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– Tienes razón, desde luego -dijo, y añadió en tono reflexivo, más para sí que para su interlocutor-. A mi padre le habría sabido muy mal sellar una mina.

– Los tiempos cambian -contestó Penellin-. Su padre no era un hombre que se aferrara al pasado.

Se acercó al archivador y sacó tres carpetas más, que llevó hasta el escritorio. Lynley se puso a su lado.

– ¿Cómo está Nancy esta mañana? -preguntó.

– Se va recuperando.

– ¿A qué hora te trajo de vuelta la policía?

– A las cuatro y media. Más o menos.

– ¿Han terminado contigo, pues?

– De momento.

Fuera, dos jardineros hablaban mientras trabajaban entre las plantas. Los chasquidos de sus tijeras de podar sonaban como interjecciones que puntearan sus palabras. Penellin los observó un momento a través de las persianas.

Lynley vaciló, atrapado entre su promesa a Nancy y la certeza de que Penellin no quería decir nada más. Era un hombre reservado. No deseaba ayuda. Era obvio. Sin embargo, Lynley intuía que bajo el laconismo habitual de Penellin fluía una corriente oculta de inexplicable angustia, y quiso descubrir el motivo de sus preocupaciones para aliviarlas en lo posible. Después de tantos años de confiar en la energía y lealtad de Penellin, era justo ofrecerle su energía y lealtad recíprocas.

– Nancy me dijo que anoche habló contigo por teléfono -empezó.

– Sí.

– Pero alguien te vio en el pueblo, según la policía.

Penellin no contestó.

– Escucha, John, si existe algún problema…

– Ningún problema, milord.

Penellin depositó las carpetas sobre el escritorio y abrió la de encima. Fue un gesto de despedida, el máximo esfuerzo que realizaría para pedir a Lynley que saliera del despacho.

– Fue tal como dijo Nancy. Hablamos por teléfono. Si alguien cree que me vio en el pueblo, qué le vamos a hacer. El barrio es oscuro. Pudo ser cualquiera. Fue tal como dijo Nancy. Yo estaba en el pabellón.

– ¡Maldita sea, John, te estábamos esperando cuando apareciste a las dos de la mañana! Estuviste en el pueblo, ¿verdad? Viste a Mick. Ni tú ni Nancy estáis diciendo la verdad. John, ¿tratas de protegerla a ella, o a Mark? Porque él tampoco estaba en casa, y tú lo sabías, ¿verdad? ¿Fuiste a buscar a Mark? ¿Tenía algún asunto pendiente con Mick?

Penellin sacó un documento de la carpeta.

– He iniciado los trámites para cerrar Wheal Maen.

Lynley hizo un esfuerzo final.

– Llevas aquí veinticinco años. Me gustaría pensar que acudirías a mí en un momento difícil.

– No existe el menor problema -dijo con firmeza Penellin. Sacó otro papel y, aunque no lo miró, la súplica de soledad que conllevaba el gesto fue elocuente.

Lynley dio por concluida la entrevista y salió del despacho.

Cerró la puerta y se quedó inmóvil en el pasillo. El viejo suelo de baldosas enfriaba el aire. Vio abierta al final del pasillo la puerta suroeste de la casa. El sol azotaba el patio. Escuchó movimientos sobre los guijarros y el agradable sonido del agua al correr. Se encaminó hacia allí.

Descubrió a Jasper (a ratos chófer, a ratos jardinero, a ratos mozo de cuadra, siempre parlanchín) lavando el Land Rover que habían utilizado anoche. Llevaba los pantalones subidos, iba descalzo y tenía abierta la camisa blanca, exhibiendo su pecho cubierto de vello gris. Saludó a Lynley con un movimiento de cabeza.

– ¿Se lo ha sacado? -preguntó, dirigiendo el chorro de agua hacia el parabrisas del Rover.

– ¿El qué a quién? -preguntó Lynley.

Jasper bufó.

– No hemos hablado de otra cosa en toda la mañana -dijo-. El crimen y que la policía se llevó a John. -Escupió en el suelo y frotó con un trapo la capota del Rover-. John en Nanrunnel y Nancy mintiendo como una desesperada sobre todo lo que puede… ¿Quién lo iba a decir?

– ¿Nancy está mintiendo? -preguntó Lynley-. ¿Cómo lo sabes, Jasper?

