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– prosiguió Trenarrow-. El año que viene, imagino que el resto del público intentará sentarse conmigo en la última fila. Al final, nadie querrá ocupar las primeras filas y la señora Sweeney se verá obligada a representar la obra desde el interior del puesto de bebidas para retener nuestra atención.

Los demás rieron. Lynley, no. En lugar de ello, se sintió irritado por haber sucumbido a los deseos de Trenarrow, y escrutó al hombre, como si un análisis de sus características físicas revelara el origen de su encanto. Como siempre, Lynley se fijó en los detalles, pero no en el conjunto. Abundante cabello castaño que mostraba ya las señales de la edad, pues finas hebras plateadas despuntaban en sus sienes; un traje de hilo, antiguo pero bien cortado, inmaculadamente limpio y ceñido a su figura; un mentón firme y pronunciado, sin carne superflua, a pesar de que frisaría la cincuentena; carcajadas francas y espontáneas; y los ojos, que eran oscuros, rápidos en evaluar y comprender.

Lynley catalogó todos estos detalles sin utilizar ningún sistema de observación, sólo una serie de fugaces impresiones. No había forma de obviarlos, sobre todo con Trenarrow tan cerca, irguiéndose, como siempre, más grande que la vida.

– Veo que Nancy Cambrey trabaja en El Ancla y la Rosa, además de sus otros empleos -dijo Lynley a Trenarrow.

El hombre miró hacia el puesto de bebidas.

– Eso parece. Me sorprende que lo haya aceptado, con la niña y todo lo demás. Debe de ser difícil para ella.

– Pero supongo que la ayudará a aliviar sus problemas económicos, ¿no?

Lynley tomó un sorbo de cerveza. Estaba demasiado caliente para su gusto y habría preferido dejarla en alguna mano cercana, pero Trenarrow habría leído animosidad en esa acción, de modo que continuó bebiendo cerveza.

– Escucha, Roderick -dijo de repente-, voy a abonarte todo el dinero que te deben.

Tanto el anuncio como la manera de efectuarlo puso fin a la conversación que sostenían los otros. Lynley observó que la mano de lady Helen se posaba sobre el brazo de St. James, que Deborah se agitaba inquieta a su lado, y que Trenarrow le miraba con perplejidad, como si no tuviera ni idea de a qué se refería Lynley.

– ¿Abonarme el dinero? -repitió Trenarrow.

– No voy a permitir que Nancy vaya mendigando. En este momento no pueden permitirse un aumento de alquiler y…

– ¿Alquiler?

Lynley consideró aquellas suaves repeticiones aún más ofensivas. Trenarrow le estaba manipulando para que adoptara el papel de pendenciero.

– Tiene miedo de perder Gull Cottage. Le dije que yo abonaría el dinero. Ahora te lo digo a ti.

Trenarrow elevó poco a poco el vaso y observó a Lynley por encima del borde.

– La casa. Entiendo. -Dirigió una mirada pensativa al puesto de bebidas-. Nancy no necesita preocuparse por la casa. Mick y yo lo solucionaremos. No tenía que haberte molestado por el tema del dinero.

Muy propio del hombre, pensó Lynley. Cuan insufriblemente noble era, y cuan previsor. Sabía muy bien lo que hacía. Toda la conversación era una prolongación de la esgrima verbal que practicaban desde hacía muchos años, sembrada de palabras de doble sentido y significados ocultos.

– Dije que me encargaría yo y lo haré. -Lynley trató de alterar el tono tenso, ya que no la intención agazapada tras las palabras-. No tienes la menor necesidad de…

– ¿Sufrir? -Trenarrow miró un momento a Lynley, antes de ofrecerle una fría sonrisa. Terminó su bebida-. Su excelencia es muy amable. Si me disculpas, creo que ya he abusado bastante de tu tiempo. Tengo la impresión de que tus acompañantes te reclaman.

Se despidió con un movimiento de cabeza y se fue.

Lynley le vio alejarse, y reconoció la habilidad acostumbrada de Trenarrow para aprovechar la ocasión. Lo había hecho una vez más, dejando a Lynley con la sensación de haberse comportado como un bravucón. Tenía diecisiete años de nuevo. Siempre que se hallaba en presencia de Trenarrow, volvía a tener diecisiete años.

