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Lynley se sentiría aliviado al saberlo, pensó St. James. Sin embargo, notó cierta resistencia a aceptar la opinión de la doctora Waters. Las apariencias sugerían un accidente, sin lugar a dudas, pero la presencia de Brooke en lo alto del risco a altas horas de la noche daba a entender una cita clandestina que le condujo a la muerte.

La tormenta de verano matinal se había transformado en una tempestad. Vientos huracanados ululaban alrededor de la mansión y la lluvia azotaba las ventanas con furiosos embates. Las cortinas del comedor estaban corridas para mitigar el estruendo, pero de vez en cuando una racha de viento provocaba que las ventanas vibraran con un ruido ominoso, imposible de pasar por alto. Cuando esto sucedía, los pensamientos de St. James se apartaban de las muertes de Mick Cambrey y Justin Brooke, para centrarse de nuevo en la desaparición de la Daze. Sabía que Lynley había pasado el resto del día buscando inútilmente a su hermano, pero la costa era escabrosa, difícil de alcanzar por tierra. Si Peter había puesto proa hacia un puerto natural para escapar de la tormenta, Lynley no le había encontrado.

– No pensé en cambiar el menú -estaba diciendo lady Asherton, refiriéndose al extenso despliegue de manjares que les habían servido-. Han ocurrido tantas cosas… No puedo ni pensar. íbamos a ser nueve esta noche, diez si tía Augusta se hubiera quedado. Menos mal que volvió a casa anoche. Si hubiera estado aquí por la mañana, cuando Jasper descubrió el cadáver…

Pinchó distraída un tallo de brécol, como si hubiera reparado en lo inconexo de sus comentarios. Luces y sombras jugaban sobre el vestido turquesa que llevaba y suavizaban los surcos de preocupación que, a medida que avanzaba el día, eran más prominentes entre las cejas y desde la nariz a la barbilla. No había mencionado a Peter desde que le habían comunicado su desaparición.

– La gente ha de comer, Daze, no hay más remedio -dijo Cotter, aunque no había tocado la comida más que los demás.

– Pero no nos apetece mucho, ¿verdad?

Lady Asherton sonrió a Cotter, pero su desazón era palpable. Se transparentaba en sus veloces movimientos, en las fugaces miradas que dirigía a su hijo mayor, sentado muy cerca. Lynley había llegado a casa diez minutos antes de la cena. Había ocupado el resto del día en llamar por teléfono desde el despacho de Penellin. St. James sabía que no había hablado con su madre de Peter, ni tampoco parecía tener ahora esa intención. Como si se diera cuenta, lady Asherton preguntó a St. James:

– ¿Cómo está Sidney?

– Ahora duerme. Quiere volver a Londres por la mañana.

– ¿Crees que es prudente, St. James? -preguntó Lynley.

– Ésa es su firme intención.

– ¿La acompañarás?

Negó con la cabeza, acarició el tallo de su copa y pensó en la breve conversación sostenida con su hermana una hora antes. Sobre todo, pensó en su negativa a hablar de Justin Brooke. «No me hagas preguntas, no me fuerces» había dicho, con aquel aspecto enfermizo, con el pelo empapado de sudor, después de un sueño febril. «No puedo, no puedo. No me obligues, Simon. Por favor.»

– Dice que puede viajar perfectamente en tren -murmuró.

– Tal vez quiera hablar con la familia de Brooke. ¿Sabes si la policía se ha puesto en contacto con ella?

– No sé si tenía familia. No sé gran cosa de él.

Dejando aparte que me alegro de su muerte, añadió en silencio.

Su conciencia había exigido esa confesión todo el día, desde el mismo momento en que abrazó a su hermana en lo alto del risco, vio el cuerpo de Brooke y experimentó una oleada de júbilo que nacía de su necesidad de venganza. Esto es justicia, había pensado. Esto es un justo castigo. Tal vez la mano del desquite se había quedado paralizada un momento después de que Brooke atacara a su hermana en la playa, pero el salvajismo de su acción exigía un precio, y ya había sido pagado. Era un alivio saber que Sidney se había librado de Brooke para siempre, y este alivio, tan distinto a lo que siempre había considerado una reacción civilizada ante la muerte de otro ser humano, le inquietaba. Sabía sin la menor duda que, de haber tenido ocasión, habría eliminado sin remordimientos a Justin Brooke.

