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Lynley se había dado cuenta del detalle. Sabía que St. James también se había dado cuenta. Sin embargo, entre la confusión producida por la histeria de Nancy, el caos de la sala de estar y la visión del cadáver de Cambrey, ambos habían pasado por alto, olvidado o mostrado una indiferencia inusual hacia el principio fundamental del trabajo policial. Aunque no habían tocado nada, habían entrado en la sala, Trenarrow había entrado en la sala, por no mencionar que Helen, Deborah y Nancy habían estado en la cocina y en el piso de arriba. Todos habían dejado fibras, cabellos y huellas dactilares por todas partes. Una pesadilla para el equipo forense. Él, un policía, era el responsable, siquiera por omisión. Su comportamiento había sido imperdonablemente incompetente, y no podía excusarlo diciéndose que conocer a los principales implicados en el crimen le había ofuscado la mente, porque en otras ocasiones había conocido a los principales implicados en un crimen y mantenido la cabeza clara. Pero esta vez no. Había perdido el control en cuanto St. James implicó a Deborah.

Boscowan no volvió a censurar a nadie. Se limitó a tomarles las huellas y a enviarlos a la cocina, mientras el sargento y él subían a hablar con Nancy y el equipo de analistas comenzaba a trabajar en la sala de estar. Pasó casi una hora con Nancy, repasando con paciencia los hechos. Después de arrancarle lo poco que pudo, la envió a casa de su padre con Lynley.

Ahora, Lynley levantó la vista hacia el pabellón. La puerta principal estaba cerrada, así como las ventanas, y las cortinas corridas. Estaba envuelta en la oscuridad y las rosas rojas que formaban un macizo en el porche y rodeaban las ventanas de la planta baja parecían manchas de tinta en las sombras.

– Entraré contigo -dijo Lynley-, por si tu padre no ha vuelto aún.

Nancy se agitó en el asiento posterior donde, embutida entre lady Helen y St. James, sostenía a la niña. El doctor Trenarrow le había administrado un sedante suave, y desde aquel momento la droga había conseguido protegerla de la conmoción.

– Papá está durmiendo -murmuró, apoyando la mejilla en la cabeza de Molly-. Hablé con él por teléfono durante el intermedio de la obra. Se habrá ido a la cama.

– No estaba en casa cuando telefoneé a las doce y media -contestó Lynley-, por lo cual es posible que todavía no haya llegado. Si es así, preferiría que vinierais con nosotros a casa, para que no os quedéis solas. Le dejaremos una nota.

– Estará durmiendo. El teléfono está en la sala de estar, y su habitación arriba. No lo habrá oído.

– ¿Mark no lo habría oído?

– ¿Mark? -Nancy vaciló. Era obvio que no había pensado en su hermano-. No. Mark duerme como un tronco, ¿verdad? Pone música, a veces. No lo habría oído. Además, los dos estarán durmiendo en el piso de arriba, seguro.

Se removió en el asiento, preparándose para salir. St. James abrió la puerta.

– Voy a entrar. Gracias. No sé lo que habría pasado si no los hubiera encontrado en Paul Lane.

Hablaba como si estuviera a punto de dormirse. Lynley bajó y la ayudó a salir del coche, con la colaboración de St. James. A pesar de la afirmación de Nancy de que su padre y su hermano estaban durmiendo en el pabellón, Lynley no tenía intención de dejarla sin asegurarse de que ése era el caso. Enmascarado tras sus palabras, había captado el inconfundible tono de premura que suele acompañar a una mentira. No era inconcebible que hubiera hablado con su padre por teléfono durante la noche, pero el hombre no se encontraba en casa cuando Lynley le llamó desde Gull Cottage noventa minutos antes, y las aseveraciones de Nancy, en el sentido de que su padre, y también su hermano, no habían oído el teléfono porque estaban dormidos, no sólo eran improbables, sino que ponían de manifiesto cierta necesidad de ocultar algo.

