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Al ver el reflejo de su hermano en el cristal del estuche, Peter habló sin volverse.

– ¿Por qué crees que nadie ha sacado de aquí este horror?

– Creo que fue el primer gran trofeo del abuelo.

– ¿Para qué matarlo, pudiendo conceder al pobre animal la recompensa de su vida?

– Así son las cosas.

Lynley observó que su hermano se había quitado la esvástica de la oreja, sustituyéndola por un solo botón dorado. Vestía pantalones grises, camisa blanca, corbata de nudo aflojado y, aunque las ropas le venían grandes, al menos estaban limpias, y se había puesto zapatos. Este detalle parecía suficiente para felicitarse, y Lynley reflexionó un momento sobre el acierto y el juicio de enfrentarse a su hermano, pues algún día te nía que ocurrir, en un momento que la apariencia de Peter sugería concesión, compromiso y una promesa de cambio.

Peter tiró el cigarrillo a la chimenea y abrió el mueble bar, una moldura integrada en la repisa.

– Éste era uno de mis secretos de la adolescencia -rió por lo bajo, mientras se servía un whisky-. Jasper me lo enseñó cuando cumplí dieciocho años.

– A mí también me lo enseñó. Un rito de iniciación, supongo.

– ¿Crees que madre lo sabía?

– Imagino que sí.

– Qué cruel desengaño. Pensar que se es muy listo y descubrir todo lo contrario.

Se volvió de la chimenea por primera vez y alzó su copa con un gallardo ademán.

– Por vuestra felicidad. Menuda suerte has tenido.

Al oír esto, Lynley se fijó en los ojos de su hermano. Brillaban de una manera anormal. Sintió una punzada de temor. La reprimió, se limitó a darle las gracias y observó cómo Peter se acercaba al escritorio contiguo a la amplia ventana salediza. Jugueteó con los objetos dispuestos sobre el papel secante ribeteado de piel, hizo girar el abrecartas, enfundado en su vaina de marfil, levantó la tapa de un tintero de plata vacío, pasó el dedo por las pipas de cerezo ordenadas en una estantería. Bebió un poco más de whisky, levantó una fotografía de sus abuelos y bostezó, mientras estudiaba sin interés sus rostros.

Al contemplar la escena y comprender lo que era, un intento de alzar una barrera de indiferencia, Lynley llegó a la conclusión de que era inútil perder el tiempo.

– Me gustaría que me contaras lo del molino.

Peter dejó la fotografía en su sitio e introdujo el dedo en una grieta de la butaca colocada frente al escritorio.

– ¿Qué pasa con el molino?

– Lo has estado utilizando, ¿verdad?

– Hace años que no voy allí. Pasé cerca, desde luego, para bajar a la ensenada, pero no entré. ¿Por qué?

– Ya sabes la respuesta.

La expresión de Peter no varió, pero un músculo se disparó en la comisura de su boca. Se dirigió hacia una fila de fotos de la universidad que decoraban una pared. Empezó a examinarlas de una en una, como si las viera por primera vez.

– Todos los Lynley, desde hace cien años -comentó-, han ido a Oxford. Menuda oveja negra he salido. -Llegó a un espacio vacío y apoyó la palma de la mano sobre la pared-. Hasta padre tuvo su día, ¿eh, Tommy? Pero, claro, aquí no puede estar su fotografía. Sería horrible que padre pudiera mirar desde la pared y contemplar nuestras perversiones.

Lynley se negó a permitir que las palabras le provocaran.

– Me gustaría hablar del molino.

Peter terminó el resto del whisky, dejó el vaso sobre una mesita y continuó su recorrido. Se detuvo ante la fotografía más reciente y apuntó con el dedo índice a la imagen de su hermano. Su uña chocó contra el cristal, como una bofetada en miniatura.

– Incluso tú, Tommy. Encajas en el molde. Un Lynley del que se puede estar orgulloso. Un tipo importante.

Lynley notó que su pecho se tensaba.

– No controlo la clase de vida que llevas en Londres -dijo, confiando en parecer razonable, pero con la conciencia de su fracaso-. ¿Te has largado de Oxford? Estupendo. ¿Tienes tu propio piso? Estupendo. ¿Vives con esa…, con Sasha? Estupendo. Pero aquí no, Peter. No permitiré ese tipo de asuntos en Howenstow. ¿Me has entendido?

