Era obvio que llevaba varias horas trabajando, y sin ningún método concreto, considerando el estado de la habitación. Una serie de archivadores de color caqui exhibían los cajones abiertos, semivacíos; un montón de disquetes descansaba junto a un ordenador conectado; sobre una mesa, la edición del día del periódico había sido apartada para dejar sitio a tres pilas de fotografías; y se habían quitado los cajones de los cinco escritorios. El aire olía a papel viejo, y como las luces del techo no estaban encendidas, la habitación se hallaba sumida en una penumbra dickensiana.
– ¿Qué quieren? -preguntó Harry Cambrey.
Fumaba un cigarrillo que sólo se quitaba de la boca para toser o encender otro. Si estaba preocupado por los efectos de este vicio sobre su corazón, no lo demostraba.
– ¿No hay nadie más que usted? -preguntó St. James, mientras lady Helen se abría paso entre el desastre.
– Les he dado el día libre. -Cambrey repasó a lady Helen de pies a cabeza mientras respondía-. ¿Qué los trae por aquí?
– Nancy nos ha pedido que investigáramos el asesinato de Mick.
– ¿Ustedes dos van a ayudarla?
No disimuló en ningún momento el examen a que los estaba sometiendo, inspeccionando la abrazadera de la pierna de St. James con el mismo descaro empleado para inspeccionar el vestido veraniego de lady Helen.
– La búsqueda de noticias es una profesión peligrosa, ¿verdad, señor Cambrey? -dijo lady Helen desde las ventanas, lo más lejos que había llegado en su paseo por la habitación-. Si su hijo fue asesinado a causa de un artículo, ¿qué importa quién lleve a su asesino ante la justicia, mientras se haga?
Al oír esto, la bravuconería de Cambrey desapareció, dejando al descubierto una desolación muy profunda y al propio Cambrey: un hombre de edad avanzada que había perdido a un hijo por obra de una atroz violencia.
– Es un artículo -dijo, dejando caer los brazos a lo largo de los costados-. Lo sé. Lo presiento. Estoy aquí desde que me enteré, buscando las notas del muchacho.
– ¿Ha averiguado algo? -preguntó St. James.
– No hay mucho en qué basarse. Intentaba recordar lo que hizo y dijo. No es un artículo sobre Nanrunnel. No puede ser. Es lo máximo que he logrado deducir.
– ¿Está seguro?
– Un artículo sobre Nanrunnel no encajaría con su estado de ánimo de estos últimos meses. Entraba y salía sin cesar, siguiendo una pista, realizando investigaciones, entrevistando a una persona, localizando a otra. El artículo no versaba sobre el pueblo. Es imposible. Sé que habría significado el triunfo de este periódico, una vez impreso.
– ¿Adonde fue?
– A Londres.
– ¿Y no ha dejado notas? ¿No le resulta curioso?
– Hay notas por todas partes, sí. -Cambrey extendió los brazos para abarcar el caos de la oficina-. Pero no he encontrado nada que haya podido causar la muerte del muchacho. Los periodistas no pierden la vida por entrevistar a militares, al parlamentario del distrito, inválidos encamados o granjeros del norte. Los periodistas mueren porque poseen información por la que vale la pena matar. Mick no guardaba aquí nada por el estilo.
– ¿No hay nada que le haya llamado la atención entre tanto material?
Cambrey tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó. Se masajeó los músculos del brazo izquierdo y, mientras lo hacía, sus ojos se desviaron hacia un escritorio. St. James leyó su respuesta en este último movimiento.
– Ha descubierto algo.
– No lo sé. Echen un vistazo. Yo no he sacado nada en limpio.
Cambrey se acercó al escritorio. Sacó un trozo de papel de debajo del teléfono y lo tendió a St. James.
– Estaba encajado en la parte posterior del cajón.
