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– ¿Quieres decir que fue a la casa por otro motivo y descubrió que Mark estaba muerto, y que entonces cogió el dinero?

– Tal vez. No creo que Mark planeara el robo. Sabe muy bien el daño que haría a su hermana, y a pesar de cómo han actuado esta noche, Mark y Nancy siempre han estado muy unidos.

– Sin embargo, es muy posible que supiera lo de los sobres, Tommy.

– También es probable que todo el mundo lo sepa. No sólo los empleados del periódico, sino también los lugareños. Nanrunnel no es muy grande. Dudo de que haya cambiado mucho desde que yo era niño. En aquella época, créeme, había pocos secretos que no supiera toda la población.

– Si tal es el caso, ¿sabrían otras personas que Mick guardaba sus notas en casa?

– Imagino que los empleados del periódico lo sabrían. También el padre de Mick, sin duda, y, si lo sabía, ¿por qué no los demás? Al fin y al cabo, en el Spokesman no trabaja tanta gente.

– ¿Quiénes son?

Lynley volvió a sentarse en su butaca.

– Aparte de Mick, yo no conozco a muchos, excepto a Julianna Vandale. Si aún trabaja allí. Era la encargada de enviar los textos revisados a imprimir.

St. James alzó la vista al captar el tono de su voz.

– ¿Julianna Vandale?

– Exacto. Una hermosa mujer. Divorciada. Dos hijos. Unos treinta y siete años.

– ¿Le gustaba a Mick?

– Es probable, pero dudo de que Mick hubiera interesado a Julianna. No ha tratado mucho a los hombres desde que su marido la dejó por otra hace unos diez años. Desde entonces, nadie ha podido llegar muy lejos con ella. -Miró a St. James y sonrió con pesar-. Lo averigüé a mi costa durante unas vacaciones, cuando tenía veintiséis años y me sentía muy pagado de mí mismo. No hace falta decir que Julianna ni se inmutó.

– Ah. ¿Y el padre de Mick?

Lynley bebió un poco de coñac.

– Harry es bastante popular en el pueblo. Bebe mucho, fuma mucho, juega mucho. Blasfema como un poseso. Según Nancy, le operaron del corazón el año pasado, así que quizá haya cambiado sus costumbres.

– ¿Muy unido a Mick?

– En una época, sí. Ahora, lo ignoro. Mick empezó a trabajar en el Spokesman antes de dedicarse a escritor por cuenta propia.

– ¿Conocías a Mick, Tommy?

– Durante casi toda mi vida. Éramos de la misma edad. Pasé mucho tiempo en Nanrunnel hace años. Nos veíamos durante las vacaciones.

– ¿Erais amigos?

– Más o menos. Bebíamos juntos, salíamos en barca juntos, pescábamos, ligábamos chicas en Penzance. Cuando éramos adolescentes. Le vi muy poco desde que fui a Oxford.

– ¿Cómo era?

Lynley sonrió.

– Un hombre al que le gustaban las mujeres, la controversia y las bromas pesadas sobre la igualdad. Cuando era joven, al menos. No creo que cambiara mucho.

– Quizá descubramos un móvil en todo eso.

– Quizá.

Lynley explicó las alusiones a las infidelidades de Mark que John Penellin había sacado a relucir aquella tarde.

– Eso explica bastante bien el estado de su cuerpo -dijo St. James-. Un marido que se venga del hombre que le puso los cuernos, pero eso no explica el desorden de la sala de estar, ¿verdad?

St. James cogió su pluma para escribir una nota, pero cambió de idea. Un enorme cansancio se estaba apoderando de él. Lo sentía como polvo entre los párpados y sabía muy bien que no aguantaría mucho rato más. Sin embargo, un recuerdo a medio formar le obsesionaba, algo dicho antes que debía rememorar. Se agitó inquieto en la silla, su mirada cayó sobre el piano de la sala de estar y se acordó de lady Asherton, a la que había visto por la tarde cerca del instrumento.

– Tommy, ¿no dijo algo tu madre sobre una historia que Mick estaba escribiendo? ¿No se lo había contado Nancy?

– A mí también me lo mencionó.

