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– Estupendo. -Una pausa-. ¿Cuándo? ¿Durmieron en sus camas anoche?

– No.

Lynley no añadió que lo había descubierto a las siete y media de la mañana, cuando fue a hablar con su hermano. No le dijo que había enviado a Jasper en busca de su hermano a las ocho menos cuarto, ni el horror que había sentido al ver los coches de la policía y la ambulancia aparcados frente a Howenstow, pensando que habían encontrado muerto a Peter, ni que había experimentado un remoto alivio en respuesta a ese pensamiento, oculto tras el temor. Vio que St. James contemplaba con aire meditabundo el cadáver cubierto de Brooke.

– Peter no ha tenido nada que ver con esto -dijo-. Fue un accidente. Tú mismo lo has dicho.

– Me pregunto si Peter sabía que Brooke habló anoche con nosotros -dijo St. James-. ¿Se lo dijo Brooke? Si fue así, ¿por qué?

Lynley reconoció la teoría que inspiraba estas preguntas, porque era la misma teoría a la que él hacía frente.

– Peter no es un asesino. Lo sabes muy bien, maldita sea.

– Pues será mejor que le encuentres. Asesino o no, tiene que dar algunas explicaciones, ¿no crees?

– Jasper le está buscando desde esta mañana.

– Me pregunto qué estaba haciendo en la ensenada. ¿Quizá pensó que Peter estaba allí?

– En la ensenada, en el molino, ha buscado por todas partes. También fuera de la finca.

– ¿Peter se ha dejado sus cosas aquí?

– Pues… no.

Lynley conocía lo bastante bien a St. James para adivinar el razonamiento que impulsaba su pregunta. Si Peter hubiera huido de Howenstow sin tiempo que perder, sabiendo que su vida se encontraba en peligro, habría abandonado sus pertenencias. Por otra parte, si se hubiera marchado tras cometer un crimen que no sería descubierto hasta pasadas muchas horas, habría tenido tiempo de sobra para hacer las maletas. Después, habría desaparecido en la noche, sin que nadie se enterase hasta el descubrimiento del cadáver. Si él le había asesinado. Si Brooke había sido asesinado. Lynley se obligó a tener presente que, hasta el momento, se trataba de un accidente, y no cabía duda de que los expertos sabían lo que estaban mirando cuando realizaban sus observaciones en el lugar de una muerte inopinada. Por la mañana, la idea de que Peter había robado las cámaras de Deborah para venderlas y comprar cocaína se le había antojado detestable, increíble. Ahora, le tranquilizaba, pues ¿hasta qué punto era verosímil que su hermano estuviera mezclado en la desaparición de las cámaras y en la muerte de Justin Brooke? Si su mente estaba concentrada en la necesidad de heroína que consumía su cuerpo, ¿por qué iba a abandonar la búsqueda de la droga para eliminar a Brooke?

Sabía la respuesta, por supuesto, pero esa respuesta relacionaba a Peter con la muerte de Mick Cambrey, una muerte que nadie calificaba de accidente.

– Nos vamos a llevar el cadáver.

El sargento de paisano se reunió con ellos. Pese a la lluvia, olía a sudor y su frente estaba perlada de gotitas.

– Con su permiso.

Lynley asintió con brusquedad, ansioso por tomar una copa y calmar sus nervios. Como en respuesta, se abrieron las puertas de la sala y entró su madre, empujando un carrito en el que había acumulado dos teteras, tres botellas de licores y varios platos de bizcochos. Llevaba los tejanos y los zapatos manchados de barro, la camisa blanca rota, el cabello desgreñado, pero, como si su apariencia fuera la menor de sus preocupaciones, cuando habló tomó las riendas de la situación.

– No pretendo conocer sus normas, inspector -dijo a Boscowan-, pero considero razonable que tome algo para combatir el frío. Café, té, coñac, whisky. Lo que quiera. Sírvanse, por favor.

Boscowan le dio las gracias con un cabeceo y, tras haber recibido este permiso, sus agentes se lanzaron hacia el carrito. Boscowan se acercó a St. James y Lynley.

– ¿Bebía mucho el difunto, milord?

– No le conocía muy bien, pero anoche bebió. Al igual que todos.

– ¿Estaba borracho?

– No lo aparentaba. Al menos, cuando le vi por última vez.

