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En el centro de la estancia había una herrumbrosa mesa de juego y una silla plegable. Sobre esta última colgaba una camiseta, que mucho tiempo antes había perdido su blancura, ahora metamorfoseada en gris, mientras que sobre la mesa una balanza antigua medía el peso de una cuchara oxidada y dos hojas de afeitar sucias. Al lado había una caja de cartón llena de bolsitas de plástico. Habían destrozado un viejo jergón de paja, y su contenido estaba desparramado sobre la mayor parte del suelo, impregnando el aire de un aroma a heno mohoso. Un delgado colchón, apoyado contra una pared, exhibía varias manchas de borde amarillento y una serie de pequeñas quemaduras, quizá producidas por cigarrillos o por las velas a medio utilizar, posadas sobre latas dispuestas en el suelo.

St. James observó a Lynley mientras se reunía con él e inspeccionaba el granero; su expresión se afirmó cuando llegó a una inevitable conclusión.

– Mick estuvo bastante después de abril del año pasado, Tommy -dijo St. James-, y me atrevería a decir que sus visitas no tenían nada que ver con el Spokesman. -Tocó levemente la báscula y contempló el movimiento de la flecha que indicaba el peso-. Quizá esto nos dé una idea mejor de por qué murió.

Lynley meneó la cabeza. Habló con voz sombría.

– Esto no tiene nada que ver con Mick -dijo.

13

A las siete y media de la noche, St. James llamó a la puerta de Deborah y entró. Ella se encontraba frente al tocador, estudiando su aspecto con el ceño fruncido.

– Bueno -dijo, vacilante-. No sé.

Tocó el collar que rodeaba su garganta, una sarta de perlas doble, y su mano descendió hasta el escote del vestido. Palpó la tela como una experta. Parecía de seda, y su color consistía en una peculiar combinación de gris y verde, como el océano en un día nublado. Su cabello y piel contrastaban con aquel tono, y el resultado era más fascinante de lo que ella, en apariencia, consideraba.

– Todo un éxito -comentó St. James.

La joven sonrió a su imagen en el espejo.

– Estoy nerviosa. No paro de repetirme que sólo se trata de una cena íntima con la familia de Tommy y algunos amigos, pero luego me veo ridícula con toda esta plata. Simon, ¿por qué todo se reduce siempre a la plata?

– La pesadilla de la alta sociedad: ¿qué tenedor he de usar para comer las gambas? Los demás problemas de la vida, en comparación, parecen irrelevantes.

– ¿Qué voy a decirle a esta gente? Tommy me adelantó que habría una cena, pero en aquel momento no le di ninguna importancia. Si al menos fuera como Helen, podría hablar con ingenio de mil y un temas. Podría hablar con todo el mundo, con quien fuera, pero no soy como Helen. Ojalá lo fuera. Sólo esta noche. Quizá se avenga a fingir que soy yo, y así podré fundirme con la madera.

– No creo que el plan complaciera a Tommy.

– He conseguido convencerme de que me caeré de la escalera, o derramaré un vaso de vino sobre mi vestido, o me engancharé con el mantel cuando me levante de la silla y tiraré la mitad de los platos. Anoche tuve una pesadilla en que me salían verrugas y granos en la cara, y la gente que me rodeaba murmuraba «¿Es ésta la novia?» con tono fúnebre.

St. James rió y se acercó al tocador. Miró al espejo y estudió el rostro de Deborah.

– No veo verrugas por ninguna parte. Ni siquiera un grano. En cuanto a las pecas, sin embargo…

Ahora le tocó a ella reír, una carcajada cristalina, un auténtico placer. St. James se apartó.

– He conseguido… -Sacó del bolsillo de la chaqueta la foto de Mick Cambrey y se la dio-. Échale un vistazo.

Ella la cogió y la acercó a la luz. No tardó ni un segundo en contestar.

– Es el mismo hombre.

– ¿Estás segura?

– Por completo. ¿Puedo quedármela y enseñársela a Tina?

St. James reflexionó. Anoche había considerado inofensivo el plan de que Deborah verificara la presencia de Mick Cambrey en Londres, mediante el simple expediente de pedirle a Tina Cogin que identificara su fotografía, pero después de la conversación de hoy con Harry Cambrey, después de ver la enigmática servilleta del Talismán Cafe, después de considerar los móviles potenciales del crimen y llegar a la conclusión de que Tina Cogin encajaba en varios o en todos ellos, ya no estaba seguro del papel que debía jugar Deborah, o del que él quería que jugara, en la investigación del crimen y en la toma de contacto con los implicados. Al parecer, Deborah intuyó sus vacilaciones y le presentó un fait accompli.

