ahora, las nuevas culturas alternativas eran el centro de atracción del lugar, que bien merecía un paseo para quienes sintieran curiosidad por los macabros y los colocados.

Mientras cruzaban el pasillo, Rebus advirtió que en una puerta había una pequeña placa de porcelana que rezaba: CUARTO DE STUART, y se detuvo ante ella.

– ¿Su hijo?

Cotter asintió despacio con la cabeza.

– Charlotte, mi mujer… desde el accidente, la conserva tal como estaba -dijo.

– No hay de qué avergonzarse, señor -comentó Siobhan al ver su embarazo.

– No, claro.

– Dígame una cosa -añadió Rebus-. ¿Esta fase gótica de Teri empezó antes o después de que muriera su hermano?

– Poco después -contestó Cotter mirándole.

– ¿Estaban muy unidos? -añadió Rebus.

– Creo que sí. Pero no entiendo qué tiene eso que ver…

Rebus se encogió de hombros.

– Era simple curiosidad -dijo-. Perdone; es deformación profesional.

Cotter pareció aceptar la explicación y comenzó a bajar la escalera.

– Yo compro allí cedés -dijo Siobhan ya en el coche camino de Cockburn Street.

– Yo también -dijo Rebus.

Y también había visto a menudo a los góticos, que ocupaban casi toda la acera y se sentaban en la escalinata lateral del antiguo edificio del Scotsman, se pasaban cigarrillos e intercambiaban información sobre los nuevos grupos musicales. Comenzaban a reunirse después de las horas de clase, algunos después de quitarse el uniforme y ataviados con el negro de rigor, maquillados y con baratijas llamativas, todos ellos esperando integrarse en el grupo y distinguirse a la vez. El problema era que en los tiempos actuales costaba más llamar la atención. Años atrás se conseguía llevando el pelo largo. Después llegó el glam y a continuación, su hijo bastardo, el punk. Rebus recordaba un sábado de antaño en que yendo a comprar discos, al tomar la cuesta de Cockburn Street, se cruzó con sus primeros punks: desgarbados y despreciativos, crestas y cadenas. Una mujer de mediana edad que caminaba detrás de él sin poder contenerse les reprendió: «¿Es que no podéis ir como seres humanos?», para regocijo de los punks, probablemente.

– Podríamos aparcar al final de la calle y subir -dijo Siobhan ya cerca de Cockburn Street.

– Es mejor aparcar arriba y bajar -replicó Rebus.

Tuvieron suerte porque salía un coche de un hueco en el momento en que ellos llegaban y dejaron el suyo en la misma Cockburn Street, a pocos metros de un grupo de góticos.

– Bingo -dijo Rebus al ver a la señorita Teri en animada conversación con dos amigos.

– Tendrás que bajar tú antes -dijo Siobhan.

Rebus miró y vio que a ella le impedían hacerlo unas bolsas de basura amontonadas en la acera. Se apeó y sujetó la portezuela para que Siobhan pasara a su asiento y saliera. En ese momento, notó que corría gente por la acera y advirtió que cogían una bolsa de basura. Levantó la vista y vio cinco jóvenes que pasaban a la carrera junto al coche, con parkas con capucha y gorras de béisbol. Uno de ellos lanzó hacia el grupo de góticos la bolsa de basura, que reventó esparciendo su contenido. Se oyeron gritos y chillidos. Hubo intercambio de puntapiés y puñetazos. Uno de los góticos cayó de bruces por la escalinata y otro echó a correr haciendo regates y salió a la calzada donde un taxi estuvo a punto de atropellarle. Los peatones se detenían alarmados dando voces. Y los comerciantes se asomaban a la puerta de sus establecimientos. Alguien gritó que llamaran a la policía.

