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– ¡Cómo nos gritó mamá! -susurró.

– ¿Nos gritó? ¿Cuándo?

– Abriste todas las ventanas del cuarto para ver cuánta lluvia entraba. Ella se puso a gritar. Te pegó. -Un sollozo estremeció su cuerpo-. No podía soportar que mamá te pegara.

– La alfombra se estropeó. Sin duda me lo merecí.

– Pero yo tuve la idea, y dejé que te castigaran a ti. -Se llevó la mano a la cara. Había manado sangre entre sus dedos. Empezó a llorar de nuevo-. Lo siento.

Él le acarició el pelo.

– Está bien, cariño. Ya lo he olvidado, créeme.

– ¿Cómo pude hacerte eso, Simon? Eras mi hermano favorito. Te quería más que a ninguno. La nodriza me decía que no debía quererte más que a Andrew o David, pero no podía evitarlo. Te quería más a ti. Luego permití que te dieran una paliza por mi culpa y no dije nada.

Levantó la cara, anegada en lágrimas que, bien sabía St. James, no tenían nada que ver con sus disputas infantiles.

– Voy a decirte algo, Sid -le confió-, pero debes prometerme que no se lo dirás ni a David ni a Andrew. Tú también eras mi favorita. Aún lo eres, de hecho.

– ¿De veras?

– Absolutamente.

Entraron en el jardín cuando el viento arreció. Sacudió los rosales y derramó una cascada de pétalos sobre el sendero. Aunque la lluvia los golpeó con furia, no apresuraron el paso. Estaban calados hasta los huesos cuando llegaron a la puerta.

– Mamá nos gritará -dijo Sidney cuando St. James cerró la puerta-. ¿Nos escondemos?

– Creo que no hay peligro.

– No dejaré que te pegue.

– Lo sé, Sid.

St. James guió a su hermana hacia la escalera. La cogió de la mano cuando miró a su alrededor, confusa.

– Por aquí -la apremió.

Ya en el rellano, vio que Cotter venía hacia él con una bandeja en las manos. St. James agradeció por un momento la facultad de Cotter de leer en su mente.

– Le vi venir -explicó Cotter, y señaló la bandeja-. Es coñac. ¿Está…?

Movió la cabeza en dirección a Sidney con el ceño fruncido.

– Se recuperará enseguida. Si me ayudas, Cotter, la llevaremos a su habitación..

Al contrario que el dormitorio de Debora, el de Sidney no era cavernoso ni sepulcral. Dominaba un pequeño jardín amurallado en la parte posterior de la casa. El papel pintado de la pared conformaba tonos amarillos y blancos, y una alfombra con dibujos florales cubría el suelo. St. James sentó a su hermana en la cama y corrió las cortinas, mientras Cotter servía una copa de coñac y la acercaba a los labios de la joven.

– Beba un poco, señorita Sidney -dijo Cotter, solícito-. La hará entrar en calor.

Ella obedeció.

– ¿Lo sabe mamá? -preguntó.

Cotter dirigió una mirada de preocupación a St. James.

– Tome un poco más – dijo.

St. James buscó el camisón de su hermana en un cajón. Lo encontró bajo un montón de jerseis, joyas y medias.

– Sácate esa ropa mojada -dijo-. Cotter, ¿quieres ir a buscar una toalla para secarle el pelo, y algo para las heridas?

Cotter asintió y observó con cautela a Sidney antes de salir. Ya a solas con su hermana, St. James la desnudó y tiró la ropa mojada al suelo. Deslizó el camisón sobre su cabeza y pasó sus brazos por las finas tirillas de raso. Ella no dijo nada ni dio muestras de percibir su presencia. Cuando Cotter volvió con una toalla y parches, St. James frotó con energía el cabello de Sidney. Secó sus brazos y piernas, así como los pies manchados de barro. Introdujo sus piernas en la cama y la envolvió con las mantas. Ella se sometió a sus cuidados como una niña, como una muñeca.

– Sid -susurró St. James, acariciando su mejilla. Deseaba hablar de Justin Brooke. Deseaba saber si habían pasado la noche juntos. Deseaba saber cuándo había ido Brooke al risco. Sobre todo, deseaba saber por qué.