– He hablado con Tommy del asunto -dijo-, y también con Helen. Convenimos en que las dos cogeríamos el tren por la mañana e iríamos directamente al piso. De esta forma, por la tarde ya sabremos algo más acerca de Mick Cambrey. Será de gran ayuda.

Él no pudo negarlo y Deborah pareció leer la aceptación en su rostro.

– Perfecto -concluyó.

Guardó la fotografía en el cajón de la mesita de noche con un gesto determinado. En ese momento, la puerta del dormitorio se abrió y Sidney entró, intentando cerrar con una mano la cremallera de la espalda, mientras con la otra trataba en vano de dominar su cabello revuelto.

– Estas malditas doncellas de Howenstow -murmuró-. Revuelven mi habitación, Dios sabe que con buenas intenciones, y no puedo encontrar nada. Simon, ¿quieres…? Santo Dios, ese traje te sienta de maravilla. ¿Es nuevo? Aquí. Soy incapaz de hacerlo sola. -Presentó la espalda a su hermano y, mientras éste terminaba de subir la cremallera, miró a Deborah-. Tú estás arrebatadora, Deb. Simon, ¿a que está arrebatadora? Bueno, da igual. ¿Por qué demonios te lo pregunto, cuando lo único que encuentras arrebatador desde hace años es una mancha de sangre observada a través del microscopio, o un cachito de piel descubierto bajo la uña de un cadáver?

Lanzó una carcajada. Se volvió y palmeó la mejilla de su hermano, antes de acercarse al tocador, examinarse en el espejo y coger un frasco de perfume.

– Así que las criadas lo han ordenado todo -prosiguió con su tema anterior- y, por supuesto, no hay forma de encontrar nada. Mi perfume se ha desvanecido de la faz de la tierra…, ¿puedo cogerte un poco, Deb?, ¡y prueba a localizar mis zapatos! Casi tuve que pedirle prestado un par a Helen hasta que al fin los encontré, escondidos en el fondo del armario, como si tuviera la intención de no volver a ponérmelos nunca más.

– El ropero es el lugar menos indicado para guardar los zapatos -comentó con sorna St. James.

– Se está burlando de mí, Deborah -gimió Sidney-, pero, si tu padre no cuidara de él, tengo muy claro cuál sería el resultado: el caos. Completo. Total. Infinito. -Acercó más su cara al espejo-. La hinchazón ha desaparecido, gracias a Dios, aunque los arañazos son abominables, por no mencionar el morado del ojo. Parezco una camorrista callejera. ¿Creéis que alguien lo mencionará, o nos concentraremos todos en mantener rígidos nuestros labios superiores e impecables nuestros modales? Ya sabéis a qué me refiero. La vista clavada en el frente y nada de sobar los muslos del vecino por debajo de la mesa.

– ¿Sobar los muslos? -exclamó Deborah-. Simon, no me lo habías dicho. ¡Y yo que estaba preocupada por la plata!

– ¿La plata? -Sidney volvió la vista-. Ah, te refieres a los tenedores y cuchillos. Bah. Ni pienses en ellos, a menos que la gente empiece a arrojarlos. -De pronto, agitó el cabello de Deborah, retrocedió, frunció el ceño, volvió a jugar con él-. ¿Sabéis dónde está Justin? No le he visto desde hace eones. Estará preocupado por si le muerdo otra vez. No sé por qué reaccionó ayer de aquella manera. Ya le había mordido otras veces…, si bien, ahora que lo pienso, las circunstancias eran algo diferentes. -Lanzó una alegre carcajada-. Bien, si esta noche volvemos a pelearnos, esperemos que sea en la mesa. Tendremos cantidad de armas, con tantos cuchillos y tenedores.

Lynley encontró a Peter en el salón de fumar, situado en la planta baja de la mansión. Cigarrillo en mano, estaba de pie junto a la chimenea, con la atención concentrada en un zorro rojo exhibido dentro de un estuche de cristal que descansaba sobre la repisa. Un taxidermista compasivo había disecado al animal en el instante de saltar, a escasos centímetros de una madriguera que le habría salvado. Por contra, otros trofeos vulpinos no habían tenido tanta suerte. Sus cabezas colgaban de panoplias fijas a intervalos en las paredes chapadas, entre fotografías. Como la única luz procedía de un candelabro de metal labrado, estos zorros proyectaban largas sombras, cuñas acusadoras de oscuridad, como focos invertidos, que subrayaban una devoción a los deportes sangrientos jamás experimentada por miembro alguno de la familia desde la Primera Guerra Mundial.