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– ¿Qué hiciste cuando te marchaste?

– Di unas vueltas hasta encontrar la taberna. Tomé una copa y volví en autostop más tarde.

– ¿En autostop? ¿Con quién?

– Un granjero y su mujer -Brooke sonrió y añadió, innecesariamente-: A juzgar por como olían. A vaca, diría yo.

– ¿Y Peter?

– Le dejé discutiendo con Cambrey.

– ¿Dónde estaba Sasha mientras tanto?

– Aquí. Peter y ella se habían peleado por una promesa que él había hecho en Londres, referente a que él conseguiría un poco de droga. Creo que ella estaba esperando a ver si cumplía su palabra.

– ¿A qué hora te fuiste de la casa? -preguntó St. James, con expresión impasible.

Brooke miró la cornisa blanca de la salita, el dibujo que repetía óvalos. Meditaba, recordaba, o ambas cosas a la vez.

– Salí de la taberna a las diez. Me acuerdo bien. Miré el reloj.

– ¿Volviste a ver a Peter después?

– No le he vuelto a ver hasta esta noche.

Brooke sonrió de nuevo, una sonrisa de complicidad, como apelando a la camaradería y a la comprensión.

– Volví aquí, hice las paces con Sid y pasé la noche… ocupado en su habitación. Muy bien ocupado, para ser preciso. Sid es así. -Se puso en pie-. Pensé que era preferible contarte a ti lo de tu hermano antes que a la policía. Me dio la impresión de que sabrías lo que se debe hacer. Pero, si prefieres que hable con ellos…

No terminó la frase. Todos sabían que no valía la pena. Se despidió con un cabeceo y salió de la salita.

Cuando la puerta se cerró a su espalda, Lynley buscó la pitillera en su bolsillo. Cuando la sacó, sin embargo, se quedó mirándola con curiosidad, vio los destellos que arrancaba la luz y se preguntó cómo había llegado a su mano. No tenía ganas de fumar.

– ¿Qué voy a…? -empezó con voz ronca. Probó de nuevo-. ¿Qué voy a hacer, St. James?

– Hablar con Boscowan. ¿Qué otra cosa puedes hacer?

– Es mi hermano. ¿Pretendes que interprete el papel de Caín?

– ¿Tendré que hacerlo por ti?

Lynley miró a su amigo. Vio la expresión implacable de St. James. Sabía que no existía otra alternativa razonable. Lo sabía a pesar de que se esforzaba en encontrar una.

– Dame tiempo hasta mañana -dijo.

14

Deborah echó un vistazo rápido a la habitación para comprobar que no olvidaba nada. Cerró la maleta y la quitó de la cama, decidiendo que era como si se marchasen de Cornualles. El tiempo había cambiado durante la noche, y el deslumbrante cielo azul cobalto de ayer había dado paso al tono color pizarra de esta mañana. Fuertes ráfagas de viento azotaban de vez en cuando las ventanas, y por una que estaba en parte abierta se colaba el inequívoco olor del aire cargado de lluvia. Sin embargo, aparte del ocasional batir de las ventanas y el crujido de las pesadas ramas de las hayas que se alzaban a escasa distancia de la mansión, no se oían otros sonidos porque, al intuir la proximidad de la tormenta, las ruidosas gaviotas y cormoranes habían desaparecido, buscando refugio tierra adentro.

– Señorita.

En el umbral de la puerta había aparecido una de las criadas, una joven cuya nube de cabello oscuro casi ocultaba su rostro triangular. Deborah recordó que se llamaba Caroline, y como las demás sirvientas de la mansión que sólo trabajaban de día, no llevaba uniforme, sino una falda azul marino, blusa blanca y zapatos de tacón bajo. Todo en su aspecto denotaba limpieza: portaba una bandeja que señaló mientras hablaba.

– Su excelencia ha pensado que le apetecería tomar algo antes de ir a la estación para coger el tren -dijo Caroline, depositando la bandeja sobre una mesa de trípode cercana a la chimenea-. Nadie está preparado aún. Dice que sólo le quedan treinta minutos.

– ¿Lo sabe lady Helen? ¿Se ha levantado ya?

– Levantada, vestida y desayunando.