El papel, una servilleta para envolver bocadillos del Talismán Cafe, estaba manchado de grasa. La escritura casi se había borrado. La escasa luz de la habitación y los trazos en que el bolígrafo había resbalado sobre la grasa dificultaban la lectura, pero St. James vio que se trataba sobre todo de cifras:
lk
9400
500 g
55ea
27500-M1
Adquisición/Transporte
27500-M6
Fondos
210
St. James levantó la vista.
– ¿Es la letra de Mick?
Cambrey asintió.
– Si existe una historia, ahí está, pero no sé de qué va ni qué significa.
– Tiene que haber notas en algún sitio que utilicen las mismas cifras y referencias -dijo lady Helen-. M1 y M6. Debe de referirse a las autopistas.
– Si aquí había notas que utilizaran los mismos números, yo no las he encontrado -dijo Cambrey.
– Así que han desaparecido.
– ¿Robadas? -Cambrey encendió otro cigarrillo, inhaló y tosió-. He oído que habían registrado la casa.
– ¿Ha encontrado indicios de que haya entrado alguien en la oficina? -preguntó St. James.
Cambrey miró al techo y meneó la cabeza.
– Boscowan envió a un hombre para informarme sobre la muerte de Mick alrededor de las cuatro y cuarto de la mañana. Fui a la casa, pero ya se habían llevado el cadáver y no me dejaron entrar, así que volví aquí. No me he movido desde entonces. No ha entrado nadie.
– ¿Alguna señal de que se efectuara un registro, tal vez por uno de sus empleados?
– Nada. -Sus fosas nasales se contrajeron-. Quiero encontrar al bastardo que le hizo eso a Mick. No daré marcha atrás al artículo. Nada me detendrá. Tenemos una prensa libre. Mi chico vivía para eso, y murió por ello. Pero no habrá sido en vano.
– Suponiendo que muriera por culpa de un artículo – indicó St. James con suavidad.
El rostro de Cambrey se ensombreció.
– Murió a causa de un artículo. ¿Por qué, si no?
– Las mujeres de Mick.
Cambrey se quitó el cigarrillo de la boca con un movimiento lento, estudiado, como un actor. Cabeceó en señal de aprobación.
– Eso dicen de Mickey, ¿verdad? Bueno, ¿cómo voy a ponerlo en duda? Los hombres tenían celos de su facilidad con las mujeres, y éstas también, si no las escogía. -Devolvió el cigarrillo a la boca. Produjo una nube de humo que le hizo bizquear-. Mick era todo un hombre. Un hombre de verdad, y un hombre tiene sus necesidades. La estrecha de su mujer tenía hielo entre las piernas. Lo que ella le negaba, él lo buscaba en otro sitio. Si hubo algún culpable, fue Nancy. Rechaza a un hombre y buscará a otra mujer. No es ningún delito. Era joven. Tenía necesidades.
– ¿Se veía con alguien en especial? ¿Con más de una mujer? ¿Había entablado relaciones con una nueva?
– No lo sé. Mickey no solía alardear de sus conquistas.
– ¿Se acostaba con mujeres casadas? -preguntó lady Helen-. ¿Con mujeres del pueblo?
– Se acostaba con montones de mujeres.
Cambrey apartó los papeles del escritorio, levantó el cristal que lo cubría y sacó una fotografía que entregó a lady Helen.
– Compruébelo por usted misma. ¿Es el tipo de hombre al que usted diría «no» si le pidiera que se abriera de piernas, señorita?
Lady Helen respiró hondo para replicar al instante, pero se abstuvo, en una admirable demostración de autocontrol. Tampoco miró la foto, que pasó a St. James. Plasmaba a un joven con el torso desnudo, de pie sobre el puente de un velero. Sujetaba con la mano un palo mientras ajustaba el cordaje. Tenía la mandíbula cuadrada y rostro agraciado, pero era delgado como su padre y carecía del cuerpo o las facciones pronunciadas que acuden a la mente cuando se escuchan las palabras «un hombre de verdad». St. James examinó el reverso de la fotografía: «Cambrey se prepara para la Copa América. El chico va lanzado», estaba escrito detrás, con la misma letra de la nota encontrada en el escritorio.