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Hablaba por hablar y lo sabía, con la esperanza de derrotar a la legión de recuerdos que acechaban en el plano de su conciencia, dispuestos a abalanzarse sobre él, recuerdos íntimamente asociados con el molino y vinculados a una parte de su vida que había dejado atrás, en la que había jurado no volver a pensar. Incluso ahora, cuando se acercaron al edificio y divisó el tejado entre los árboles, notó el primer embiste de un recuerdo, una imagen de su madre corriendo por el bosque. Pero sabía que se trataba de una mera ilusión que intentaba penetrar en su armadura protectora. Para rechazarlo se detuvo en el sendero y encendió con parsimonia un cigarrillo.

– Ayer vinimos por este camino -contestó St. James. Le precedía unos pasos, pero se paró cuando vio que Lynley se había rezagado-. La rueda está cubierta de hierba. ¿Lo sabías?

– No me sorprende. Si no recuerdo mal, siempre fue un problema.

Lynley fumó con aire pensativo, apreciando el tacto concreto del cigarrillo entre sus dedos, apreciando el sabor acre del tabaco, y sobre todo el hecho de que el cigarrillo le proporcionaba la oportunidad de concentrarse en algo más de lo necesario.

– ¿Y Jasper cree que alguien está utilizando el molino? ¿Para qué? ¿Para pasar la noche?

– No lo dijo.

St. James asintió, pensativo, y reemprendió la marcha. Lynley le siguió, incapaz de evitarlo a base de decir trivialidades, fumar cigarrillos o cualquier otra manera de perder el tiempo.

Aunque resultara extraño, le pareció que el molino no había cambiado mucho desde la última vez que estuvo en él, como si alguien lo hubiera cuidado. El exterior necesitaba una capa de pintura (en algunos puntos había quedado la piedra al descubierto) y la madera estaba astillada en muchas partes, pero el tejado se veía impecable y, aparte de un cristal que faltaba en la única ventana del piso superior, daba la impresión de que el edificio podía aguantar otros cien años.

Los dos hombres subieron los viejos escalones de piedra. Sus pies se engancharon en las grietas que hablaban de las miles de entradas y salidas que habían tenido lugar durante el tiempo que el molino permaneció en funcionamiento. Hacía mucho tiempo que la pintura se había desprendido; la puerta estaba entornada. Años de lluvia habían hinchado la madera y ya no encajaba. Se abrió con un chirrido cuando Lynley empujó.

Entraron, se detuvieron, examinaron el entorno. La planta baja estaba casi vacía, iluminada por rayos de sol que penetraban a través de los huecos abiertos en las destrozadas ventanas. En la pared del fondo, unos sacos se habían convertido en polvo junto a una pila de cajas de madera. Bajo una ventana, las telarañas cubrían un mortero de piedra, y muy cerca colgaba de un gancho un rollo de cuerda, como si nadie lo hubiera tocado durante medio siglo. Un pequeño montón de periódicos antiguos se alzaba en un rincón. St. James se acercó a inspeccionarlos.

– El Spokesman -dijo, levantando uno-. Con algunas anotaciones en el texto. Correcciones. Tachaduras. Un diseño nuevo para la cabecera. -Tiró el periódico-. ¿Conocía Mick Cambrey este lugar, Tommy?

– Vinimos una o dos veces cuando éramos niños. Supongo que no lo olvidó. De todas formas, esos periódicos parecen viejos. No es posible que haya estado aquí en fecha reciente.

– Humm, sí. Son de abril del año pasado, pero alguien ha estado aquí no hace mucho.

St. James indicó varios pares de pisadas en el suelo polvoriento. Conducían a una escalerilla que permitía el acceso al granero del molino, así como a los engranajes y ejes que accionaban su enorme muela. St. James examinó los travesaños de la escalerilla, tiró de tres para comprobar su seguridad y empezó a subir con torpeza.

– Las escalerillas no son mi fuerte -dijo con pesar.

Lynley contempló su lenta ascensión, sabiendo muy bien que St. James esperaba que le siguiera, y sabiendo también que no podía evitarlo. Ni tampoco podía resistir por más tiempo el alud de recuerdos que el molino, y en especial el granero, provocaba. Porque, después de buscarle por todas partes, ella le había encontrado allí, donde se había escondido de ella y de lo que había descubierto tan inopinadamente.

