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La vida le resulta muy fácil, pensó Nancy.

– No son diferentes, querida. Sólo lo aparentan.

Las palabras y su punzante agudeza sobresaltaron a Nancy. Se giró en redondo y vio que el doctor Trenarrow estaba sentado en la oscuridad, apoyado contra una pared del patio.

Nancy le había evitado durante toda la velada, apartándose de su campo de visión cuando se acercaba a beber. Ahora, sin embargo, no pudo evitar el contacto, puesto que se había levantado y acercado a la luz.

– Estás preocupada por la casa -dijo-. Olvídalo. No voy a echarte. Mick y yo lo arreglaremos todo.

Nancy notó que el sudor humedecía su nuca, a pesar de sus tranquilizadoras palabras. Era la pesadilla que había temido, encararse con él, tener que discutir la situación, tener que inventar excusas. Para colmo, a unos tres metros de distancia, la señora Swann había levantado la cabeza, olvidando la caja del dinero. El nombre de Mick había despertado su curiosidad.

– Conseguiré el dinero -balbuceó ella-. Lo conseguiré.

– No debes preocuparte, Nancy -insistió Trenarrow-. No necesitabas acudir a la caridad de lord Asherton. Tendrías que haber hablado conmigo.

– No, verá…

No podía explicarlo sin dar paso a la ofensa. Él no comprendería por qué podía pedir ayuda a Lynley, y no a él. No podía comprender que un préstamo de Lynley no implicaba caridad, porque lo concedía sin juzgar, por amistad y preocupación. Era la única persona que ayudaría a Nancy sin hacer hincapié en el fracaso de Mick y en el fracaso de su matrimonio. Incluso en este momento, percibía la forma en que el doctor Trenarrow consideraba su situación. Incluso en este momento, percibía su compasión.

– Porque un aumento del alquiler no es…

– Por favor.

Nancy emitió un leve sollozo y salió corriendo a la calle. Oyó que el doctor Trenarrow gritaba su nombre una vez, pero no se detuvo.

Frotándose los brazos, doloridos de sostener jarras de cerveza en la mano y manipular las espitas toda la noche, se internó por Paul Lane hacia la entrada de la calle Ivy, que conducía al corazón del pueblo, abigarrado conjunto de callejones y callejas tortuosos, pendientes inclinadas, estrechas callejuelas adoquinadas, inaccesibles a los coches. De día, los veraneantes acudían en masa a fotografiar los pintorescos edificios antiguos, de coloridos jardines y torcidos tejados de pizarra. De noche, sin embargo, la zona sólo estaba iluminada por los rectángulos de luz que dibujaban las ventanas de las casas. Era un lugar poco recomendable para demorarse en él, en tinieblas y habitado por generaciones de gatos que crecían en la colina que dominaba el pueblo y se alimentaban en los cubos de basura.

Gull Cottage se hallaba a cierta distancia del laberinto de calles. Ocupaba la esquina de la plaza Virgin, y semejaba una caja de cerillas enjalbegada, con adornos de un azul eléctrico en las ventanas y abundantes fucsias plantadas junto a la puerta. Las flores color rojo sangre que brotaban de las plantas cubrían el suelo.

Cuando Nancy se acercó a la casa, aminoró el paso. Oyó el ruido desde tres casas antes. Molly estaba llorando, chillando, de hecho.

Consultó su reloj. Era casi medianoche. Molly tendría que haber cenado, tendría que estar dormida. ¿Por qué demonios no se había ocupado Mick de la niña?

Nancy, exasperada por la idea de que su marido hiciera oídos sordos a los gritos de la niña, recorrió la distancia que la separaba de la casa, abrió el portal del jardín y se precipitó hacia la puerta.

– ¡Mick! -gritó.

Oía los chillidos de Molly arriba, en el único dormitorio. Una oleada de pánico la asaltó al imaginarse el rostro de la niña, rojo de rabia, su cuerpecito tenso de miedo. Abrió la puerta de un empujón.

– ¡Molly!

Ya dentro, subió los peldaños de dos en dos. Hacía un calor insoportable.

– ¡Molly, mi pequeña!

Se precipitó hacia el catre de su hija, la levantó y descubrió que estaba empapada de orina. Estaba muy caliente. Hilillos de cabello dorado se rizaban sobre su cráneo.