La reyerta se generalizó y los jóvenes, dándose empujones, chocaban contra los escaparates y se agarraban del cuello. Eran cinco agresores contra doce góticos, pero los pendencieros eran fuertes y brutales. Siobhan echó a correr para contener a uno de ellos y Rebus vio que la señorita Teri se ponía a salvo dentro de una tienda y cerraba la puerta. Como era de cristal, su perseguidor miró alrededor buscando algún proyectil para lanzarlo. Rebus aspiró aire y gritó:

– ¡Rab Fisher! ¡Rab, ven aquí! -El interpelado se detuvo y miró a Rebus, que alzó su mano enguantada-. ¿Te acuerdas de mí, Rab?

Rab Fisher torció el gesto. Otro de los pandilleros reconoció a Rebus, gritó «¡Polis!» y los Perdidos se juntaron en medio de la calzada con el pecho palpitante y jadeantes.

– ¿Qué, muchachos, estáis haciendo méritos para ese viajecito a Saughton? -dijo Rebus en voz alta dando un paso hacia el grupo.

Cuatro echaron a correr cuesta abajo. Rab Fisher, haciéndose el valentón, antes de seguir a sus compañeros daba una patada en la puerta de cristal. Siobhan ayudó a levantarse a una pareja de góticos que comprobaban si tenían heridas. No había habido navajas ni proyectiles, lo que había recibido una paliza era el orgullo. Rebus se acercó a la puerta de cristal y vio en el interior la señorita Teri junto a una señora con bata blanca de médico o farmacéutica. Al advertir en el local una serie de cabinas resplandecientes, comprendió que se trataba de un salón de bronceado que le pareció recién instalado. La mujer acarició el pelo a Teri y ésta se apartó huraña. Rebus entró en el establecimiento.

– Teri, ¿te acuerdas de mí? -dijo.

La joven le miró y asintió con la cabeza.

– Sí, es el policía del otro día.

Rebus tendió la mano a la mujer.

– Usted debe de ser la madre de Teri. Soy el inspector Rebus.

– Charlotte Cotter -dijo la mujer estrechándole la mano.

Tendría cerca de treinta y tantos años, una espesa melena ondulada de color rubio ceniza y un rostro ligeramente bronceado, casi brillante. Rebus no acababa de encontrar parecido físico entre ambas y, de no haber sabido el parentesco, casi habría pensado que eran más o menos de la misma edad, no hermanas sino primas quizás. La madre era unos tres centímetros más baja que la hija, más delgada y de aspecto distinguido. Rebus supo en ese momento quién de los Cotter hacía más uso de la piscina cubierta.

– ¿Qué ha sido ese jaleo? -preguntó Rebus a Teri.

– Nada -contestó la jovencita encogiéndose de hombros.

– ¿Os molesta mucho esa gente?

– No dejan de molestarles -terció la madre para indignación de su hija-. Les insultan y a veces suceden cosas peores.

– Tú qué sabes -protestó Teri.

– Lo veo.

– ¿Es que has abierto este negocio para vigilarme? -añadió la joven jugueteando con la cadena de oro que llevaba al cuello.

Rebus advirtió que la adornaba un diamante.

– Teri -replicó la madre con un suspiro-, lo que quiero decir…

– Me voy -musitó la hija.

– Un momento -dijo Rebus-. ¿Podemos hablar antes?

– ¡No voy a presentar denuncia!

– ¿No ve usted qué tozuda es? -dijo Charlotte Cotter exasperada-. Inspector, oí que llamaba a voces por su nombre a uno de esos gamberros. ¿Los conoce usted? ¿No podría detenerlos?

– No creo que sirviera de nada, señora Cotter.

– Pero ¿no ha visto lo que han hecho?

Rebus asintió con la cabeza.

– Y les he dado un aviso. Creo que con eso bastará. Bien, el caso es que no pasaba por aquí por casualidad; quería hablar con Teri.

– ¿Ah, sí?

– Pues venga conmigo -dijo Teri agarrando a Rebus del brazo-. Perdona, mamá, voy a colaborar con la policía en la investigación.

– Teri, espera…