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Un murmullo de aprobación siguió a sus palabras, y el parlamentario de Plymouth se apresuró a levantar la copa, logrando convertir su brindis en un discurso que daba cuenta de sus logros y de su firme, aunque muy improbable, creencia en la resurrección de la industria minera de Cornualles, un tema al que lady Augusta se adhirió con entusiasmo durante varios minutos más. Al final, quedó claro que el grupo estaba decidido a hacer caso omiso del intento fallido llevado a cabo por Peter, determinación respaldada por lady Asherton, quien anunció, con resuelto semblante de buen humor, que el café, el oporto y demás etcéteras de sobremesa se servirían en el salón.

Al contrario que el comedor, con sus candelabros de plata y discretas lámparas de pared, el salón estaba brillantemente iluminado por dos arañas. Había sido dispuesta una mesa con servicio de café y otra con coñac, copas y licores. St. James, con la taza de café en la mano, se encaminó hacia un canapé Hepplewhite situado en el centro del salón. Se sentó y dejó la taza sobre la mesa auxiliar. En realidad, no le apetecía el café, ni siquiera sabía por qué lo había cogido.

– Querida. -Lady Augusta había acorralado a Deborah junto al piano de cola-. Quiero que me expliques todos los cambios que piensas efectuar en Howenstow.

– ¿Cambios? -preguntó Deborah, pasmada.

– Es absolutamente imprescindible remozar los cuartos de los niños. Enseguida te darás cuenta.

– La verdad es que no he tenido tiempo de pensar en eso.

– Sé que eres muy aficionada a la fotografía, Daze me lo contó la semana pasada, pero me alegro de decirte que no pareces la clase de mujer capaz de renunciar a tener hijos por dedicarse a una profesión.

Como si quisiera verificar la aprobación a sus palabras, retrocedió y examinó a Deborah, como un criador que considerase las virtudes de una yegua.

– Soy una fotógrafo profesional -replicó Deborah, subrayando el adjetivo.

Lady Augusta desechó tal posibilidad con el gesto propio de quien ahuyenta una mosca.

– No permitirás que eso te impida tener hijos.

El doctor Trenarrow acudió al rescate de Deborah.

– Los tiempos han cambiado, Augusta. La era en que vivimos ya no determina los méritos de alguien por su capacidad de reproducción, gracias a Dios. Piensa en las ilimitadas posibilidades de la procreación. Se acabó la degeneración de los genes familiares. Un futuro sin hemofílicos, sin baile de san Vito.

– Oh, basura científica -fue la respuesta de lady Augusta, pero se sentía bastante indignada y buscó otra presa. Se encaminó hacia John Penellin, que se encontraba de pie en el umbral de la puerta que daba a la galería isabelina, con un coñac en la mano.

St. James la vio acercarse al administrador de la finca; el movimiento del pañuelo y de su amplio trasero le recordaron la popa de una nave con las velas al viento. Oyó que decía: «En cuanto a esas minas, señor Penellin», antes de volverse y descubrir que Deborah estaba a su lado.

– No te levantes, por favor.

Se sentó junto a él. No tomaba café ni licor.

– Has sobrevivido -sonrió St. James-. Hasta a la plata. Ni un solo error, por lo que he podido ver.

– Todo el mundo ha sido muy amable. Bueno, casi todo el mundo. Peter estuvo… -Paseó la mirada por el salón, como si buscara al hermano de Lynley, y suspiró, tal vez aliviada por el hecho de que Sasha y él hubieran abandonado la fiesta-. ¿Parecí petrificada cuando bajé? Seguro que sí. Antes de cenar, todos me trataban como si fuera de porcelana.

– Nada de eso.

St. James cogió la taza, pero se limitó a darle vueltas en el platillo. Se preguntó qué hacía Deborah con él. Su lugar estaba con Lynley, quien sostenía una animada conversación con el parlamentario de Plymouth, acompañado de Justin Brooke y Sidney. Oyó sus carcajadas, oyó que Brooke decía «muy cierto», oyó que uno de ellos comentaba algo acerca del partido laborista. Sidney hizo un comentario sobre el cabello de la primera ministra. Se produjo otro estallido de carcajadas.

