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– Señor, qué noche -dijo, cuando entró en la sala y se sentó con él a la mesa.

Sidney descansó la cabeza en una mano, alcanzó la cafetera y se sirvió una taza, a la que añadió azúcar con un aire de indiferencia general. Como si no se hubiera molestado en mirar por la ventana para saber qué debía ponerse, vestía pantalones cortos de un azul brillante, profusamente decorados con destellantes estrellas plateadas y una especie de corpiño.

– Brindis ofensivos después de la cena, visitas de la policía, una detención. Es asombroso que hayamos sobrevivido -comentó.

Contempló la hilera de platos cubiertos, listos para servir, dispuestos sobre el aparador, se encogió de hombros, como si fuera demasiado complicado alcanzarlos, y cogió una lonja de bacon del plato de su hermano, que colocó sobre una tostada de St. James.

– Sid…

– ¿Humm? -Tiró del periódico hacia ella-. ¿Qué estás leyendo?

St. James no contestó. Había estado leyendo el Spokesman y quería meditar sobre la lectura.

Era un periódico de pueblo y su contenido se reducía, en su mayor parte, a noticias sobre el pueblo, y, por intensa o importante que fuera la asociación de Mick Cambrey con el Spokesman, St. James concluyó que nada de lo que había leído en el periódico apuntaba al móvil del asesinato. Las noticias se referían al esplendor de una boda celebrada en el muelle de Lamorna Cove, a la condena de un ladrón de bolsos de Penzance, a las innovaciones desarrolladas en una granja lechera, no lejos de St. Buryan. Se glosaba también la representación de Mucho ruido y pocas nueces en Nanrunnel, incluyendo el perfil de la joven que interpretaba a Hero. Las noticias deportivas consistían en un artículo sobre un partido de tenis local, y quien se ocupara de la página de sucesos había conseguido sacar a la luz tan sólo un accidente de tráfico, una disputa sobre la prioridad de paso entre el conductor de un camión y una vaca. Lo más prometedor era el editorial, pero la promesa se dirigía más hacia el futuro del periódico que hacia el móvil del crimen.

La página contenía dos columnas de opinión y siete cartas. Cambrey había escrito la primera columna, un artículo sobre la necesidad de reprimir la introducción de armas en Irlanda del Norte. Julianna Vandale comentaba la puericultura nacional en la segunda columna. Las cartas, procedentes de Nanrunnel y Penzance, se referían a anteriores columnas sobre la expansión del pueblo y el deterioro de los resultados escolares en la escuela secundaria local. Esto reflejaba los esfuerzos de Mick Cambrey por convertir el periódico en algo más que una hoja sobre los chismes del pueblo. Sin embargo, no había nada susceptible de provocar un asesinato.

St. James reflexionó sobre el hecho de que Harry Cambrey creía que su hijo estaba trabajando en una historia que lanzaría al Spokesman. Reflexionó sobre el hecho de que, sin confiar sus intenciones a su padre, Mick había planeado llegar con su historia a una audiencia más amplia que la de este remoto rincón de Cornualles. Se preguntó si Cambrey habría descubierto que su hijo empleaba tiempo, dinero y esfuerzos robados al Spokesman en algo que no iba a beneficiar en nada al periódico. Si Cambrey lo había descubierto, ¿cómo habría reaccionado ante la noticia? ¿Habría montado en cólera, como en la oficina del periódico?

Todas las preguntas relativas al asesinato giraban alrededor de decidir entre premeditación y pasión. La controversia habida antes sugería pasión, así como el que se mutilase el cuerpo, pero otros detalles (el estado de la sala de estar, el dinero desaparecido) sugerían premeditación. Ni siquiera la autopsia podría decantar la moneda por una de ambas posibilidades.

– ¿Dónde está todo el mundo esta mañana?

Sidney se levantó de la mesa, cogió el café y se acercó a una ventana, estirándose sobre un banco.

– Qué día tan horrible. Va a llover.

– Tommy se ha ido con Deborah y Helen para dejarlas en la estación. No he visto a los demás.