– Pues porque lo sé. ¿Acaso no estuve en el pabellón a las diez y media? ¿No me acerqué al molino? ¿Había alguien en la casa? Claro que está mintiendo.

– ¿Te acercaste al molino, el molino del bosque? ¿Qué tiene que ver el molino con la muerte de Cambrey?

Jasper cambió radicalmente de expresión ante esta pregunta directa. Lynley recordó demasiado tarde que al viejo le gustaba adornar con fiorituras lo que contaba. Jasper, en respuesta a las preguntas, elegía siempre caminos tortuosos.

– ¿No le ha contado John lo de las ropas que Nance destrozó?

– No, no me ha dicho nada acerca de unas ropas -respondió Lynley, tendiendo un cebo-. Supongo que no será nada importante, porque de lo contrario lo habría mencionado.

Jasper sacudió la cabeza ante la insensatez de desechar semejante información.

– Las estaba despedazando -dijo-, justo en la parte de atrás de la casa. John y yo nos la encontramos así. Se puso a llorar como una vaca enferma cuando nos vio. Yo diría que es bastante importante.

– ¿Y habló con vosotros?

– No dijo ni pío. Nance estaba destrozando aquellas ropas extravagantes. John casi enloqueció al verla. Entró en la casa, a por Mick. Nance se lo impidió. Le agarró por el brazo hasta que John se calmó.

– Así que eran ropas de otra mujer -musitó Lynley-. Jasper, ¿sabe alguien quién era la mujer de Mick?

– ¿Mujer? -se burló Jasper-. Dirá mejor mujeres. Docenas, según afirma Harry Cambrey. Harry entra en El Ancla y la Rosa, se sienta y explica a todo quisque el porqué de las correrías de Mick. «Ella no le da bastante», suele decir Harry. «¿Qué ha de hacer un hombre cuando una mujer no le da bastante?» -Jasper lanzó una carcajada irónica, se apartó del Rover y roció el neumático delantero. El agua salpicó sus piernas y las manchó de barro-. A juzgar por lo que dice Harry, Nance se ha cruzado de piernas y brazos desde que nació la niña, y Mick sufre torturas sin cuento, tumefacto como a punto de estallar, sin poder meterla en ningún sitio. «¿Qué ha de hacer un hombre?», pregunta Harry. Y la señora Swann va y le dice…

De pronto, Jasper pareció darse cuenta de con quién mantenía la charla. Su buen humor desapareció. Irguió la espalda, se quitó la gorra y se pasó la mano por el pelo.

– Cualquiera puede ver el problema con facilidad. A Mick no le interesaba sentar la cabeza.

Escupió de nuevo para subrayar el final de la conversación.

St. James y lady Helen oyeron a Harry Cambrey antes de verle. Mientras subían la angosta escalera, agachando la cabeza para evitar vigas dispuestas caprichosamente en el techo, el ruido de muebles movidos sobre el desnudo suelo de madera precedió al de un cajón arrojado con estrépito, seguido de una maldición. Cuando llamaron a la puerta, se oyeron susurros en la habitación. Después, se acercaron pasos. La puerta se abrió con violencia. Cambrey los miró de arriba abajo. Ellos hicieron lo mismo con él.

Al verle, St. James recordó que había sufrido una operación de corazón el año anterior. La experiencia no parecía haberle sentado muy bien. Estaba muy delgado, con una nuez de Adán prominente y una clavícula esquelética que enlazaba dos puntos salientes. Su piel amarillenta sugería un hígado averiado, y llagas rojizas agrietaban sus labios en las comisuras de la boca, manchándolos de sangre seca. Iba sin afeitar y el mechón de pelo gris que coronaba su cabeza se erguía sobre su cráneo, como si se hubiera levantado precipitadamente, sin tiempo para peinarse.

Cuando Cambrey retrocedió para dejarlos pasar al despacho, St. James vio que se trataba de una amplia habitación, con varios cubículos más pequeños practicados en una pared y cuatro ventanas estrechas abiertas sobre la calle que trepaba por la colina hacia la zona más elevada del pueblo. Aparte de Harry Cambrey, no había nadie más, una circunstancia curiosa en un lugar tan peculiar como un periódico. Al menos, uno de los motivos que explicaban la ausencia de empleados se encontraba desparramado sobre las mesas, sobre las sillas: cuadernos y carpetas diseminadas al azar. Harry Cambrey se hallaba enfrascado en una investigación.