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– Por favor.

Su boca formó las palabras. Ni siquiera las oyó. Luego, por encima de los sonidos ásperos que surgían de sus pulmones, escuchó voces y risas, procedentes de Paul Lane.

– Muy bien, te creo. Ahora, localiza Orion -decía la voz afable de un hombre-. Oh, por el amor de Dios, al menos sabrás dónde está la Osa Mayor, Helen.

– La verdad, Tommy, sólo intento orientarme. Tienes la paciencia de un niño de dos años. Sé…

Nancy se abalanzó sobre ellos y cayó de rodillas.

– ¡Nancy!

Alguien la tomó en brazos, la ayudó a incorporarse. Molly aullaba.

– ¿Qué pasa? ¿Te encuentras bien?

Era la voz de Lynley, y los brazos de Lynley la sujetaban por los hombros, como un salvador.

– ¡Mick! -gritó, tirándole con fuerza de la chaqueta. Después de pronunciar la palabra que necesitaba, empezó a chillar-. ¡Es Mick! ¡Es Mick!

Las luces de las casas cercanas se encendieron.

St. James y Lynley entraron juntos, dejando a las tres mujeres en el jardín. El cuerpo de Mick Cambrey se hallaba en la sala de estar, a menos de seis metros de la puerta principal. Los dos hombres se acercaron y contemplaron la escena, petrificados de horror.

– Santo Dios -murmuró St. James.

Había visto muchos espectáculos siniestros durante el tiempo que llevaba colaborando con Scotland Yard, pero el cuerpo mutilado de Cambrey le impresionó sobremanera: la mutilación que alienta el principal temor de un hombre. Desvió la mirada y advirtió que alguien había registrado a fondo la sala de estar, pues habían sacado todos los cajones del escritorio, esparcido correspondencia, sobres, papel de carta e incontables papeles. Habían roto marcos de fotografías y desgarrado el interior. Un billete de cinco libras estaba caído en el suelo, cerca de un raído sofá azul.

Fue una reacción automática, producto de su breve carrera con la policía y de su devoción por la ciencia forense. Más tarde, se preguntaría por qué se le ocurrió la | idea, considerando la desunión que provocó entre ellos.

– Vamos a necesitar a Deborah -dijo.

Lynley se había acuclillado junto al cadáver. Se puso en pie de un salto e interceptó a St. James en la puerta.

– ¿Has perdido la razón? No pensarás en pedirle…| Es una locura. A quien necesitamos es a la policía, lo sabes tan bien como yo.

St. James abrió la puerta.

– Deborah, ¿quieres…?

– Quédate donde estás, Deborah -le interrumpió Lynley. Se volvió hacia su amigo-. No lo permitiré. Lo digo en serio, St. James.

– ¿Qué sucede, Tommy?

Deborah avanzó un paso.

– Nada.

St. James contempló al otro hombre con curiosidad, intentando comprender, sin conseguirlo, el motivo de que advirtiera a Deborah.

– Sólo nos llevará un momento, Tommy -explicó-. Creo que es lo mejor. Quién sabe cómo será el DIC local. Es posible que soliciten tu ayuda, así que vamos a adelantarnos y tomar unas fotos. Después, telefonea. ¿Quieres traer la cámara, Deborah?

La joven caminó hacia él.

– Por supuesto. Toma…

– Quédate ahí, Deborah.

La explicación resultaba razonable a los oídos de St. James, pero no así la reacción de Lynley.

– ¿Y la cámara? -preguntó Deborah.

– ¡He dicho que te quedes ahí!

Se encontraban en un callejón sin salida. Deborah alzó una mano vacilante, miró a Lynley y después a St. James.

– Tommy, ¿pasa algo…?

Lady Helen la interrumpió, tocando apenas su brazo, y se reunió con los dos hombres.

– ¿Qué ha sucedido? -preguntó.

– Helen, alcánzame la cámara de Deborah -contestó St. James-. Mick Cambrey ha sido asesinado y quiero fotografiar la habitación antes de telefonear a la policía.