Ella no reaccionó. Se quedó mirando al techo. Supiera lo que supiera, tendría que esperar.

Lynley aparcó el Rover en el extremo más alejado del patio y entró en la mansión por la puerta noroeste, situada entre la sala de armas y el pasillo de los criados. Había visto la hilera de vehículos en el camino particular: dos coches de la policía, un sedán y una ambulancia con los limpiaparabrisas todavía en funcionamiento. Por ello, no le sorprendió que Hodge le abordara mientras atravesaba a toda prisa el ala de la mansión reservada a la servidumbre. Se encontraron frente a la despensa.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Lynley al anciano mayordomo. Trató de aparentar una razonable preocupación, sin revelar su pánico incipiente. Al ver los coches a través de la lluvia, su primer pensamiento fue para Peter.

Hodge le proporcionó de buena gana la información, procurando ocultar en todo momento sus sentimientos. Se trataba de Brooke, dijo a Lynley. Le habían trasladado a la sala de clase.

Si el modo que Hodge había elegido para transmitir su información alentaba cierta esperanza (el hecho de que Brooke no hubiera sido conducido directamente al hospital indicaba que no había sucedido nada irremediable), la esperanza se desvaneció en cuanto Lynley entró en la sala de clase, ubicada en el ala este de la mansión, pocos minutos después. El cuerpo yacía, envuelto en mantas, sobre una larga mesa que ocupaba el centro de la estancia, la misma mesa a la que se habían sentado generaciones de Lynleys en su infancia para recibir lecciones, antes de ir al colegio. Un grupo de hombres se había congregado alrededor de ella y conversaba entre susurros. Entre ellos se encontraban el inspector Boscowan y el sargento de paisano que le había acompañado la noche anterior para detener a John Penellin. Boscowan se dirigía al grupo en general, dando instrucciones a un par de analistas que llevaban los pantalones manchados de barro y las hombreras de las chaquetas húmedas de lluvia. La patóloga de la policía, identificable por el maletín que descansaba a sus pies, los acompañaba. No lo había abierto, ni aparentaba disponerse a efectuar un examen preliminar del cuerpo. Tampoco los analistas parecían dispuestos a trabajar. Lynley llegó a la única conclusión posible: Brooke no había muerto en la sala de clase.

Vio a St. James de pie en el alféizar de una ventana, mirando al jardín por el cristal azotado por la lluvia.

– Jasper le encontró en la ensenada -dijo en voz baja St. James cuando Lynley se reunió con él.

No apartó la cabeza de la ventana. Lynley observó que también tenía la ropa mojada, y que restos de sangre aparecían sobre su camisa.

– Fue un accidente, por lo visto. Da la impresión de que resbaló en lo alto del risco. Perdió pie.

– Echó un vistazo al grupo congregado alrededor del cadáver, y después miró a Lynley-. Al menos, eso es lo que foscowan piensa por el momento.

St. James no formuló la pregunta que Lynley captó, agazapada tras la última frase. Agradeció el respiro temporal que su amigo le procuraba.

– ¿Por qué han movido el cuerpo, St. James? ¿Quién lo ha movido? ¿Por qué?

– Tu madre. Había empezado a llover. Sid llegó antes que nosotros. Temo que nadie pensaba con mucha lucidez en aquel momento, y mucho menos yo.

La rama de un tejo, sacudida por una ráfaga de viento, arañó el cristal de la ventana. La lluvia repiqueteó con insistencia. St. James se inclinó hacia adelante y levantó la vista hacia la planta superior del ala opuesta a la sala de clase, hacia el dormitorio de la esquina, contiguo al de Lynley.

– ¿Dónde está Peter?

El respiro había durado muy poco. Lynley experimentó la súbita necesidad de mentir, de proteger como fuera a su hermano, pero no pudo. Tampoco supo si contestaba la verdad impulsado por su moralismo o como una súplica muda de ayuda y comprensión.

– Se ha ido.

– ¿Y Sasha?

– También.

– ¿Adonde?

– No lo sé.

La reacción de St. James se limitó a una única palabra, más suspirada que pronunciada.