– Voy a preguntar a Caroline -dijo lady Helen-, o a Hodge. Quizá las hayan bajado ya al coche, o quizá Tommy vino antes a buscarlas. Será eso. No creo que nadie las haya…
Su voz se negó a pronunciar la palabra «robado». Sin embargo, la omisión daba a entender que había acudido a la mente de lady Helen.
– No he salido de la habitación desde anoche. Sólo he ido al baño. Si Tommy hubiera venido a por las cámaras, me lo habría dicho.
– Voy a preguntar -repitió lady Helen, y salió de la habitación.
Deborah se derrumbó sobre el taburete situado frente al tocador y clavó la vista en el suelo. El diseño de flores y hojas de la alfombra se nubló ante sus ojos mientras meditaba en la pérdida. Tres cámaras, seis lentes, docenas de filtros, todo adquirido con las ganancias de su primera exposición triunfal en Estados Unidos, un equipo de primera calidad que representaba aquello en que se había convertido el final de sus tres años de independencia. Una profesional sin vínculos, sin deberes, sin obligaciones. Una mujer comprometida con el futuro.
Todas las decisiones que había tomado durante aquellos años en Estados Unidos se legitimaban por la posesión de aquel equipo. Podía rememorar todas las conclusiones a que había llegado, todas las convicciones que había desarrollado, todos sus actos, sin sentirse culpable o arrepentida, porque el resultado era una profesión en la que descollaba. Daba igual que lamentara en secreto haber renunciado a parte de una vida, la que se destina a los sentimientos. Tampoco le afectaba que hubiera llenado su tiempo con distracciones que relegaban al olvido lo peor de la pérdida; de hecho, había reevaluado todas las pérdidas, definiéndolas como insustanciales. Todo fue aceptable y correcto, todo estuvo justificado porque logró sus objetivos. Había triunfado y, en consecuencia, poseía todos los signos y símbolos del hecho. Lady Helen volvió a entrar en la habitación.
– He hablado con Caroline y Hodge -dijo, vacilante. No tuvo necesidad de añadir nada más-. Escucha, Deborah. Tommy…
– ¡No quiero que Tommy me compre otras cámaras! -gritó Deborah.
Una fugaz expresión de sorpresa recorrió las facciones de lady Helen. Desapareció al cabo de un instante, y dio acceso a otra de serenidad imparcial.
– Iba a decir que Tommy querrá enterarse lo antes posible. Iré a buscarle.
Sólo se ausentó unos segundos, y regresó con Tommy y St. James. El primero se acercó a Deborah, mientras el segundo se quedaba junto a la puerta.
– Maldita sea -murmuró Lynley-. ¿Qué más puede pasar?
Rodeó con el brazo los hombros de Deborah y la apretó contra él un instante, antes de arrodillarse junto al taburete y mirarla a la cara.
Arrugas de fatiga surcaban el rostro de Lynley. Daba la impresión de no haber dormido en toda la noche. Deborah sabía que estaba muy preocupado por John Penellin, y experimentó una oleada de vergüenza al pensar que le estaba ocasionando otro disgusto.
– Deb, querida -dijo él-. Lo siento mucho.
Por lo tanto, sabía que le habían robado las cámaras. Ni siquiera esgrimió la excusa de que hubiera puesto el equipo en otro lugar.
– ¿Cuándo las viste por última vez, Deborah? -le preguntó St. James.
Lynley acarició su cabello y lo apartó de su cara. Deborah olió el aroma fresco y limpio de su piel. Lynley aún no había fumado, y le gustaba su olor cuando aún no había fumado el primer cigarrillo. Si pudiera concentrarse en Tommy, todo lo demás se disiparía.
– ¿Las viste anoche cuando te acostaste? -insistió St. James.
– Estaban aquí ayer por la mañana. Lo recuerdo porque guardé la cámara que había utilizado en la representación. Todo estaba aquí, justo al lado del tocador.
– ¿No recuerdas haberlas visto después? ¿No las usaste durante el día?
– No las usé. Ni siquiera entré en la habitación hasta la hora de vestirme para la fiesta. Me habría fijado en ellas, seguro. Al fin y al cabo, estuve aquí, me vestí junto al tocador, pero no me fijé en ellas anoche. ¿Y tú, Simon?
