– Tal vez podríamos ir a mi despacho.
– No es necesario, John -dijo Boscowan-. Lo siento.
La implicación oculta tras la disculpa era obvia. Boscowan jamás habría acudido a Howenstow de esta forma, si no estuviera seguro de tener a su hombre.
– ¿Vas a detenerme?
Penellin formuló la pregunta de una manera resignada y desprovista de pánico al mismo tiempo, como si llevara tiempo preparándose para este desenlace.
Boscowan paseó la mirada en derredor. Todos los ojos estaban clavados en el pequeño grupo.
– Salgamos de aquí, por favor -dijo, y se dirigió al pasillo. Penellin, Lynley y St. James le siguieron. Un policía de paisano estaba esperando en el rellano. Era corpulento, con el físico de un boxeador, y los contempló con cautela, los brazos cruzados y los puños apretados.
– Necesitas un abogado, John. Hemos recibido los informes forenses preliminares. La situación se ha complicado. Lo siento -repitió, de una manera que no dejaba ninguna duda sobre la sinceridad de Boscowan.
– ¿Huellas dactilares, fibras, cabellos? ¿Qué han| encontrado? -preguntó Lynley.
– De todo.
– Papá había estado otras veces en casa -apuntó Nancy.
Boscowan meneó la cabeza. St. James comprendió qué significaba el gesto. Las huellas de Penellin en la casa se podían descartar porque había estado antes allí, pero, si Boscowan contaba con fibras y cabellos, existía la probabilidad de que hubieran sido encontrados en un solo lugar: el cadáver de Mick Cambrey. Si tal era el caso, la realidad consistía en que Penellin había mentido sobre su paradero la noche anterior.
– Si haces el favor de acompañarme -dijo Boscowan, en un tono de voz más normal. Pareció la señal que esperaba el otro policía. Se acercó a Penellin y le cogió el brazo. En un momento, todo había terminado.
Cuando el sonido de los pasos se desvaneció, Nancy Cambrey perdió el conocimiento. Lynley la sujetó antes de que cayera al suelo.
– Trae a Helen -dijo a St. James.
Cuando lady Helen se reunió con ellos, trasladaron a Nancy a la salita que utilizaba lady Asherton de día, en el ala este de la mansión. Era íntima y cómoda a la vez. Unos minutos entre recuerdos familiares y muebles conocidos contribuirían a la recuperación de Nancy, decidió Lynley. Agradeció que su madre desapareciera en el piso de arriba, con el fin de asumir en privado la detención de John Penellin y hacer frente al trastorno que traería consigo.
St. James había tenido la previsión de coger la botella de whisky del salón. Le tendió un vaso a Nancy. Lady Helen sujetó su mano. Apenas había tomado la joven un sorbo cuando alguien llamó a la puerta con suavidad. A continuación, inexplicablemente, se oyó la voz de Justin Brooke.
– ¿Puedo entrar?
No aguardó la respuesta, sino que abrió la puerta, asomó la cabeza y calló hasta localizar a Lynley.
– ¿Puedo hablar contigo?
– ¿Hablar conmigo? -preguntó Lynley, incrédulo, intrigado por la irrupción de Brooke-. ¿Qué demonios…?
– Es importante -replicó Brooke. Miró a los demás como en busca de ayuda, y la encontró donde menos podía esperarse.
– Acompañaré a Nancy al pabellón, Tommy-dijo lady Helen-. No tiene sentido que se quede aquí. Estoy segura de que la niña necesita sus cuidados.
Lynley esperó a que las dos mujeres se marcharan para hablar con Brooke, que cogió una silla de respaldo abombado sin que nadie le invitara, la echó hacia atrás y cruzó los brazos sobre la barra superior. Lynley se apoyó contra el escritorio de su madre. St. James siguió de pie junto a la chimenea.
– ¿Qué quieres? -preguntó Lynley a Brooke. Estaba irritado por la interrupción y demasiado preocupado para molestarse en disimularlo.
– Es un asunto privado, que concierne a tu familia.
Brooke ladeó la cabeza hacia St. James, como indicando su deseo de que el otro hombre no estuviera presente en la conversación. St. James hizo ademán de salir.
