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– La mansión estuvo abierta durante la fiesta. Alguien pudo entrar mientras nos encontrábamos en el salón. Deslizarse hasta la habitación de Deborah y coger las cámaras no debió resultar muy difícil.

– Pero ¿por qué coger las cámaras, Simon, si se trata de una cuestión de dinero? ¿Por qué no coger otra cosa, algo más valioso?

– ¿Como qué? Todo lo demás posee una clara relación con Howenstow. La cubertería de plata está marcada. El timbre de la familia está en todas partes. No supondrás que alguien iba a robar un cuadro, confiado en que la desaparición pasara inadvertida hasta el día siguiente.

La mujer volvió la cabeza y contempló el parque, un movimiento con el que sólo pretendía ocultar el rostro un momento.

– No puede ser una cuestión de dinero -dijo, retorciendo los guantes entre sus manos-. No puede ser, Simon, y tú lo sabes.

– En ese caso, tal vez a la señora Sweeney no le gustó que le hicieran fotografías -sugirió St. James.

Lady Asherton sonrió, y secundó la maniobra de diversión de Simon.

– Quizá adujo que iba al lavabo un momento y recorrió la casa en busca de la habitación de Deborah.

Sus palabras los devolvieron a la ineludible realidad. Quien había robado las cámaras sabía muy bien dónde estaba la habitación de Deborah.

– ¿Ha hablado Tommy con Peter esta mañana? -preguntó St. James.

– Peter aún no se ha levantado.

– Desapareció después de cenar, Daze.

– Lo sé.

– ¿Sabes adonde fue? ¿Sabes adonde fue Sasha?

La mujer negó con la cabeza.

– A pasear por la finca, a la ensenada, a dar una vuelta en coche. Quizá al pabellón, para ver a Mark Penellin. -Suspiró, como agotada por el esfuerzo-. No puedo creer que él haya robado las cámaras de Deborah. Sé que ha vendido casi todas sus cosas. Finjo que no, pero lo sé. Aun así, no creo que robe objetos para venderlos. Peter, no. Me resisto a creerlo.

Un grito se alzó del parque cuando la mujer terminó de hablar. Alguien corría cojeando hacia la mansión, un hombre que se aferraba alternativamente el costado y el muslo con una mano, mientras con la otra agitaba una gorra en el aire, sin dejar de gritar en ningún momento.

– Es Jasper, señora -dijo el jardinero, acercándose a ellos mientras arrastraba la bolsa de basura detrás de él.

– ¿Qué le pasará? -Cuando el hombre llegó al portal, lady Asherton alzó la voz-. Deja de gritar así, Jasper. Nos has dado un susto de muerte.

Jasper se aproximó, jadeante. Parecía incapaz de recobrar el aliento y articular una frase coherente.

– Es él -jadeó-. En la ensenada.

Lady Asherton miró a St. James. Los dos pensaron lo mismo. Lady Asherton dio un paso atrás, como si hubiera decidido distanciarse de una información que no soportaría escuchar.

– ¿Quién? -preguntó St. James-. Jasper, ¿quién está en la ensenada?

Jasper se dobló y tosió.

– ¡En la ensenada!

– Por el amor de Dios…

Jasper se irguió, miró alrededor y señaló con un dedo agarrotado la ventana a la que se había asomado Sidney, como investigando el motivo del alboroto.

– Su hombre -jadeó Jasper-. Está muerto en la ensenada.

15

Cuando St. James la localizó por fin, su hermana ya había llegado a la ensenada, antes que nadie. Había caído en algún momento de su desesperada carrera a través del parque y el bosque, y un reguero de sangre bifurcado resbalaba sobre su brazo y a lo largo de una pierna. Desde lo alto del risco, St. James vio que se precipitaba sobre el cuerpo de Brooke y lo alzaba, como si pudiera infundirle vida mediante ese acto. Respiraba entrecortadamente. Hablaba de una manera incoherente (palabras inarticuladas que ni siquiera formaban frases), mientras abrazaba el cadáver contra su cuerpo. La cabeza de Brooke colgaba en una posición imposible, testimonio de la forma en que había muerto.