– Entonces…

– Es una posibilidad. Tengo la impresión de que Mick le concedía un significado especial, sin comparación con lo que suele publicar el Spokesman. De hecho, no creo que su intención fuera publicarlo en Spokesman.

– ¿Algo que pudo haber irritado a su padre?

– Pero no hasta el extremo de matarle. Ni, mucho menos, de castrarle, St. James.

– Si el asesinato y la castración fueron obra de la misma persona -señaló St. James-, ambos vimos que la castración se efectuó después de muerto, Tommy.

Lynley meneó la cabeza.

– No me cuadra. Primero un asesino, y después un carnicero.

St. James admitió que a él tampoco le cuadraba.

– ¿Por qué crees que Nancy miente acerca de esa llamada telefónica? -St. James no aguardó la respuesta de Lynley, sino que la expresó en voz alta-. El que John Penellin fuera visto cerca de la casa no le beneficia en nada.

– John no mató a Mick. No es de esa clase de personas. No pudo matarle.

– De una forma intencionada.

– De ninguna forma.

Lynley se expresó con absoluta seguridad.

– No sería la primera vez que hombres buenos se vieran arrastrados hacia la violencia -repuso St. James-. Ya lo sabes. A una violencia involuntaria, producto de la ira. ¿Cuántas muertes más ocasiona un momento de locura que la premeditación? John estuvo allí, Tommy. Eso ha de significar algo.

Lynley se levantó y estiró sus miembros con un grácil movimiento.

– Hablaré con John por la mañana. Lo averiguaremos.

St. James se volvió hacia él, sin levantarse.

– ¿Y si la policía decide que ya ha encontrado a su hombre? ¿Y si las pruebas forenses respaldan la detención? Un cabello de Penellin sobre el cadáver, sus huellas dactilares en la sala, una mancha de sangre de Mick en la vuelta de los pantalones o en la manga de la chaqueta. Si anoche estuvo en la sala, saldrán a la luz pruebas que lo sustenten, más contundentes que el testimonio de los vecinos que le vieron y de los otros vecinos que escucharon una pelea. ¿Qué harás entonces? ¿Sabe Boscowan que eres policía?

– No lo voy pregonando por ahí.

– ¿Pedirá ayuda al Yard?

Lynley contestó muy a regañadientes, expresando con palabras los pensamientos de St. James.

– Si piensa que John Penellin es su hombre, no. -Suspiró-. Es muy extraño que Nancy me pidiera que ayudara a su padre. Tendremos que obrar con cautela, St. James. No podemos permitirnos el lujo de intervenir en una investigación oficial.

– ¿Y si lo hacemos?

– En Londres se armará un cirio.

Se despidió con un movimiento de cabeza y salió de la habitación.

St. James volvió a repasar sus notas. Cogió del escritorio una segunda hoja de papel y pasó varios minutos pergeñando columnas y categorías en las que colocaba la escasa información que poseían. John Penellin. Harry Cambrey. Mark Penellin. Maridos Desconocidos. Empleados del Periódico. Móviles Teóricos del Crimen. El Arma. La Hora de la Muerte. Escribió, clasificó, leyó y meditó. Las palabras empezaron a oscilar ante él. Apretó los dedos contra sus ojos cerrados. La brisa agitó una ventana batiente. Al mismo tiempo, la puerta de la sala de estar se abrió y cerró. Levantó la cabeza al oír el ruido. Deborah estaba inmóvil en las sombras.

Llevaba una bata cuyo color marfileño y tejido inmaterial la hacían parecer un espectro. Su cabello colgaba suelto alrededor de la cara y los hombros.

St. James empujó la silla hacia atrás y se puso en pie. Perdió el equilibrio por culpa de la pierna lisiada, y notó el dolor habitual cuando se tensaron los músculos de la cintura.

Deborah recorrió con los ojos la sala de estar hasta llegar al gabinete.

– ¿No está Tommy contigo?

– Se ha ido a la cama.

Ella frunció el ceño.

– Pensé que le había oído…

– Estuvo aquí antes.

– Ah,ya.

St. James esperó a que se marchara, pero Deborah entró en el gabinete y se detuvo a su lado. Sus cabellos le rozaron la manga, y olió la fragancia de lirios que desprendía su piel. St. James clavó los ojos en sus notas y notó que ella le imitaba.