– Supongo que Justin y yo también nos iremos. Él ha de trabajar mañana. ¿Le has visto?

– Esta mañana, no.

St. James no lamentaba el hecho. Había descubierto que prefería ver lo menos posible a Brooke. Su única esperanza residía en que su hermana recuperara pronto la sensatez y se librara de aquel individuo.

– Quizá tendré que sacarle a rastras de su habitación -dijo Sidney, pero no se movió y aún seguía bebiendo café y mirando por la ventana cuando entró lady Asherton. Su indumentaria anunciaba que no había venido a desayunar. Llevaba tejanos subidos por encima de los tobillos, una camisa de algodón blanca de hombre y una gorra de béisbol. Portaba un par de pesados guantes de jardinería con los que azotó su palma.

– Menos mal que te he encontrado, Simon -exclamó-. ¿Quieres venir conmigo un momento? Es por lo de las cámaras de Deborah.

– ¿Las has encontrado? -preguntó St. James.

– ¿Encontrado? -repitió ella, desconcertada-. ¿Deborah ha perdido sus cámaras, para colmo?

Meneó la cabeza, volvió a la mesa y cogió la parte del periódico que su hermano había estado leyendo.

– En el jardín -dijo lady Asherton, y salió, precediendo a St. James. Un viento salado empujaba a gran velocidad un banco de ceñudas nubes procedentes del mar.

Un jardinero los estaba esperando en la parte más alejada del ala sur de la mansión. Se erguía frente a un haya, las tijeras de podar en una mano y una raída gorra inclinada sobre la frente. Cabeceó cuando St. James y lady Asherton llegaron, y dirigió la atención de St. James hacia el gran arbusto de tejo que lindaba con la mansión.

– Qué pena -dijo el jardinero-. La pobrecita está destrozada.

– La habitación de Deborah está justo encima -indicó lady Asherton.

St. James contempló la planta y vio que la parte de tejo más cercana a la mansión había sido destruida completamente por un objeto que, casi con toda probabilidad, se había arrojado desde arriba. El daño era reciente. El inequívoco perfume de las coniferas se desprendía de las ramas y hojas destrozadas.

St. James dio un paso atrás y levantó la vista hacia las ventanas. Pensó un momento en la disposición de la mansión. La habitación de Deborah estaba directamente encima, sobre la sala de billar. Las dos estancias se hallaban muy alejadas del comedor y la sala de estar donde los invitados se habían congregado la noche anterior. Por lo que él sabía, nadie había jugado al billar, de modo que nadie habría oído el ruido del estuche cuando se estrelló contra el suelo.

Lady Asherton habló en voz baja cuando el jardinero regresó a su trabajo, cortando las ramas estropeadas y metiéndolas en una bolsa de basura que sujetaba bajo el brazo.

– Esto nos proporciona cierto alivio, Simon. Al menos, sabemos que nadie de la casa robó las cámaras.

– ¿Por qué lo dices?

– Carece de sentido que uno de nosotros las cogiera y las tirara fuera. Sería mucho más fácil esconderlas en la habitación y sacarlas a hurtadillas después, ¿no crees?

– Más fácil, sí, pero no tan inteligente, sobre todo si alguien de la casa quería aparentar que un extraño robó las cámaras. Sin embargo, tampoco es un plan inteligente, porque, ¿quiénes eran los extraños de anoche, hablando con propiedad? Los señores Sweeney, el doctor Trenarrow, tu cuñada y el parlamentario de Plymouth.

– John Penellin -añadió ella-. La criada que vive en el pueblo.

– Es muy improbable que cualquiera de ellos robara las cámaras.

A juzgar por su expresión, St. James adivinó que lady Asherton había pensado bastante en las cámaras de Deborah, en dónde estarían, en quién las habría robado. Sus palabras, sin embargo, tomaron una dirección muy diferente.

– De entrada, me resulta difícil comprender por qué las robaron.

– Valen mucho. Alguien necesitado de dinero podría venderlas.

El rostro de la mujer se descompuso por un instante, pero enseguida recobró la serenidad. St. James se apiadó de ella.