Las animadas palabras de lady Helen llenaron el vacío producido por la marcha de Trenarrow.

– Santo cielo, qué hombre tan fascinante, Tommy. ¿Has dicho que era médico? Todas las mujeres del pueblo pasarán por su consulta a diario.

– No es de esa clase de médicos -replicó Lynley de manera automática. Derramó el resto de la cerveza junto al tronco de un árbol y contempló el charco que se había formado en la tierra seca y agostada-. Se dedica a investigaciones médicas en Penzance.

Por eso había acudido a Howenstow, con sólo treinta años, llamado desesperadamente para que atendiera al conde agonizante. No había esperanza. Explicó, con aquella seriedad tan suya, que sólo cabía continuar con la quimioterapia, que no existía cura, pese a lo que quisieran creer y leyeran en los periódicos, que había docenas de tipos diferentes de cáncer, que era un término que lo englobaba todo, que el cuerpo moría por culpa de su incapacidad para frenar la producción de células, que los científicos no sabían bastante, que trabajaban y se esforzaban, pero pasarían años, décadas… Se expresaba con suaves disculpas. Con profunda comprensión y compasión.

El conde había languidecido, agonizado, sufrido y fallecido, y la familia le lloró. La región le lloró. Todo el mundo, excepto Trenarrow.

9

Nancy Cambrey guardó en una caja de cartón las últimas jarras de cerveza para transportarlas a El Ancla y la Rosa. Se encontraba muy cansada. No había cenado, para llegar a la escuela con tiempo para disponer los preparativos, de modo que también estaba algo mareada. Cerró y aseguró el paquete, aliviada porque el trabajo de la noche hubiera terminado.

No muy lejos, la formidable señora Swann, su jefe, manoseaba las ganancias de la velada con el apasionamiento que solía dispensar a los asuntos pecuniarios. Movía los labios mientras contaba las monedas y los billetes, y anotaba cifras en su gastado libro mayor rojo. Cabeceó, satisfecha. El puesto había logrado excelentes resultados.

– Me voy -dijo Nancy, con cierta vacilación.

Nunca sabía cómo iba a reaccionar la señora Swann, famosa por sus bruscos cambios de humor. Ninguna camarera le había durado más de siete meses. Nancy estaba decidida a ser la primera. Lo único que importa es el dinero, susurraba para sus adentros siempre que sufría las consecuencias de los violentos exabruptos de la señora Swann. Puedes soportar cualquier cosa, con tal que pague.

– De acuerdo, Nance -murmuró la señora Swann, agitando la mano-. Vete.

– Lamento muchísimo lo de la llamada telefónica.

La mujer bufó y se rascó la cabeza con un lápiz.

– A partir de hoy, llama a tu papá en tus horas libres. No malgastes el tiempo de la taberna. Ni el mío.

– Sí, lo haré. No lo olvidaré.

La serenidad era esencial. Se aferró con fuerza al puesto en un intento por no despertar las iras de la señora Swann, al tiempo que procuraba disimular su aversión hacia la mujer.

– Aprendo rápido, señora Swann. Ya lo verá. La gente nunca tiene que repetirme dos veces una cosa.

La señora Swann le dirigió una mirada penetrante. Sus ojos de rata centellearon mientras meditaba.

– ¿Aprendes rápido lo que te enseña tu hombre, muchacha? Toda clase de cosas nuevas, supongo. ¿No es cierto?

Nancy frotó una mancha de su blusa rosa descolorida.

– Me voy -dijo en respuesta, y pasó por debajo del puesto.

Aunque las luces seguían encendidas, en el patio sólo quedaba el grupo de Lynley y los Comediantes de Nanrunnel. Nancy los divisó frente al teatro. Mientras St. James y lady Helen aguardaban entre los asientos vacíos, Lynley posaba con la compañía y su prometida tomaba fotos. El flash iluminaba cada vez un rostro satisfecho distinto, plasmando en la película sus atavíos de otra época. Lynley se comportaba con su elegancia habitual; charlaba con el párroco y su esposa, reía de los jocosos comentarios que hacía lady Helen Clyde.