– Ya sabrá que Mick Cambrey ha sido asesinado -dijo.
– Todo el pueblo lo sabe, eso y que se la cortaron. -Sonrió-. Da la impresión de que Mick recibió por fin su merecido. Bien separado de su juguete favorito, ¿eh? Seguro que se armará una buena, cuando todos los maridos del pueblo vengan a celebrarlo esta noche.
– ¿Debo entender que Mick sostenía relaciones con algunas mujeres del pueblo?
La señora Swann introdujo su puño cubierto con un paño en una jarra y la frotó vigorosamente.
– Mick Cambrey se lió con todas las que le dieron la oportunidad.
Dicho esto, se volvió hacia los estantes vacíos situados detrás de ella y empezó a colocar jarras boca abajo sobre las esteras. El mensaje implícito era clarísimo: no tenía nada más que decirles.
Lady Helen intervino.
– En realidad, señora Swann, quien nos preocupa es Nancy Cambrey. Hemos venido a verla por ella, sobre todo.
Los hombros de la señora Swann perdieron cierta rigidez, aunque no se volvió cuando habló.
– Pobre chica, Nance. Casada con ese desgraciado.
Sus rizos se agitaron de disgusto.
– Muy cierto -prosiguió con cautela lady Helen-. Se encuentra en una situación horrible, ¿verdad? No sólo han asesinado a su marido, sino que la policía ha interrogado a su padre.
El interés de la señora Swann se avivó de inmediato. Dio la vuelta, los brazos en jarras, y los miró. Abrió y cerró la boca. Después, la abrió de nuevo.
– ¿John Penellin?
– En efecto. Nancy intentó decirle a la policía que anoche había hablado por teléfono con su padre, y que por tanto no pudo asesinar a Mick en Nanrunnel, pero…
– Y lo hizo -afirmó la señora Swann-. Ya lo creo que lo hizo. Sí, señor. Me pidió prestados diez peniques para la llamada. Ni un céntimo en el monedero, gracias a Mick. -Se lanzó en picado hacia este tema secundario-. Siempre le quitaba el dinero. El suyo, el de su padre y el de cualquiera que cayera en sus manos. Siempre iba detrás de la pasta. Quería llegar a ser un pez gordo.
– ¿Está usted segura de que Nancy habló con su padre? -preguntó St. James-. ¿No pudo ser con otra persona?
La duda de St. James ofendió a la señora Swann. Le apuntó con el dedo para subrayarlo.
– Pues claro que era su padre. Me cansé tanto de esperarla (debió de tardar sus buenos diez o quince minutos), que fui a buscarla a la cabina y la saqué a rastras.
– ¿Dónde está la cabina?
– Frente al patio de la escuela. Justo en Paul Lane.
– ¿La vio hacer la llamada? ¿Podía ver la cabina?
La señora Swann relacionó ambas preguntas y llegó a una velocísima conclusión.
– ¿No estará pensando que Nancy mató a Mick, que se llegó a la casa, le dio lo suyo y volvió tranquilamente a servir cervezas?
– Señora Swann, ¿se puede ver la cabina desde el patio de la escuela?
– No. ¿Y qué? Yo misma saqué a la chiquilla de allí dentro. Estaba llorando. Dijo que su padre estaba muy enfadado porque ella había pedido prestado dinero a alguien y quería hacer las paces con él.
La señora Swann apretó los labios, como si ya hubiera dicho todo cuanto deseaba, pero luego pareció que una burbuja de cólera hubiera crecido y estallado en su interior, porque prosiguió con voz aún más firme.
– Y no culpo al padre de Nancy por eso. Todo el mundo sabía adonde iba a parar el dinero que Nancy le daba a Mick. Se lo pasaba en el acto a sus queridas, ¿sabe? Tan pagado de sí mismo, el asqueroso gusano. Se le subió la universidad a la cabeza, y más aún sus disparatados escritos. Empezó a pensar que podía vivir de acuerdo con sus propias normas, en la misma oficina del periódico. Recibió lo que merecía.
– ¿En la oficina del periódico? -preguntó St. James-. ¿Se citaba con mujeres en la oficina del periódico?
La señora Swann indicó el techo con un brusco cabeceo.
– Justo al final de la escalera, sí, señor. Hay una bonita habitación en la parte trasera. Con catre y todo. Un perfecto nidito de amor. Se jactaba de sus hazañas. Estaba orgulloso de todas. Hasta guardaba trofeos.