Sidney le depositó sobre tierra. Le abrió la boca y la cubrió con la suya, en un inútil intento de resucitarle. St. James, desde lo alto del risco, oía los breves y frenéticos sollozos que puntuaban sus sucesivos fracasos. Golpeó su pecho. Le abrió la camisa. Se aplastó sobre su cuerpo, como si quisiera excitarle en la muerte igual que lo había hecho en vida. Era una parodia absurda y tétrica de la seducción. Un escalofrío recorrió a St. James mientras observaba. Pronunció el nombre de su hermana y después la llamó, sin resultado.

Por fin, ella alzó los ojos y le vio. Extendió la mano en ademán de súplica, y empezó a llorar. Emitió un aullido horrible, nacido de la desesperación y el dolor a la vez, y cuyo origen era tan primordial como eterno. Cubrió de besos el rostro magullado de Brooke y después descansó la cabeza sobre su pecho. Lloró, de pena, ira y rabia. Aferró el cadáver por los hombros y lo agitó, mientras gritaba el nombre de Brooke. En respuesta, la cabeza ejecutó una danza macabra espeluznante sobre el cuello roto.

St. James, petrificado, se esforzaba en no apartar la vista de su hermana, testigo de su dolor, aceptando la contemplación de aquella escena como justo castigo por poseer un cuerpo tan deficiente que no le permitía acudir en su ayuda. Escuchó los agudos lamentos de Sidney, inmóvil y maldiciendo por dentro con una ferocidad muy cercana al pánico. Se giró en redondo cuando una mano tocó su brazo. Lady Asherton había llegado, seguida del jardinero y media docena de sirvientes.

– Apártenla de él.

Apenas consiguió articular las palabras, pero bastaron para que el grupo entrara en acción.

Lady Asherton, tras dirigirle una mirada de preocupación, comenzó a bajar el risco con agilidad. Los demás la siguieron, provistos de mantas, una camilla improvisada, un termo y un rollo de cuerda. Aunque realizaban el descenso a buen paso, St. James tuvo la impresión de que se movían a cámara lenta.

Tres hombres llegaron junto a Sidney al mismo tiempo, y lady Asherton la apartó del cadáver que continuaba sacudiendo con salvaje inutilidad. Cuando Sidney se debatió para rechazarla y empezó a chillar, lady Asherton gritó algo que St. James no oyó bien. En respuesta, uno de los hombres le tendió un frasco abierto. Lady Asherton agarró a Sidney por el pelo y movió el frasco bajo su nariz. Sidney echó la cabeza hacia atrás. Se llevó una mano a la boca. Habló entrecortadamente a lady Asherton, que señaló el risco a modo de respuesta.

Sidney empezó a trepar, ayudada por el jardinero. Los demás la siguieron. La joven no tropezó ni cayó, y al cabo de unos momentos St. James la tomó en sus brazos. Apoyó la mejilla sobre su cabeza y reprimió una reacción emocional que amenazaba con desbordarle. Cuando los sollozos de Sidney se calmaron, la guió en dirección a la casa, rodeándola con ambos brazos, como temeroso de que, si la soltara, retornaría a la histeria, al cuerpo de su amante tendido en la playa.

Pasaron bajo los árboles del bosque. St. James apenas era consciente de sus movimientos o del entorno: el sonido del río, el intenso perfume de la vegetación, el tacto primaveral de la tierra arcillosa bajo los pies. Tampoco era consciente de si los matorrales que cercaban el angosto sendero se enganchaban a sus ropas.

Cuando llegaron al muro de Howenstow y atravesaron el portal, la atmósfera opresiva ya preludiaba la inminente tormenta. Las hojas de los árboles susurraban cuando el viento, cada vez más fuerte, las agitaba. Una ardilla gris trepó por el tronco de un fresno y se refugió entre sus ramas. Sidney levantó la cabeza.

– Va a llover -dijo-. Simon, se mojará.

St. James la estrechó entre sus brazos y le dio un beso en la cabeza.

– Tranquila, todo va bien.

Trató de expresarse como el hermano mayor que ella conocía, el que se había ocupado de sus monstruos nocturnos, el que había disipado sus pesadillas. «Pero esta no, Sidney.»

– Le tratarán bien, no temas.

Grandes y pesadas gotas se estrellaron ruidosamente sobre las hojas. Sidney se estremeció en sus brazos.