Peter se volvió y ladeó un poco la cabeza.

– ¿No lo permitirás? ¿Irrumpes en nuestras vidas una o dos veces al año para anunciar lo que permites y no permites, y resulta que ésta es una de tales memorables ocasiones?

– La frecuencia con que vengo aquí no tiene nada que ver. Soy el responsable de Howenstow, de todas las personas que viven en la finca. No tengo la menor intención de aguantar esas repugnantes…

– Oh, ya entiendo. Hay tráfico de drogas en el molino y me has declarado culpable, en tu mejor estilo de detective inspector. Bien. Excelente trabajo. ¿Has buscado huellas dactilares? ¿Has encontrado un mechón de mi cabello? ¿He dejado esputos que puedas analizar? -Peter meneó la cabeza, una elocuente demostración de disgusto-. Eres idiota. Si quisiera drogarme, no iría al molino. No tengo nada que ocultar. Ni a ti ni a nadie.

– Estoy hablando de algo más grave que drogarse, y lo sabes muy bien. Te has pasado.

– ¿Qué quieres decir?

La descarada pregunta encrespó a Lynley.

– Has entrado droga en la finca. Eso es lo que quiero decir. La estás cortando en el molino. Eso es lo que quiero decir. La vas a llevar a Londres. Para utilizarla. Para venderla. ¿Me he explicado bien? Dios santo, Peter, si madre lo supiera, se moriría.

– ¿No te resultaría muy conveniente? Ya no tendrías que preocuparte por si huye con Roderick y te deja en ridículo. Ya no tendrías que preguntarte cuánto tiempo pasa el buen doctor en su cama. Si ella tuviera el detalle de morirse por mi culpa, hasta podrías celebrarlo, devolviendo la foto de padre a su sitio. Pero sería una mala pasada, ¿verdad, Tommy? Porque tendrías que dejar de actuar como un mojigato y te resultaría muy difícil.

– No intentes soslayar el problema sacando a relucir todo eso.

– ¡Oh, no! ¡Qué delito tan espantoso!

Peter cogió la foto de la universidad y la tiró hacia su hermano. Se estrelló contra la pata de una silla.

– Eres un hombre sin mácula, ¿verdad, Tommy? ¿Por qué no podré seguir tu impecable ejemplo?

– No quiero pelearme contigo, Peter.

– Delicioso. De veras. Drogas, adulterio y fornicación. Todo reunido en una sola familia. ¿Quién sabe qué más deberíamos afrontar si Judy estuviera aquí también? Ha jugueteado con el adulterio, ¿no es cierto, Tommy? De tal madre, tal hija. Y tú, ¿qué? ¿Demasiado noble para montártelo con la mujer de otro si te hace tilín? ¿Demasiado recto? ¿Demasiado ético? No puedo creerlo.

– Esta conversación es absurda.

– Debes considerarnos una maldición. Vivir como culo y mierda con los siete pecados capitales y complacerse en cada uno de ellos. ¿A qué perjudicamos más? ¿A tu jodido título o a tu preciosa carrera?

– Dirías cualquier cosa con tal de herirme, ¿verdad?

Peter lanzó una carcajada, pero aferró con fuerza el respaldo de una butaca.

– ¿Herirte? ¿De veras crees eso? No puedo creerlo. Por lo que yo sé, el mundo todavía gira alrededor del sol, no de ti. ¿O no te habías dado cuenta? De hecho, hay gente que vive sin preocuparse en lo más mínimo por el efecto que su comportamiento produzca en el octavo conde de Asherton, y yo soy una de esas personas, Tommy. No bailo al son de tu ritmo. Nunca lo he hecho, y nunca lo haré. -Sus facciones reflejaron una airada amargura-. Lo que más me gusta de esta sórdida conversación es la implicación de que nada te importa, excepto tú. Te la suda Howenstow, madre y yo. ¿Qué más da si la mansión arde hasta los cimientos? ¿Qué más da si los dos nos quemamos con ella? Te librarías de nosotros. No tendrías que preocuparte nunca más por interpretar tu papel. El hijo respetuoso. El hermano cariñoso. Me pones enfermo.