– En cualquier caso -dijo en voz alta-, considero más prudente que se vaya. Nadie le ha pedido que se quedara. Oficialmente, quiero decir.

Vio que los demás comprendían la frase. La policía no había pedido hablar con Sidney. En lo que a ella concernía, Justin Brooke había fallecido a causa de una caída accidental.

Los demás meditaban sobre las palabras de St. James, cuando se abrió la puerta y Hodge entró en la habitación.

– Una llamada telefónica para el señor St. James, señora.

Hodge solía anunciar cualquier cosa con un tono que sugería el acontecimiento más atroz: una llamada telefónica del destino, acércate al aparato.

– En el despacho de la finca. Lady Helen Clyde.

St. James se levantó al instante, agradeciendo la excusa para ausentarse. La atmósfera del comedor estaba enrarecida por demasiadas preguntas silenciadas, por ciertos temas que pedían a gritos ser discutidos. Sin embargo, todos parecían decididos a evitar la discusión, prefiriendo la creciente tensión al riesgo de enfrentarse a una dolorosa verdad.

Siguió al criado hacia el ala oeste de la casa, por el largo pasillo que conducía al despacho de la finca. Una sola luz brillaba sobre el escritorio, y creaba un óvalo brillante en cuyo centro descansaba el teléfono. Descolgó.

– La chica ha desaparecido -dijo lady Helen en cuanto oyó su voz-. Parece que se ha marchado de vacaciones a un sitio tranquilo, porque se ha llevado sus ropas normales, pero no los trajes de noche, y tampoco está la maleta en el apartamento.

– ¿Entraste?

– Decisión audaz, animada conversación… y la llave fue mía.

– Te has equivocado de profesión, Helen.

– Lo sé, querido. Se debe a que pasé la juventud en escuelas particulares en lugar de en la universidad. Idiomas modernos, artes decorativas, música y engaños. Sabía que algún día me sería útil.

– ¿No tienes ni idea de adonde ha ido?

– Se ha dejado el maquillaje y las uñas, así que…

– ¿Las uñas? Helen, ¿qué está pasando aquí?

Lady Helen lanzó una carcajada y le explicó lo de las uñas artificiales.

– No sirven de gran cosa para ir de excursión, escalar montañas, navegar o pescar. Ya sabes. Por eso pensamos que se ha ido al campo.

– ¿ACornualles?

– Eso fue lo primero que pensamos, y creemos haber descubierto sólidas pruebas. Tiene la cartilla de ahorros de Mick Cambrey, repleta de suculentos ingresos, por cierto, y hemos encontrado dos números de teléfono. Uno es de Londres. Telefoneamos y el contestador automático nos informó de que pertenecía a un lugar llamado Islington Ltd. y de sus horas de oficina. Lo verificaré por la mañana.

– ¿Y el otro número?

– Es de Cornualles, Simon. Hemos llamado dos veces y no han contestado. Sospechamos que sea el de Mick Cambrey.

St. James sacó un sobre del cajón lateral del escritorio.

– ¿Habéis consultado la guía telefónica?

– ¿Para compararlo con el de Cambrey? Temo que no consta en la guía. Te daré el número. Quizá puedas hacer algo más que nosotras.

Lo apuntó en el sobre, que guardó en el bolsillo.

– Sid vuelve mañana a Londres.

Relató a lady Helen lo ocurrido a Justin Brooke. Ella escuchó en silencio, sin hacer preguntas o comentarios, hasta que él terminó. No olvidó ningún detalle.

– Ahora, Peter también ha desaparecido -concluyó.

– Oh, no -exclamó lady Helen.

St. James oyó que, muy al fondo, sonaba música. Un concierto de flauta. Ojalá estuviera sentado con ella en su sala de estar de Onslow Square, hablando de cualquier cosa, sin nada más en su mente que análisis de sangre, fibras o cabellos relacionados con personas a las que no conocía ni conocería jamás.