Lo que dijo a continuación confirmó esta suposición.
– Hablé con mi padre después del intermedio. A las diez y media, más o menos. Desde una cabina.
Todo el mundo calló. Nancy intentó levantarse, pero le fallaron las fuerzas. A pesar del calor que reinaba en la sala, sus piernas temblaban debajo de la manta.
– Telefoneé. Hablé con papá. Estaba en casa. Montones de personas me habrán visto llamar. Pregunten a la señora Swann. Ella sabe que hablé con papá. Estaba aquí. Dijo que no había salido en toda la noche.
– Pero, Nancy -repuso Lynley-, tu padre salió. No estaba aquí cuando yo le llamé. Volvió a los pocos minutos de que todos llegáramos. ¿Por qué mientes? ¿Tienes miedo de algo?
– Pregunte a la señora Swann. Ella me vio. En la cabina. Ella le dirá…
Música rock, procedente del exterior, atronó la si lenciosa noche. Nancy se puso en pie de un salto.
Se abrió la puerta y Mark Penellin entró. Cargaba sobre el hombro un combi portátil estéreo que emitía a todo volumen My generation, nostalgia nocturna sal cargada de venganza. Mark cantaba el estribillo, pero enmudeció a mitad de una frase cuando vio al grupo en la sala de estar. Manoteó con torpeza los mandos. Roger Daltrey aulló con más fuerza por un instante, antes de que Mark controlara el volumen y apagara el aparato.
– Lo siento.
Dejó el combi en el suelo. Había dejado una marca en la suave piel de becerro de la chaqueta, y, como si el muchacho se hubiera dado cuenta sin mirar, frotó sus dedos contra la tela para borrarla.
– ¿Qué pasa? ¿Qué haces aquí, Nance? ¿Dónde está papá?
Añadido a lo sucedido antes, la súbita aparición de su hermano en el pabellón y sus preguntas parecieron destruir las defensas inadecuadas que Nancy había levantado para encubrir el comportamiento de su padre durante la noche. Se desplomó en la mecedora. La manta cayó al suelo.
– ¡Ha sido por tu culpa! -gritó-. La policía ha venido a buscar a papá. Se lo han llevado y no dirá nada por tu culpa. -Empezó a llorar y extendió la mano hacia su bolso, que estaba tirado en el suelo-. ¿Qué más vas a hacerle, Mark? Dímelo.
Abrió el bolso, rebuscó en su interior y sacó un arrugado pañuelo de papel, sin dejar de sollozar.
– Mickey. Oh, Mick.
Mark Penellin, que no se había movido aún, parecía esforzarse por comprender las palabras de su hermana. Tragó saliva y miró a todos los presentes, uno por uno, antes de volver a fijar la vista en Nancy.
– ¿Le ha pasado algo a Mick?
Nancy continuó llorando.
Mark se echó hacia atrás el pelo. Se acarició el mentón con los nudillos. Pronunció las palabras que todos temían.
– Nancy, ¿le ha hecho papá algo a Mick?
Nancy saltó de la silla. El bolso salió despedido por los aires y su contenido se desparramó por el suelo.
– ¡No digas eso! Ni se te ocurra. Tú eres el culpable de todo. Papá y yo lo sabemos. Lo sabemos.
Mark retrocedió hacia la escalera. Su cabeza chocó contra el pasamano.
– ¿Yo? ¿De qué estás hablando? Esto es una locura. Tú estás loca. ¿Qué cojones ha pasado?
– Mick ha sido asesinado -contestó Lynley.
La sangre afluyó al rostro de Mark. Se volvió en redondo hacia su hermana.
– ¿Y crees que yo lo hice? ¿Eso es lo que piensas? ¿Que he matado a mi cuñado, a tu marido?
– Lanzó una risotada-. ¿Por qué tendría que haberme molestado, si papá no ha parado de buscar una forma de liquidarle desde el año pasado?
– ¡No digas eso! ¡Ni se te ocurra! ¡Has sido tú!
– De acuerdo. Lo que tú digas.
– Lo que yo sé. Lo que papá sabe.
– Papá lo sabe todo, vale. Es una suerte que sea tan listo.
Cogió el combi y subió de golpe cinco escalones. Las palabras de Lynley le detuvieron.