– ¿Cuándo fue?

– Cuando el grupo se disgregó. Alrededor de medianoche. Quizá un poco más tarde.

– ¿Dónde?

– En la sala de estar.

– ¿Bebía, entonces?

– Sí.

– ¿Pero no estaba borracho?

– Tal vez sí. No lo sé. No actuaba como tal.

Lynley adivinó la intención oculta detrás de las preguntas. Si Brooke estaba borracho, cayó y se mató. Si estaba sobrio, le empujaron. Sin embargo, Lynley sintió la necesidad de achacar la muerte a un accidente, fuera cual fuese el estado de Brooke.

– Borracho o sobrio, nunca había estado aquí. No conocía el terreno.

Boscowan asintió, sin aparentar la menor convicción.

– La autopsia esclarecerá todas las dudas -contestó.

– Estaba oscuro, el risco es elevado…

– Oscuro, si el hombre salió de noche, milord -puntualizó Boscowan-. Pudo salir esta mañana.

– ¿Cómo iba vestido?

Boscowan enderezó levemente los hombros, como reconociendo la precisión de la pregunta.

– En traje de etiqueta, pero nadie ha sabido decirnos si estuvo levantado hasta la madrugada con algún miembro del grupo. Hasta saber la hora de la muerte, no estaremos seguros de nada, excepto de que está muerto. De eso estamos seguros.

Cabeceó y se unió a sus hombres junto al carrito.

– No ha formulado las mil y una preguntas, St. James -dijo Lynley.

Su amigo las enumeró.

– ¿Quién le vio por última vez? ¿Ha desaparecido alguien más de la finca? ¿Quién estuvo en la fiesta que se celebró en la mansión? ¿Quién estuvo en la propiedad? ¿Existe algún motivo por el que alguien quisiera hacerle daño?

– ¿Por qué no hace preguntas?

– Yo diría que está esperando el resultado de la autopsia. A él le beneficia que esto sea un accidente.

– ¿Por qué?

– Porque ya tiene al culpable del asesinato de Cambrey, y John Penellin no pudo matar a Brooke.

– Das por sentado que existe una relación.

– Existe. Tiene que existir. -Cierto movimiento en el camino particular atrajo su atención-. Jasper -llamó St. James.

El anciano, hundiendo los pies en los charcos, avanzaba hacia el ala oeste de la mansión.

– Vamos a ver qué nos dice -propuso Lynley.

Le encontraron antes de que entrara en el vestíbulo de la servidumbre, donde estaba agitando un raído sueste para que soltara agua. Hizo lo propio con un impermeable anticuado y colgó ambas prendas de un gancho que sobresalía de la pared, antes de quitarse unas botas de agua verdes cubiertas de barro. Saludó con una inclinación de cabeza a Lynley y St. James, y cuando estuvo preparado los siguió hasta la sala de fumar. Aceptó un whisky para entrar en calor.

– No le he encontrado en ninguna parte -dijo a Lynley-, pero ha desaparecido una barca de Lamorna Cove.

– ¿Qué dices? -exclamó Lynley-. Jasper, ¿estás seguro?

– Pues claro que estoy seguro. No está.

Lynley contempló el zorro que colgaba sobre la repisa de la chimenea y trató de comprender, pero a su mente sólo acudieron detalles que fue incapaz de relacionar. El balandro de la familia, que medía once metros de eslora, estaba amarrado en Lamorna. Peter navegaba desde los cinco años. La predicción meteorológica vaticinaba tormenta. Nadie con sentido común o experiencia se haría a la mar.

– Se habrá roto la amarra.

Jasper emitió un sonido burlón, pero su rostro estaba inexpresivo cuando Lynley continuó interrogándole.

– ¿Dónde más miraste?

– En todas partes, entre Nanrunnel y Trenn.

– ¿Trewoofe? ¿St. Buryan? ¿Tierra adentro?

– Sí, algo. No es necesario alejarse mucho, milord. Si el chaval se ha ido a pie, alguien le verá, aunque nadie haya piado hasta el momento. -Jasper se pellizcó la mandíbula y se pasó los dedos por la barba que volvía a despuntar-. A mi entender, o él y la señora están escondidos por aquí, o pusieron la directa en cuanto salieron de Howenstow. O cogieron el barco.