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– ¿Están seguros? -preguntó a los demás.

– Por completo -contestó St. James.

Los labios de Trenarrow se movieron convulsivamente.

– ¿Dónde está Nancy?

Sin aguardar la respuesta, se dirigió a la cocina, donde las luces brillaban alegremente y Deborah parloteaba de niños, como si de esta forma confiara en anclar a Nancy a la realidad. Trenarrow ladeó la cabeza de Nancy y examinó sus ojos.

– Ayúdenme a llevarla arriba -dijo-. Rápido. ¿Alguien ha telefoneado a su padre?

Lynley asumió la responsabilidad. Lady Helen ayudó a Nancy a incorporarse y la sacó de la cocina, mientras el doctor Trenarrow las precedía. Deborah los siguió, sin soltar a la niña. Al cabo de un momento, se oyó la voz afectuosa del doctor Trenarrow, formulando preguntas en el dormitorio del piso superior, seguidas de las quejumbrosas respuestas de Nancy. Los muelles de la cama crujieron. Se abrió una ventana. La madera seca del bastidor chirrió.

– No contesta nadie en el pabellón -dijo Lynley-. Telefonearé a Howenstow. Quizá esté allí. Sin embargo, luego de una breve conversación con lady Asherton, continuaron sin conocer el paradero de John Penellin. Lynley consultó su reloj y frunció el ceño.

– Son las doce y media. ¿Dónde demonios podrá estar a estas horas de la noche?

– No fue a ver la obra, ¿verdad?

– ¿John? No. No creo que los Comediantes de Nanrunnel le atraigan para nada.

En el piso de arriba, Nancy lanzó un grito. Como en respuesta a esta única demostración de angustia, [sonó un golpe en la puerta principal. Lynley abrió y entró la policía local, encarnada en la persona de un agente regordete y de cabello rizado, cuyo uniforme distinguía por grandes manchas de sudor bajo las axilas y una de café en los pantalones. Aparentaba unos veintitrés años. No perdió el tiempo con presentaciones ni con las formalidades inherentes a una investigación de asesinato. Al cabo de escasos segundos, resultó patente que se sentía como en casa con un cadáver delante.

– ¿Se topó la chica con un crimen? -preguntó con indiferencia, como si cada día se produjeran asesinatos en Nanrunnel. Quizá para subrayar tal indiferencia, sacó un chicle y se lo metió en la boca-. ¿Dónde está la víctima?

– ¿Quién es usted? -preguntó Lynley-. Usted no es del DIC.

El agente sonrió.

– T. J. Parker -anunció-. Thomas Jefferson. A mamá le gustaban los yanquis.

Se encaminó hacia la sala de estar.

– ¿Es usted del DIC? -preguntó Lynley, mientras el agente apartaba de una patada una libreta de notas-. Dios todopoderoso. No toque nada.

– No se preocupe -contestó el agente-. El inspector Boscowan me ha enviado para que no se toque nada. Vendrá en cuanto se haya vestido. No debe preocuparse. Bien. ¿Qué tenemos aquí? -Echó el primer vistazo al cadáver y masticó el chicle con más rapidez-. Alguien le tenía manía a este tipo, ¿humm?

Empezó a dar vueltas por la habitación. Aunque no llevaba guantes, toqueteó varios objetos del escritorio de Cambrey.

– Por el amor de Dios -se enfureció Lynley-. No toque nada. Espere a que lleguen los técnicos.

– Robo -anunció Parker, como si Lynley no hubiera hablado-. Sorprendido in fraganti, diría yo. Una pelea. Un poco de diversión después con las tijeras de podar.

– Escuche, maldita sea…

Parker le apuntó con un dedo.

– Esto es trabajo de la policía, señor. Le agradeceré que espere en el vestíbulo.

– ¿Llevas encima tu tarjeta de identificación? -preguntó St. James a Lynley en voz baja-. Es capaz de poner la habitación patas arriba si no haces algo por impedirlo.

– No puedo, St. James. No es mi jurisdicción.

Mientras hablaban, el doctor Trenarrow bajó la escalera. Parker se volvió hacia la puerta de la sala de estar, echó un vistazo al maletín de Trenarrow y sonrió.