Deborah, a su lado, se removió, pero no dijo nada. Era extraño que le hubiera elegido a él para tener compañía o efectuar un rápido repaso de los acontecimientos habidos aquella noche, y su reticencia tampoco era normal. St. James apartó la vista de su anillo de compromiso (una gruesa esmeralda adornada con diamantes) y comprobó que ella le estaba examinando con tal intensidad que se le subieron los colores a la cara.

Esta repentina pérdida de su habitual indiferencia era tan desconcertante como la inusitada timidez de la joven. Menudo par, pensó.

– ¿Por qué me llamaste eso en el comedor, Simon?

¿Quién había hablado de timidez?

– Me pareció lo más acertado. Al fin y al cabo, es la verdad. Tanto tú como tu padre estuvisteis conmigo en todo momento.

– Ya.

La mano de Deborah descansaba junto a la suya. Lo había observado, pero prefirió no hacer caso y realizó un esfuerzo deliberado por apartarse de ella, como un hombre temeroso de un posible contacto. Sus dedos estaban relajados, tal como él deseaba, y aunque un solo movimiento, en apariencia casual, habría bastado para cubrir la mano de la joven con la suya, tomó la precaución de mantener entre ambas diez centímetros, apropiadamente discretos y completamente hipócritas, del bien tapizado Hepplewhite.

El gesto fue obra de Deborah. Tocó apenas su mano, un contacto inocente que derrumbó sus murallas. El movimiento no significaba nada, y prometía aún menos. A pesar de que lo sabía muy bien, sus dedos retuvieron los de Deborah.

– Quiero saber por qué lo dijiste -repitió ella.

Era absurdo. No conducía a nada o, aún peor, podía conducir a un insoportable dolor que prefería ahorrarse.

– Simon…

– ¿Qué quieres que te conteste? ¿Qué puedo decir para que no nos sintamos desdichados y terminemos peleándonos otra vez? No quiero que vuelva a suceder, y creo que tú tampoco.

Se dijo que debía mantenerse fiel a todas las resoluciones que había tomado acerca de Deborah. Se dijo que la joven estaba comprometida, que el amor y el honor la ataban a otro. Se dijo que debía consolarse con el hecho de que, dentro de un tiempo, quizá volvieran a ser amigos como en el pasado, complaciéndose en su mutua compañía, sin desear otra cosa. Se dijo una docena de mentiras diferentes sobre lo que era correcto y posible en su situación, sobre el deber, la responsabilidad, el compromiso y el amor, sobre las ataduras éticas y morales que sujetaban a cada uno, y, pese a todo, aún quería hablar, porque la realidad era que cualquier cosa (incluso la ira y el riesgo de distanciarse) era mejor que el vacío.

Un súbito alboroto en la puerta del salón impidió que la conversación prosperara. Hodge estaba hablando en tono vehemente con lady Asherton, en tanto Nancy Cambrey le tiraba del brazo como si quisiera arrastrarle hacia el pasillo. Lynley se reunió con ellos. St. James le imitó. La voz de Nancy se elevó sobre el silencio que había descendido sobre los reunidos.

– No puede hacerlo. Ahora no.

– ¿Qué pasa? -preguntó Lynley.

– El inspector Boscowan, mi lord -contestó Hodge en voz baja-. Está en el vestíbulo. Quiere hablar con John Penellin.

Las palabras de Hodge sólo eran ciertas en parte porque, antes de que terminara, Boscowan entró en el salón, como si sospechase algún problema. Paseó la mirada por el grupo, con expresión afligida, y sus ojos se posaron sobre John Penellin. El deber que le había obligado a interrumpir la fiesta era evidente› como también que ese deber no le producía la menor alegría.

En el salón se hizo un silencio de muerte. Tohn Penellin caminó hacia ellos. Tendió su coñac al doctor Trenarrow.

– Edward.

Saludó a Boscowan con un cabeceo. Nancy había desaparecido en el pasillo, donde se desplomó sobre una silla y contempló el encuentro.