– Mark, hemos de hablar.
– ¡No! -Continuó hablando, sin dejar de subir-. Reservaré lo que tenga que decir para nuestra flamante policía. En cuanto mi hermana me acuse.
Una puerta se cerró con estrépito.
Molly empezó a llorar.
11
– ¿Qué sabes, en realidad, de Mark Penellin? -preguntó St. James, alzando la vista del papel en que ambos llevaban concentrados un cuarto de hora.
Lynley y él estaban solos en el pequeño gabinete contiguo a la sala de estar de Howenstow, directamente sobre la entrada principal de la casa. Había dos lámparas encendidas, una sobre el escritorio de caoba frente al cual se encontraba sentado St. James, y la otra sobre una mesita de marquetería situada bajo las ventanas, que arrojaba un resplandor dorado sobre los cristales. Lynley tendió a St. James una copa de coñac y meció la suya en la mano, agitando el líquido con aire meditabundo. Estaba arrellanado en un sillón de orejas, cerca del escritorio, con las piernas extendidas y el nudo de la corbata aflojado. Bebió antes de contestar.
– No mucho. Es de la misma edad que Peter. De lo poco que me han contado acerca de él durante estos últimos años, deduzco que ha significado una decepción para la familia. Sobre todo para el padre.
– ¿En qué sentido?
– Como suelen decepcionar los jóvenes a sus padres. John quería que Mark fuera a la universidad. Mark estudió un año en Reading y luego lo dejó.
– ¿Suspendió?
– No le interesaba. De Reading pasó a trabajar como camarero de un bar de Maidenhead. Después marchó a Exeter, según creo recordar. Creo que tocaba la batería en un conjunto. No salió como él esperaba; no hubo fama, fortuna ni, en especial, contrato lucrativo con una discográfica. Trabaja en la finca desde entonces, al menos desde los dieciocho últimos meses. No sé muy bien por qué. La administración de una finca nunca pareció interesar en exceso a Mark. Quizá haya pensado en suceder a su padre como administrador de las tierras cuando John se retire.
– ¿Es una posibilidad?
– Es posible, siempre que Mark acumule experiencia, lo que podría suceder si continúa trabajando aquí.
– ¿Confía Penellin en que su hijo le suceda?
– Yo diría que no. John estudió en la universidad. Cuando se jubile, para lo cual falta mucho, no esperará que yo ceda su empleo a alguien cuya experiencia en Howenstow se reduce a limpiar los establos.
– ¿Ésa ha sido la única experiencia de Mark?
– Oh, ha pasado cierto tiempo en una o dos vaquerías, y también en varias granjas, pero administrar una finca exige mucho más que eso.
– ¿Tiene un buen sueldo?
Lynley hizo girar el pie de la copa entre sus dedos.
– No, creo que no. Pero la decisión fue de John. Tengo la impresión de que la calidad del trabajo de Mark no merece un sueldo muy alto. De hecho, el tema del salario de Mark ha sido motivo de disputa entre ambos desde que Mark llegó de Exeter.
– Si John no le paga mucho dinero, ¿pudo tentarle la cantidad que había en Gull Cottage? ¿Conocería las costumbres de su cuñado hasta el punto de saber que esta noche iba a preparar los sobres de los trabajadores del periódico? Al fin y al cabo, da la impresión de que vive un poco por encima de sus posibilidades, si la paga es tan baja como dices.
– ¿Por encima de sus posibilidades? ¿Qué quieres decir?
– El estéreo que llevaba le habrá costado sus buenas libras. La chaqueta parecía muy nueva. No vi sus botas con claridad, pero parecían de piel de serpiente.
Lynley se acercó a una ventana y la abrió. El aire de la madrugada era frío y húmedo, por fin, y el silencio de la noche intensificaba el lejano sonido del mar.
– No creo que Mark matara a su cuñado para robar el dinero, St. James, aunque debo admitir que no me cuesta imaginarle tropezándose con el cadáver de Mick y apoderándose del dinero al verlo encima del escritorio. El asesinato no parece propio de Mark. El oportunismo, en cambio, sí.
St. James repasó sus notas un momento y leyó el resumen de su conversación con Nancy Cambrey en el pabellón.