– ¡No pretenderás sellar Wheal Maen!
La exclamación sonó como un aullido, proferido por lady Augusta, la tía soltera de Lynley. La hermana de su padre siempre había manifestado un interés de propietaria sobre Howenstow. Mientras hablaba, dirigió una mirada de reproche a John Penellin, sentado a su derecha, que no se integraba en la conversación.
St. James se sorprendió al ver a Penellin entre los invitados. Una muerte en la familia era excusa suficiente para explicar su ausencia de una cena en la que no parecía tener el menor interés. El administrador de la finca había articulado menos de diez palabras durante el aperitivo servido en el vestíbulo, y pasó la mayor parte del tiempo mirando por la ventana en dirección al pabellón. Sin embargo, a juzgar por lo que había visto y oído la noche anterior, St. James sabía que Penellin no sentía ningún afecto por su yerno. Por tanto, tal vez fuera su indiferencia hacia Mick Cambrey lo que le había impulsado a unirse a la reunión. O quizá fuera un acto de lealtad hacia los Lynley. O una acción con la que deseaba aparentar lo último.
Lady Augusta continuó. Era una mujer experta en el arte de conversar durante las comidas, que dedicaba la mitad de su tiempo a la derecha, la otra mitad a la izquierda, y lanzaba un comentario hacia el centro siempre que lo consideraba apropiado.
– Ya es suficiente desgracia que se deba cerrar Wheal Maen, ¡pero las vacas estaban pastando en el parque cuando llegué! Santo Dios, no daba crédito a mis ojos. Mi padre se estará revolviendo en su tumba. No comprendo el motivo, señor Penellin.
Penellin levantó la vista de su copa de vino.
– La mina está demasiado cerca de la carretera -explicó-. El pozo principal se ha inundado. Es más seguro sellarla.
– ¡Paparruchas! -exclamó lady Augusta-. Esas minas son obras de arte. Usted sabe tan bien como yo que al menos dos de nuestras minas tienen las vagonetas perfectamente intactas. A la gente le gusta ver ese tipo de cosas. La gente paga por verlas.
– ¿Circuitos guiados, tía? -preguntó Lynley.
– ¡Justamente!
– Todo el mundo llevando esos maravillosos cascos ciclópeos con linternas fijas a sus frentes
– colaboró lady Helen.
– Sí, por supuesto. -Lady Augusta golpeteó la mesa con el tenedor-. No queremos que la administración venga a husmear para quedarse con todo y expulsar a todo el mundo de sus casas, ¿verdad que no? ¿Verdad que no? -se apresuró a cabecear en asentimiento, dando por sentado que la falta de respuesta implicaba que se estaba de acuerdo con ella-. Perfecto. No queremos. ¿Qué otra manera nos queda de ahuyentar a esos animales que no sea encargarnos nosotros mismos del turismo, queridos? Hemos de llevar a cabo reparaciones, hemos de abrir las minas, hemos de permitir las visitas programadas. A los niños les encantan las excursiones. Se volverán locos por bajar. No dejarán en paz a sus padres hasta que hayan echado un vistazo.
– Una idea interesante -repuso Lynley-, pero sólo la tendré en cuenta con una condición.
– ¿Cuál, Tommy querido?
– Que tú dirijas el salón de té.
– Que yo…
Lady Augusta cerró la boca con brusquedad.
– Con una gorra blanca -continuó Lynley-, o tal vez vestida de lechera.
Lady Augusta se recostó contra la silla y rió con la espontaneidad de una mujer consciente de haber sido derrotada, al menos de momento.
– Nene malo -dijo, y se concentró en la sopa.
La conversación sufrió altibajos a lo largo de la velada. St. James sólo captó retazos dispersos. Lady Asherton y Cotter hablaron sobre un corcel de metal, enjaezado y en actitud de cabriolear, que colgaba en la pared este de la sala; lady Helen relató al doctor Trenarrow la divertida historia de una confusión de identidades ocurrida mucho tiempo atrás en una fiesta a la que acudió su padre; Justin Brooke y Sidney rieron al unísono de un comentario de lady Augusta sobre la niñez de Lynley; el parlamentario de Plymouth y la señora Sweeney se debatían en un mar de confusiones, en el que él discutía la necesidad del desarrollo económico y ella respondía con fantasías sobre atraer la industria cinematográfica a Cornualles, en apariencia para reservarse un papel estelar; el señor Sweeney (cuando sus ojos no se regodeaban en su mujer) murmuraba vagas respuestas a la esposa del parlamentario, que hablaba sobre cada uno de sus nietos por turno. Sólo Peter y Sasha hablaban en voz baja, las cabezas juntas, absortos en su mutua atención.