Cogió a Nancy por el brazo y la guió por el sendero irregular de baldosas hasta el porche, donde las rosas desprendían una fragancia que impregnaba el aire cálido de la noche. Ya dentro de la casa, un rápido vistazo confirmó sus sospechas. En el pabellón no había nadie. Mientras Nancy entraba, vacilante, en la sala de estar y se desplomaba en una mecedora con respaldo de caña, donde canturreó para su hija, Lynley volvió a la puerta principal.

– Aquí no hay nadie -anunció a los demás-, pero prefiero esperar a John antes que llevar a Nancy a la mansión. ¿Os queréis adelantar?

St. James decidió por todos.

– Entraremos.

Se reunieron con Nancy en la sala de estar y se acomodaron entre y sobre los muebles, atestados de objetos. Ninguno de los visitantes habló, sino que prefirieron examinar los efectos personales de Penellin que abarrotaban las paredes, las mesas y el suelo, dando testimonio de las vidas y personalidades de la familia que ocupaba el pabellón desde hacía veinticinco años. Porcelanas españolas (la pasión de la madre de Nancy) acumulaban polvo sobre un piano de espineta. De una pared colgaba una docena de paneles con mariposas, los cuales, junto con numerosos trofeos de tenis antiguos, daban fe de las numerosas aficiones que tenía John Penellin. En una amplia ventana salediza se exhibía una amplia colección de almohadas de punto que Nancy había confeccionado con escasa habilidad, descoloridas y dispuestas de una forma tan apretada, que daban la impresión de haber sido colocadas allí para no estorbar. En un rincón, la única fotografía de la habitación descansaba sobre un televisor. Plasmaba a Nancy, Mark y su madre en la época de Navidad, poco antes de la catástrofe ferroviaria que segó la vida de la señora Penellin.

Al cabo de unos minutos de escuchar el tic tac del reloj de pared y los sonidos de las cigarras y un ruiseñor que se colaban por la ventana que Lynley había abierto, Nancy Cambrey se puso en pie.

– Molly se ha dormido -dijo-. La llevaré arriba.

Cuando oyeron sus movimientos en el piso de arriba, fue lady Helen quien expresó con palabras lo que pasaba por la mente de Lynley. Habló con su estilo directo habitual.

– Tommy, ¿dónde crees que está John Penellin? ¿Piensas que Nancy llegó a hablar con él durante la representación? Me pareció muy extraño que insistiera tanto en que había hablado con él.

Lynley estaba sentado en el banco del piano. Acarició tres teclas y arrancó una discordancia apenas audible.

– No sé -contestó.

Aunque hubiera podido pasar por alto el intuitivo comentario de Helen, lo que no podía pasar por alto era la conversación que había mantenido con Nancy aquella tarde, ni tampoco la aversión con que su padre había hablado del marido de Nancy. John Penellin no tenía el menor aprecio por Mick Cambrey.

El reloj dio la media. Nancy volvió a reunirse con ellos.

– No se me ocurre dónde puede estar papá -dijo-. No hace falta que se queden. Ya me encuentro bien.

– Nos quedaremos -afirmó Lynley.

La joven se colocó el cabello detrás de las orejas y frotó los costados del vestido.

– Habrá salido hace poco. Suele hacerlo cuando no puede dormir. Pasea por la finca. Acostumbra a hacerlo por las noches, antes de acostarse. Pasea por la finca. Estoy segura de que no habrá ido muy lejos.

Nadie mencionó la extrema improbabilidad de que John Penellin hubiera salido a pasear por la finca a las dos de la madrugada. Tampoco hubo necesidad, porque los acontecimientos conspiraron para demostrar que Nancy mentía. Apenas dejó de hablar, las luces de un coche barrieron las ventanas de la sala de estar. Un motor tosió. Una puerta se abrió y cerró. Sonaron pasos sobre las lajas y, un momento después, en el porche. Nancy se precipitó hacia la puerta.

Todos oyeron la voz de Penellin con suma claridad.

– ¡Nancy! ¿Qué haces aquí? ¿No le habrá pasado algo a Mark? Nancy, ¿dónde está Mark?

Ella extendió una mano cuando su padre entró. El hombre la cogió.

– Papá.

La voz de Nancy, presa de la incertidumbre y la cautela, vaciló.

Penellin, de repente, vio a los reunidos en la sala de estar. Su cara reflejó alarma.