Mientras atravesaba corriendo el jardín desde la dirección del mar, había entrevisto a un hombre que pasaba ante la ventana del primer piso, una visión fugaz de la que sólo extrajo una impresión de envergadura y estatura, una visión fugaz que sólo le sirvió para ver la bata de su padre, una visión fugaz que le impidió considerar la imposibilidad de que su padre, tan enfermo, se hubiera levantado de la cama, y mucho menos caminado hasta el dormitorio de su madre. No pensó en esto, porque experimentó una inmensa alegría cuando las palabras «curado curado curado» cantaron en su mente y subió corriendo la escalera, llamándolos a ambos, e irrumpió en la habitación de su madre. O al menos lo intentó, porque la puerta estaba cerrada con llave. Cuando llamó en voz alta, la enfermera de su padre, cargada con una bandeja, se precipitó escaleras arriba y le reprendió, le dijo que iba a despertar al enfermo. Sólo consiguió articular «Pero mi padre está…», antes de comprender.

Entonces la llamó con una rabia tan salvaje, que ella abrió la puerta y él lo vio todo: Trenarrow vestido con la bata de su padre, las sábanas desordenadas, las ropas arrojadas apresuradamente al suelo. El olor acre del sexo impregnaba la atmósfera, y sólo un vestidor y un cuarto de baño los separaban de la habitación en que su padre agonizaba.

Se precipitó ciegamente sobre Trenarrow, pero sólo era un muchacho flaco de diecisiete años, frente a un hombre de treinta y uno. Trenarrow le pegó una vez, una bofetada en la cara con la palma abierta, el golpe que suele utilizarse para calmar a una histérica. Su madre gritó «¡Roddy, no!», y ahí terminó todo.

Su madre le encontró en el molino. Desde la pequeña ventana del granero, la vio venir por el bosque, alta y elegante, cuarenta y un años de edad, y tan hermosa.

Tendría que haber sido capaz de mantener la serenidad. Tendría que haber desplegado la fuerza de voluntad y la dignidad de decirle que debía volver al colegio para preparar los exámenes, independientemente de que ella lo creyera. El único objetivo era marcharse cuanto antes.

Pero la vio acercarse y pensó en cuánto la amaba su padre, en cómo la llamaba («¡Daze, querida! ¡Daze!»), en que el principal objetivo de su vida era hacerla feliz, en que yacía en su habitación, esperando a que el cáncer devorase el resto de su cuerpo, mientras Trenarrow y ella…

Su corazón se partió. Ella subió la escalerilla y gritó su nombre. Él esperó, más que preparado.

¡Puta!, chilló. ¿Estás loca, o te pica tanto, que cualquiera sirve, incluso alguien que sólo piensa en echarte un buen polvo y reírse de ello con sus amigotes en la taberna cuando haya terminado? ¿Estás orgullosa de eso, puta? ¿Estás orgullosa, puta de mierda?

Cuando ella le pegó, el golpe le sorprendió por completo, porque se había quedado inmóvil y aceptado sus insultos. Pero, después de la última pregunta, le propinó un revés tan violento, que él se tambaleó hasta apoyarse contra la pared, el labio partido por su anillo de diamantes. Su rostro no se alteró en ningún momento. Era inexpresivo, como tallado en piedra.

¡Te arrepentirás!, gritó él mientras su madre bajaba la escalerilla. ¡Yo haré que te arrepientas! ¡Haré que los dos os arrepintáis! ¡Lo juro!

Lo había hecho, una y otra vez. Por supuesto que sí.

– ¿Tommy?

Lynley levantó la vista. St. James le estaba mirando desde el borde del granero.

– Te gustará ver lo que hay aquí arriba.

– Sí. Por supuesto.

Subió la escalerilla.

St. James apenas tardó un momento en valorar lo que había descubierto en el granero. El eje del molino, los tremendos engranajes y la muela ocupaban casi todo el espacio, pero el resto proporcionaba una prueba silenciosa del uso al que se había destinado el molino en los últimos tiempos.