Como si quisiera confirmar la veracidad de esta afirmación, lady Helen entró en la habitación, ocupada en tres actividades al mismo tiempo. Caminaba con medias pero descalza, mordisqueaba una tostada y sostenía un par de zapatos en su mano extendida.

– No me decido -anunció, mientras los examinaba con aire crítico-. El raso es más cómodo, pero los verdes son más cucos, ¿verdad? Ya me he puesto y quitado los dos pares una docena de veces.

– Yo me inclinaría por los de raso -dijo Caroline.

– Hummm.

Lady Helen tiró un zapato de raso al suelo, se lo puso, tiró uno del otro par y se lo puso en el otro pie.

– Fíjate bien, Caroline. ¿Estás segura?

– Por completo -contestó la criada-. Los de raso. Si me da el otro par, lo guardaré en su maleta.

Lady Helen le indicó que esperase un momento. Estudió sus pies en el espejo del ropero.

– Entiendo por qué lo dices, pero fíjate en el verde. Mi falda también tiene tonos verdes, y así contrastarán magníficamente, porque utilizaré un bolso divino a juego con estos zapatos, y me muero de ganas de combinarlo. Detesto admitir que una compra impulsiva de zapatos y bolso ha sido en vano. Deborah, ¿qué opinas?

– Los de raso -dijo Deborah. Empujó la maleta hacia la puerta y se acercó al tocador.

Lady Helen suspiró.

– Supongo que he perdido la votación. -Esperó a que Caroline saliera de la habitación-. Me pregunto si podría robársela a Tommy. Tomó una decisión con sólo echar un vistazo a los zapatos. Cielos, Deborah, me ahorraría horas cada día. Se acabó pasarse la mañana ante el ropero, intentando inútilmente decidir lo que he de ponerme. Me sentiría enormemente liberada.

Deborah emitió un vago sonido a modo de respuesta, y contempló perpleja el espacio vacío contiguo al tocador. Echó un vistazo al ropero, sin experimentar pánico ni consternación al principio, sólo confusión. Lady Helen continuó charlando.

– Me autocastigo. Oigo la palabra «ventas» en referencia a Harrod's y me descompongo. Zapatos, sombreros, jerseys, vestidos. Una vez llegué a comprar un par de Wellington's sólo porque me sentaban bien. Tan bonitos, pensé, ideales para pasear por el jardín de mamá. -Examinó la bandeja del desayuno de Deborah-. ¿Vas a comer el pomelo?

– No, no tengo nada de hambre.

Deborah entró y salió del baño. Se arrodilló en el suelo para mirar debajo de la cama, intentando recordar dónde había dejado el estuche. Siempre había estado en la habitación. Lo había visto sin verlo anoche, y también la noche anterior, ¿no? Meditó sobre la pregunta y reconoció que no podía responderla. De todos modos, era inconcebible que hubiera puesto en otro sitio el estuche, y aún más inconcebible que no se encontrara allí. Porque, si no se encontraba allí y no lo había puesto en otro sitio, sólo podía significar…

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó lady Helen, atacando el pomelo de Deborah.

El temor se apoderó de ella cuando comprobó que no había nada debajo de la cama. Deborah se levantó, el rostro cubierto de sudor.

La sonrisa de lady Helen se desvaneció.

– ¿Qué pasa? ¿Algo va mal?

En un último e inútil intento, Deborah volvió al ropero y tiró al suelo las almohadas y mantas de más.

– Mis cámaras -dijo-. Helen, mis cámaras. Han desaparecido.

– ¿Cámaras? -preguntó lady Helen, sin comprender-. ¿Desaparecidas? ¿Qué quieres decir?

– Lo que acabo de decir: desaparecidas. Estaban en el estuche. Tú lo viste. Las traje. Han desaparecido.

– Pero no pueden haber desaparecido, Deborah. Las habrás puesto en otro sitio. Sin duda alguien pensó…

– Han desaparecido -insistió Deborah-. Estaban en un estuche de metal. Cámaras, lentes, filtros. Todo, Helen.

Lady Helen colocó el cuenco de pomelo sobre la bandeja. Paseó la vista por la habitación.

– ¿Estás segura?

– ¡Claro que estoy segura! No seas tan… -Deborah se contuvo, tratando de conservar la calma-. Estaban en el estuche, junto al tocador. Mira. No están ahí.