Lynley se levantó. Dirigió una mirada de curiosidad a Deborah y después a St. James, una mirada perpleja, pero nada más.
– Estoy seguro de que estaban aquí -contestó St. James-. Era tu antiguo estuche de metal, ¿verdad? -Cuando ella asintió, prosiguió-: Las vi junto al tocador.
– Las vio junto al tocador -repitió Lynley, más para sí que para los otros. Miró el lugar vacío del suelo. Miró a St. James. Miró la cama-. ¿Cuándo, St. James?
Formuló la pregunta en tono desenvuelto, tres sencillas palabras, pero el hecho de que la formulara y su tono deliberado añadieron una nueva dimensión a la conversación.
– Tommy, ¿no deberíamos salir ya hacia la estación? -intervino lady Helen.
– ¿Cuándo viste el estuche de las cámaras, St. James? ¿Ayer? ¿Por la tarde? ¿En algún momento de la noche? ¿Cuándo? ¿Estabas solo, o fue Deborah…?
– ¡Tommy! -exclamó lady Helen.
– No. Quiero que conteste.
St. James no respondió. Deborah, horrorizada, cogió a Lynley por el brazo. Dirigió a lady Helen una mirada de súplica evidente.
– Tommy -dijo lady Helen-, esto no es…
– Quiero que conteste, he dicho.
Pasó un momento, una breve eternidad de tensión, antes de que St. James recitara los hechos sin la menor emoción.
– Helen y yo nos hicimos una idea ayer de cómo era Mick Cambrey, a partir de lo que nos dijo su padre. Se lo conté a Deborah anoche antes de cenar. Fue entonces cuando vi el estuche de las cámaras.
Lynley le miró fijamente. Exhaló un largo suspiro.
– Hostia -dijo-. Hostia. Lo siento. Ha sido una estupidez. No sé por qué lo he hecho.
St. James podría haber sonreído, podría haber desechado la disculpa, podría haber transformado el insulto implícito en un error comprensible con una simple carcajada. No hizo nada, no dijo nada. Se limitó a mirar a Deborah, un brevísimo instante, y apartó la vista.
– ¿Eran muy valiosas, Deborah? -preguntó lady Helen, intentando aliviar la insostenible situación.
– Cientos… cientos de libras.
Deborah se acercó a la ventana para que la luz le diera desde atrás, ocultando su cara. Notaba la sangre que latía en su pecho, en su cuello, en sus mejillas. Aunque pareciera absurdo, sólo deseaba llorar.
– En ese caso, alguien confiará en venderlas, pero no en Cornualles, ni mucho menos en las cercanías, pues se podría seguir el rastro con toda facilidad. Tal vez en Bodmin, en Exeter, o incluso en Londres, y si es así, debieron sustraerlas anoche, durante la fiesta, en mi opinión. Después de que detuvieran a John Penellin, se produjo una cierta confusión, ¿no? La gente se pasó el resto de la velada entrando y saliendo del salón.
– No todo el mundo estaba en el salón -dijo Deborah.
Pensó en Peter Lynley, en la crueldad de su brindis. ¿Quién podía desear más herirla, sino Peter? ¿Qué mejor manera de atacar a Tommy que hiriéndola?
St. James consultó su reloj.
– Deberías llevar a Helen y Deborah a la estación -dijo a Lynley-. No tiene sentido que se queden, ¿verdad? Ya nos ocuparemos nosotros de las cámaras.
– Eso está mejor -aprobó lady Helen-. De repente, ardo en deseos de pasearme entre la mugre y la suciedad de Londres, queridos míos.
Caminó hacia la puerta y apretó levemente la mano de St. James al pasar.
Cuando St. James hizo ademán de seguirla, Lynley habló.
– Perdóname, Simon. No tengo excusas.
– Salvo tu hermano y John Penellin. Cansancio y preocupación. No importa, Tommy.
– Sí que importa. Me siento como un perfecto imbécil.
St. James meneó la cabeza, pero su rostro continuaba impenetrable.
– No ha sido nada. Olvídalo, por favor.
Salió de la habitación.
St. James oyó, más que vio, a su hermana bostezando en la puerta del comedor.