– Menudo follón tenemos aquí, doctor -anunció-. ¿Había visto nunca algo parecido? Eche una ojeada, si quiere.

– Agente.

La voz de Lynley apelaba a la razón y a la paciencia.

Trenarrow pareció comprender lo inapropiado de la sugerencia del agente.

– Quizá pueda hacer algo para mitigar el desastre -dijo en voz baja a Lynley, y se acercó al cadáver.

Se arrodilló, lo examinó a toda prisa, buscó el pulso, estimó la temperatura, movió un brazo para comprobar el avance del rigor mortis. Se trasladó al otro lado y se inclinó para examinar las numerosas heridas.

– Una carnicería -murmuró. Levantó la vista-. ¿Han encontrado algún arma?

Paseó la mirada por la habitación, palpó entre los papeles y objetos cercanos al cadáver.

St. James se estremeció ante el desbarajuste que estaba sufriendo el escenario del crimen. Lynley blasfemó. El agente no hizo nada.

Trenarrow indicó con un movimiento de cabeza un atizador apoyado junto a la chimenea.

– ¿Podría ser ésa su arma? -preguntó.

El agente Parker sonrió al estallar su chicle. Rió por lo bajo cuando Trenarrow se levantó.

– ¿Para hacer ese apaño? -preguntó-. Me parece que no está lo bastante afilado, ¿verdad?

La broma no divirtió a Trenarrow.

– Quiero decir el arma del crimen -replicó-. Cambrey no murió a causa de la castración, agente. Cualquier idiota se daría cuenta.

La reprimenda que implicaban las palabras de Trenarrow no pareció ofender a Parker.

– No le mató. Muy bien. Tan sólo puso punto final al asunto, ¿no cree?

Dio la impresión de que Trenarrow intentaba reprimir una furiosa réplica.

– En su opinión, ¿cuánto rato lleva muerto? -fue la genial pregunta siguiente de Parker.

– Unas dos o tres horas, pero imagino que alguno de sus compañeros vendrá para confirmárselo.

– Oh, sí. Cuando ella llegue con el resto del DIC -dijo el agente. Se meció sobre los talones, hizo estallar el chicle otra vez y consultó su reloj-. ¿Dos o tres horas, ha dicho? Eso nos lleva a las nueve y media o a las diez y media. Bueno… -suspiró y se frotó las manos con indisimulado placer-, por algo se empieza, ¿no? En el trabajo policial se debe empezar por algo.

TERCERA PARTE. INVESTIGACIÓN

10

Desde el momento en que frenaron delante del pabellón de Howenstow, a las dos y cuarto de la madrugada, los acontecimientos se precipitaron. De hecho se habían ido acumulando hasta tal extremo que resultaba difícil asimilar la situación. El inspector Edward Boscowan lo comprendió nada más llegar a Gull Cottage, acompañado de los expertos del DIC de Penzance.

Echó un vistazo al agente Parker, arrellanado en un butacón que no distaba ni un metro del cadáver de Mick Cambrey; echó un segundo vistazo a St. James, Trenarrow y Lynley, que esperaban en el diminuto vestíbulo; a Deborah, en la cocina; a lady Helen y Nancy Cambrey, en el piso de arriba, y a la niña, que descansaba en su catre. Su rostro viró del blanco al púrpura. Habló por lin, pero sólo al agente, con tan estudiado control, que no necesitó demostrar de otra manera su furia.

– ¿Una reunión para tomar el té, agente? A pesar de lo que piense, no es usted Mad Hatter. ¿O es que aún no se lo han dicho?

El agente sonrió, inquieto, a modo de respuesta. Se puso en pie, se rascó una axila y asintió con la cabeza, como si estuviera de acuerdo.

– Esto es el escenario del crimen -barbotó Boscowan-. ¿Qué hace esta gente aquí?

– Ya estaban dentro cuando llegué -contestó Parker.

– ¿De veras? -preguntó Boscowan con una leve sonrisa. Cuando Parker se la devolvió, momentáneamente tranquilizado por lo que había confundido con afabilidad de su superior, éste gritó-: ¡Bien, pues échelos ahora! ¡Es lo primero que debería haber hecho!