De este modo, el grupo se deslizó plácidamente hacia el final de la cena, anunciado por la llegada del budín, una llameante invención cuyo propósito parecía residir en concluir el ágape mediante una conflagración. Después de ser servido y devorado, Lynley se puso en pie. Se tiró el pelo hacia atrás con un ademán infantil.
– Todos vosotros lo sabéis ya -dijo-, pero me gustaría anunciar oficialmente esta noche que Deborah y yo nos casaremos en diciembre.
Como si la bendijera, acarició su brillante cabello cuando se alzó un murmullo de felicitaciones.
– Lo que no sabéis, sin embargo, porque lo hemos decidido esta tarde, es que después nos estableceremos de forma permanente en Cornualles. Viviremos aquí, nuestros niños crecerán aquí, con vosotros.
A juzgar por la reacción, nadie esperaba semejante noticia, y St. James el que menos. Retuvo la impresión de una exclamación general de sorpresa, seguida de unas imágenes que se desplegaron velozmente ante sus ojos: lady Asherton pronunció el nombre de su hijo sin decir nada más; Trenarrow se volvió bruscamente hacia la madre de Lynley; Deborah apretó la mejilla contra la mano de Lynley, en un movimiento tan rápido como imperceptible; y Cotter estudió a St. James con una expresión inequívoca. Desde el primer momento ha sospechado este regreso a Cornualles, pensó St. James.
No tuvo tiempo de reflexionar sobre lo que significaría, lo que supondría estar alejado casi cuatrocientos cincuenta kilómetros de Deborah, ausente de la casa donde había vivido toda su vida. Porque se habían distribuido copas de champán y el señor Sweeney aprovechó el momento con entusiasmo. Se levantó, ansioso por ser el primero en glosar tan espléndida noticia. Sólo la Segunda Venida podría haberle proporcionado mayor placer.
– Debo decir, pues… -Cogió su copa con un movimiento precipitado-. Quiero brindar por vosotros. Por teneros con nosotros de nuevo, por teneros en casa, por teneros… -Fracasó en su intento de encontrar el sentimiento apropiado y se limitó a levantar la copa, balbuceando, antes de sentarse-. Simplemente maravilloso.
Siguieron más felicitaciones y se plantearon en voz alta las inevitables preguntas sobre el compromiso, la boda y la vida futura. La cena podría haber dado paso en aquel momento a una amplia exhibición de buen humor, pero Peter Lynley se encargó de impedirlo.
Se puso en pie y extendió la copa de champán en dirección a su hermano, pero estuvo a punto de derramar su contenido.
– Vamos a brindar -dijo, arrastrando la última palabra. Se apoyó en el hombro de Sasha para mantener el equilibrio. La joven miró de reojo a Lynley y dijo algo en voz baja, que Peter desoyó-. Por el hermano perfecto -anunció-, que ha conseguido por fin, después de rastrear el mundo entero, no sin dejar de catar el material, ¿verdad, Tommy?, encontrar a la mujer perfecta, con la que ahora podrá llevar la vida perfecta. Menuda suerte tiene lord Asherton.
Bebió ruidosamente y se derrumbó en la silla. Una sonrisa maligna deformó sus rasgos.
Aquí se acaba todo, pensó St. James. Observó la reacción de Lynley, pero sus ojos se posaron en Deborah. Había agachado la cabeza, el rostro tenso. Aunque su humillación resultaba innecesaria e injustificada, considerando quién era el culpable, el hecho en sí le espoleó. St. James empujó su silla hacia atrás y se levantó con movimientos torpes.
– El tema de la perfección siempre está abierto al debate -declaró-. Carezco de la elocuencia necesaria para extenderme sobre el particular. En su lugar, brindaré por Tommy, mi más viejo amigo, y por Deborah, la compañera más querida de mi exilio. La presencia de ambos ha enriquecido más mi vida.