– ¿Trofeos?
La señora Swann se inclinó hacia adelante y depositó sus enormes pechos sobre la barra. Arrojó su aliento cálido a la cara de St. James.
– ¿Qué diría usted de unos panties, jovencito? Dos pares diferentes en su escritorio. Harry los encontró. Su padre. No hacía ni seis meses que había salido del hospital, pobre hombre, y se topó con aquello. En el cajón superior del escritorio, como si tal cosa, y ni siquiera estaban limpios. Menudo follón se armó entonces.
– ¿Nancy los descubrió?
– No era Nancy la que gritaba, sino Harry. Vas a ser padre, le dijo, y además está el periódico, nuestra familia, ¿es que no hay nada que pueda satisfacer tus caprichos? Y le dio un puñetazo tan fuerte a Mick, que le creí muerto por el ruido que hizo al caer al suelo. Se abrió la cabeza con el borde de una cómoda, pero al cabo de uno o dos minutos bajó la escalera como un rayo, perseguido por su padre.
– ¿Cuándo ocurrió esto? -preguntó St. James.
La señora Swann se encogió de hombros, como si su furia se hubiera calmado.
– Harry se lo dirá. Está arriba.
John Penellin enrolló el plano, lo ciñó con una goma y lo guardó, junto con media docena más, en el viejo paragüero de su despacho. El sol de la mañana entraba a chorros por las ventanas y aumentaba el calor de la habitación hasta un punto desagradable. Abrió la ventana y ajustó las persianas mientras hablaba.
– De modo que, en conjunto, ha sido un buen año, milord, y si dejamos que esa área continúe en barbecho una estación más, la tierra se beneficiará. En cualquier caso, ésa es mi sugerencia.
Volvió a sentarse detrás del escritorio, pero, como si siguiera al pie de la letra un orden del día que estaba decidido a cumplir, en la esperanza de que no se tocaran otros temas, no esperó a que Lynley contestara, sino que retomó el hilo.
– ¿Podemos hablar de Wheal Maen?
No había sido intención de Lynley examinar los libros mayores o enzarzarse en una detallada discusión sobre la administración de Penellin, algo que le había resultado muy fácil durante un cuarto de siglo. Sin embargo, cooperó, sabedor de que era más fácil extraer una confidencia de Penellin con paciencia que con una pregunta directa.
La apariencia del hombre sugería que le convenía abrir su corazón. Estaba lívido. Todavía vestía las ropas de anoche, pero no detectó muestras de que hubiera dormido con ellas, lo cual atestiguaba que Penellin aún no se había acostado. Su cuerpo todavía exhibía las señales de lo que le había mantenido despierto: tenía los dedos manchados de tinta, pues el DIC de Penzance le había tomado las huellas. Mientras observaba todo esto, Lynley aparcó el auténtico propósito de su visita por un momento y siguió la corriente a Penellin.
– ¿No te das por vencido, John? Las minas de Cornualles murieron hace cien años. Lo sabes mejor que yo.
– No estoy hablando de reabrir Wheal Maen -dijo Penellin-. Es necesario sellar la mina. El cobertizo de los vagones está en ruinas. El pozo principal está inundado. Es muy peligroso dejarla como está. -Giró la silla y señaló el plano de la finca que ocupaba una pared-. La mina se ve desde la carretera de Sennen. Sólo es preciso recorrer un breve tramo de páramo para llegar a ella. Creo que ya es hora de que demolamos por completo el cobertizo de los vagones y sellemos el pozo, antes de que alguien decida ir a explorar y se haga daño, o algo peor.
– Esa carretera está muy poco transitada, sea cual sea la época del año.
– Es cierto que pocos visitantes llegan por esa vía -reconoció Penellin-, pero la gente de los alrededores utiliza a menudo la carretera. Lo que me preocupa son los niños. Ya sabe cómo son a la hora de jugar. No quiero que ninguno de nosotros tenga que hacer frente al horror de un niño caído en Wheal Maen.
Lynley se levantó de la silla para estudiar el plano. Era cierto que la mina apenas distaba cien metros de la carretera, y que sólo las separaba un muro de piedra seca, barrera insuficiente para mantener a la gente alejada de la tierra en una zona donde incontables veredas atravesaban las propiedades privadas y páramos, hasta desembocar en desfiladeros que comunicaban un pueblo con otro.