– No, quédate -dijo Lynley, notando un perverso placer al arrebatar a Brooke el control que le procuraría la ausencia de St. James. Algo en aquel hombre le desagradaba: una naturalidad que cierta malicia en su expresión contradecía.
Brooke cogió la botella de whisky y el vaso de Nancy, posados sobre una mesa circular contigua a la silla. Se sirvió un poco.
– Muy bien -dijo-. Tomaré una copa. ¿Quieres?
Tendió la botella a Lynley, y después a St. James. No había más vasos en la salita, de modo que la invitación carecía de sentido, como Brooke sabía sin duda. Paladeó el whisky.
– Muy bueno -comentó, y se sirvió un poco más-. Todo el mundo se ha enterado ya de la detención de Penellin. Sólo que Penellin no pudo matar a ese tal Mick Cambrey.
Era lo que Lynley menos esperaba oír.
– Si sabes algo de este asunto, dilo a la policía. Sólo me concierne de una manera indirecta.
– Más directa de lo que imaginas -replicó Brooke.
– ¿De qué estás hablando?
– De tu hermano.
El tic tac del reloj situado sobre la librería de la esquina pareció retumbar en la salita, sólo superado por el tintineo de la botella contra el vaso cuando Brooke vertió más whisky. Lynley se negó a pensar en lo impensable, se negó a extraer la conclusión que aquellas tres sencillas palabras exigían.
– La gente reunida en el salón estaba diciendo hace un momento que Penellin mantuvo una discusión con Cambrey antes de su muerte. Decían que era el principal motivo de que sospechen de él. Alguien lo ha oído hoy en el pueblo.
– No sé qué relación guarda esto con mi hermano.
– Me temo que toda. Mick Cambrey no sostuvo una discusión con Penellin. O, si lo hizo, no tiene comparación con la pelea que sostuvo con Peter.
Lynley miró fijamente al hombre. Sintió un repentino impulso de sacarle a patadas de la salita, y reconoció que el deseo estaba íntimamente vinculado a un temor incipiente y a la molesta comprensión de que esta información no le sorprendía.
– ¿De qué estás hablando? ¿Cómo lo sabes?
– Yo estuve con él -contestó Brooke-. Después de la visita de Penellin. Al menos, eso dijo Cambrey. Lynley se sentó.
– El relato de los hechos, por favor -dijo, con marcada cortesía.
– Muy bien. -Brooke aprobó con un movimiento de cabeza-. Sid y yo nos peleamos ayer. Anoche no tenía muchas ganas de verme, así que fui al pueblo. Con Peter.
– ¿Porqué?
– Para hacer algo, sobre todo. Peter estaba sin un céntimo y quería pedir prestado un poco de dinero. Dijo que conocía a un tipo que aquella noche estaba manejando dinero, así que fuimos a verle. Era Cambrey.
Lynley entornó los ojos.
– ¿Para qué necesitaba el dinero?
Brooke dirigió una mirada a St. James, como si aguardase una reacción por su parte.
– Quería un poco de coca.
– ¿Te llevó con él? ¿No fue un poco imprudente?
– Ningún problema. Peter sabía que podía confiar en mí. -Brooke pareció inclinarse por hablar con más sinceridad-. Escucha, yo traje algo ayer, y le di un poco. Se terminó. Queríamos más, pero yo estaba tan arruinado como él, así que fuimos a buscar. Queríamos colocarnos.
– Ya. Has llegado a conocer muy bien a mi hermano en tan sólo un fin de semana.
– La gente se conoce con facilidad cuando descubre que posee intereses comunes.
– Muy cierto. -Lynley reprimió su necesidad de cerrar los puños y lanzar un golpe-. ¿Le prestó dinero Mick?
– No quiso ni oír hablar de ello. Así empezó la pelea. Peter vio, al igual que yo, ocho o diez bolsas sobre su escritorio, pero no quiso darnos ni una pizca.
– ¿Qué pasó entonces?
Brooke hizo una mueca.
– Coño, yo ni siquiera conocía a aquel tipo. Cuando Mick y Peter empezaron a pelearse, me largué. Me habría gustado un poco de coca, sí, pero no quería me terme en un berenjenal.