– Cariño, criatura. ¿Qué te ha pasado? -murmuró, y luego empezó a gritar-. ¡Michael! ¡Mick!

Nancy apoyó a Molly contra su hombro y descendió la escalera. Sus pies golpearon con estrépito la madera desnuda de camino hacia la cocina, situada en la parte posterior de la casa. Lo más importante era dar de comer a la niña. Con todo, se permitió un pequeño estallido de cólera.

– Quiero hablar contigo -gritó a la puerta cerrada de la sala de estar-. Michael, ¿me has oído? Quiero hablar contigo. Ahora.

Mientras hablaba, observó que la puerta no estaba cerrada. La abrió de una patada.

– Michael, ¿quieres hacer el favor de contestar cuando…?

Notó que se le erizaba el vello de los brazos. Mick yacía en el suelo. O alguien yacía en el suelo, porque sólo veía una pierna. Sólo una. No dos. Muy curioso, a menos que estuviera dormido con una pierna levantada y la otra completamente extendida. Pero ¿cómo era posible que estuviera dormido? Hacía calor. Mucho calor, y los gritos de Molly…

– Mick, ¿me estás gastando una broma de mal gusto?

No hubo respuesta. Los gritos de Molly se habían convertido en un sollozo apagado. Nancy entró en la sala.

– Eres tú, ¿verdad, Mick?

Nada. Pero sí, era Mick. Reconoció su zapato, un frívolo náutico rojo con una cinta plateada alrededor del tobillo. Una de sus nuevas adquisiciones, algo que no necesitaba, algo que costaba demasiado dinero, que robaba a la niña, otra sangría en el talonario. Sí, era Mick, tendido en el suelo. Y ella sabía muy bien qué pretendía, fingiendo que dormía para que ella no le regañara por hacer caso omiso de la niña.

En cualquier caso, era impropio de él no ponerse en pie de un brinco, reírse de su habilidad para asustarla con otra de sus bromas, y Nancy estaba asustada. Porque algo fallaba. El suelo estaba cubierto de papeles, muchos más de los que solía desparramar Mick. Los cajones del escritorio estaban abiertos, las cortinas, corridas. Un gato maullaba fuera, pero el silencio reinaba en la casa, y un hedor a heces y sudor impregnaba el aire caliente.

– ¿Mickey?

El sudor cubría sus manos, axilas, rodillas y codos. Molly se agitó en sus brazos. Nancy se obligó a avanzar. Dos centímetros. Dos más. Un paso entero. Quince centímetros. Y entonces comprendió por qué su marido no había oído los gritos de Molly.

Aunque yacía inmóvil en el suelo, no fingía dormir. Tenía los ojos abiertos, pero fijos y vidriosos. Mientras Nancy miraba, una mosca se paseó sobre la superficie de un iris azul.

Ante ella, la imagen de Mick parecía fluctuar a causa del calor, parecía animada por una fuerza exterior a su cuerpo. Debería moverse, pensó ella. ¿Por qué está tan quieto? ¿Será otro truco? ¿No nota la mosca?

Entonces, vio las demás moscas. Siete u ocho. Como máximo. Por lo general, escogían la cocina como residencia y zumbaban mientras ella cocinaba. Pero ahora volaban en círculo alrededor de las caderas de su marido, donde los pantalones estaban rotos, donde se abrían por la cintura, donde alguien los había estirado brutalmente para acceder…, para mutilar…

Corría sin el menor sentido de la orientación y sin ningún propósito. Sólo pensaba en poner tierra de por medio.

Salió de la casa como una exhalación, cruzó el portal y desembocó en la plaza Virgin. La niña volvió a aullar en sus brazos. Tropezó con un adoquín y estuvo a punto de caer, pero se tambaleó tres pasos, chocó con un cubo de basura y se enderezó, agarrándose al desagüe de lluvia de una casa.

La oscuridad era total. La luz de la luna bañaba los techos y los costados de los edificios, pero arrojaba largas sombras sobre la calle y creaba charcos de ébano en los que Nancy chapoteaba, indiferente al pavimento irregular, a las ratas que correteaban en la noche. Divisó la entrada de la calle Ivy y se lanzó hacia ella, en busca de la seguridad que prometía Paul Lane, justo detrás.