No dijo nada más hasta tener la cámara en sus manos. La examinó con minuciosidad y estudió su mecanismo en un silencio que se hacía más tenso y desagradable a cada segundo que transcurría. Se dijo que la principal preocupación de Lynley consistía en que Deborah no viera el cadáver, en que no le pidiera que hiciera las fotografías. En realidad, estaba seguro de que esa había sido la intención de su amigo cuando insistió en que se quedara fuera. Había malinterpretado a St. James. Había pensado que le pedía a Deborah que hiciera ella las fotografías. Ese malentendido había degenerado en una discusión, y aunque la discusión no había ido a más, el hecho de que hubiera tenido lugar cargaba la atmósfera de elementos tristes y desagradables.

– Quizá prefieras esperar fuera hasta que haya terminado -dijo St. James a su amigo. Entró en la casa.

St. James tomó fotografías desde todos los ángulos, cuidando de no tocar el cadáver, y sólo paró cuando terminó el carrete. Luego, salió de la sala de estar, cerró del todo la puerta y se reunió con los demás, a los que se había unido una pequeña multitud de vecinos. Formaban un grupo apostado a corta distancia del jardín. Murmuraban entre sí y estiraban las cabezas para ver mejor.

– Que entre Nancy -dijo St. James.

Lady Helen la condujo hacia la casa. Vaciló un solo momento antes de dirigir a Nancy hacia la cocina, una habitación de forma oblonga, curioso techo inclinado y suelo de linóleo gris, suelto en varios lugares. La sentó en una silla situada a un lado de la manchada mesa de pino. Se arrodilló a su lado, la miró fijamente a la cara, cogió su brazo y sostuvo su delgada muñeca entre los dedos. Frunció el ceño y tocó la mejilla de Nancy con el dorso de su mano.

– Tommy -dijo lady Helen, con sorprendente calma-, telefonea al doctor Trenarrow. Me temo que ha sufrido un shock. Supongo que podrá ocuparse de ella, ¿no? -Cogió la niña y se la pasó a Deborah-. Habrá leche infantil en la nevera. ¿Quieres calentar un poco?

– Molly… -susurró Nancy-. Hambre. Le… di de comer.

– Sí -contestó lady Helen con ternura-. La cuidaremos, querida.

Lynley estaba hablando por teléfono en la otra habitación. Hizo una segunda llamada y habló menos rato, pero el sonido de su voz, alterado pero formal, fue suficiente para informar a los demás de que estaba hablando con la policía de Penzance. Regresó a la cocina al cabo de pocos minutos, con una manta que utilizó para envolver a Nancy, a pesar del calor.

– ¿Me oyes? -le preguntó.

Los párpados de Nancy se agitaron. Tenía los ojos en blanco.

– Molly… Comida.

– Aquí la tengo -dijo Deborah. Le cantaba una nana a la niña en el extremo opuesto de la cocina-. La leche está al fuego. Espero que le guste caliente, ¿eh? Es una niña muy bonita, Nancy. La niña más bonita que he visto en toda mi vida.

Eran las palabras adecuadas. Nancy se relajó en su silla. St. James dedicó a Deborah un cabeceo de agradecimiento y volvió a la sala de estar. Se quedó inmóvil en el umbral. Empleó varios minutos en examinar, pensar, evaluar lo que veía. Lady Helen se reunió con él. Incluso desde la puerta, no resultaba difícil hacerse una idea del material disperso sobre el suelo, sobre el escritorio, apoyado contra las patas de los muebles. Cuadernos de notas, documentos, páginas manuscritas, fotografías. St. James recordó lo que había comentado lady Asherton acerca de Mick Cambrey, pero la índole del crimen daba al traste con la conclusión a la que habría llegado a partir de aquellas palabras.

– ¿Qué opinas? -le preguntó lady Helen.

– Era periodista. Está muerto. Es posible que ambos hechos tengan relación, pero el cadáver lo niega un millón de veces.

– ¿Porqué?

– Le han castrado, Helen.

– Santo cielo. ¿Fue la causa de su muerte?

– No.

– ¿ Cuál fue, entonces?

Un golpe en la puerta pospuso la respuesta. Lynley salió de la cocina para permitir la entrada a Roderick Trenarrow. El doctor entró en silencio. Miró alternativamente a Lynley, St. James y lady Helen, y después al suelo de la sala de estar, donde se veía parte del cuerpo de Mick Cambrey, incluso desde la puerta principal. Por un momento, dio la impresión de que iba a precipitarse hacia él, con la intención de salvar a un hombre para el que ya no existía salvación.